domingo, abril 13, 2008

Taxi Driver


En este texto me dispongo a contar una de esas películas que se te meten en las tripas y ya no te abandonan. Vi “Taxi Driver” en el cine Artis (ya desaparecido). Yo tenía esa edad en la que se cree uno que ya es adulto y está convencido de poder entender el mundo. Nunca más en la vida de una persona, ni antes ni después, se vuelve a creer semejante despropósito. Había poca gente en la sala. Era una película dura, extraña, polémica, y, por tanto, verla era, en cierto modo, un rasgo de reafirmación personal. Recuerdo que una de las escenas que más se comentaba era aquella en la que Travis (Robert de Niro) limpiaba sus botas camperas con grasa de caballo. Por entonces, muchos jóvenes usaban botas camperas y las limpiaban con grasa de caballo. No sería de extrañar que la demanda de este producto se hubiera multiplicado a raíz del estreno del film. También se hablaba, por supuesto, de la Magnum 44, la pistola que empleaban en África para cazar elefantes, nada menos. Y, por supuesto, del momento en que Travis ensaya delante del espejo: ¿Con quién hablas?, ¿Te diriges a mí? Aquí no hay nadie más, de modo que debe ser a mí.... Después, la he vuelto a ver muchas veces, recurro a ella en los momentos especialmente melancólicos, para acompañar mi tristeza con la del taxista neurótico.

El film comienza con un taxi surgiendo de la niebla, "un ataúd de metal", como lo definió Paul Schrader, autor del guión de la película. Es una aparición fantasmal. En su interior, los ojos de Travis observando la realidad que le rodea, una realidad que aparece difusa tras el cristal mojado por la lluvia. Acompañado todo por la música suave, profunda y monótona de Bernard Herrmann, como un réquiem secundado por otros sonidos tales como el limpiaparabrisas, el taxímetro o la sirena de la policía que se deja escuchar intermitente durante toda la cinta.
Seguimos a Travis y somos testigos de su solicitud de trabajar en el turno de noche, alega que no puede dormir, quiere trabajar incluso en días festivos. Nos damos cuenta de la soledad que atenaza al personaje. Nos enteramos de otras cosas: ha servido en infantería de marina, se licenció en mayo del sesenta y tres, y le resulta muy difícil comunicarse con los demás. Seguidamente vemos su apartamento. Lo primero que se nos muestra es un petate militar colgado de la pared. Puerta y paredes agrietadas pintadas de blanco, desnudas, una bombilla encendida, un espejo junto a una cocina desordenada, la puerta de la calle atrancada con una barra de hierro, la cama desecha, el televisor, latas de bebidas por todas partes, arrugadas, ventanas enrejadas y Travis inclinado sobre una endeble mesita de camping, escribiendo un diario. Escuchamos su voz en off, que ya no nos abandonará en ningún momento. Gracias señor por la lluvia que ha limpiado de basura las calles... Parece dirigirse a Dios, esto recalca el carácter místico de la película. Travis es un ser asustado, solitario, incapaz de comunicarse con otros seres humanos, asqueado del entorno, por la noche salen bichos de todas clases. Todo está narrado con un tempo lento, desde el punto de vista de Travis, podríamos decir que estamos realizando un viaje al interior de la mente perturbada de un hombre.
Travis pasa su tiempo libre en un cine porno. Travis está solo, atrapado, alienado. Pero hay un momento en que está a punto de salvarse, de salir de su agujero. Cuando conoce a Betsy (Cybill Shepherd), la idealiza, piensa que ella no es como las demás. La suciedad no podía alcanzarla a ella, a ella. Betsy trabaja para la campaña del senador Palantine (Leonard Harris). Travis la invita al cine y, atrapado por su rutina, por los límites ruinosos de su existencia, por sus monótonas y defensivas costumbres, ajeno ya a otras realidades, ajeno a otras personas, la lleva al cine porno. Ella se ofende y se aleja de él. Travis la llama repetidamente, le ruega que le dé otra oportunidad. Es que yo no sabía los gustos de usted, puedo llevarla a otros sitios. Hay una escena en la que él está hablando con ella por teléfono, dándole todo tipo de explicaciones y, entonces, la cámara se aparta y nos enfoca un pasillo desolador, solitario, al que será abocado Travis al perder definitivamente a Betsy. Es como las demás, fría y distante.
Aparece fugazmente una joven prostituta (Jodie Foster), casi una niña, que es sacada de su taxi por un chulo (Harvey Keitel) de aspecto desagradable. El chulo deja un billete arrugado en el taxi de Travis y le dice: no has visto nada. Este billete será conservado por el taxista, como un modo de decirnos que este encuentro le ha afectado profundamente y, tarde o temprano, tendrá sus consecuencias. Hay otra escena con función detonante, interpretada precisamente por el propio Martin Scorsese. Aquella es mi mujer, pero esa no es mi casa. Un tipo nervioso va a matar a su mujer con una "magnum 44". Tampoco olvidará Travis lo que escucha sobre tal arma.
Todavía encontramos otro intento por salvarse, una petición de auxilio. Travis habla con un compañero taxista al que llaman "Mago" (Peter Boyle). Le cuenta que está asqueado, que quiere salir, hacer algo. Pero la filosofía de Mago no podemos decir que sea precisamente tranquilizadora: un hombre elige un oficio y, ese oficio, le convierte a uno en lo que es. Es decir, no hay salida.
Todo empieza a precipitarse. Travis está más nervioso. Por primera vez le vemos tocar el claxon con el gesto crispado. Resignado, confiesa: soy un hombre solitario. Decide comprar armas. Compra cuatro pistolas. Empieza a prepararse físicamente, vemos heridas en su espalda, secuelas de su pasado. Lo vemos disparar. Se comporta cada vez de un modo más extraño. Su conversación con uno de los responsables de la seguridad del senador Palantine durante un mitin es propia de un loco.

Travis quiere cambiar la sociedad, asestarle un golpe, descargar su ira. Escuchad, imbéciles de mierda. Aquí hay un hombre que va a cortar por lo sano. Necesita darle salida a la agresividad reprimida. Intenta incluso asesinar al senador Palantine, pero no le es posible.
Entonces decidirá rescatar a la joven prostituta. No puede cambiar el mundo, pero puede salvarla a ella. La mente de Travis, perturbada, arrinconada por una sociedad que le asusta, intenta rebelarse, y lo hace de un modo violento. La rabia acumulada por su insatisfacción estalla al fin, se produce una sobrecogedora huida hacia delante. La escena final es una especie de vía crucis de violencia, inexorable, serena incluso, implacable y, desde luego, escabrosa. Llegar al cuarto de la joven prostituta le va a suponer un gran esfuerzo. Un reguero de sangre queda a su paso. Sangre por todas partes. Finalmente intenta suicidarse, pero ya no le quedan balas. Cuando llega la policía, todo ha terminado.
Cuando la veo, me doy cuenta de que "Taxi Driver" refleja, con un planteamiento magistral, el germen de la violencia, el aislamiento, la anulación del individuo en un sistema social que lo engulle sin esperanza. Claro que tiene una lectura fascista, pero yo la veo como una historia existencialista, un film sobre la insatisfacción, la alienación y la angustia. Nos metemos en la mente del protagonista y llegamos a entender la sordidez que le rodea. Su rabia, sus reacciones, llegan a resultar patéticas.

domingo, abril 06, 2008

Si vuelves te contaré el secreto


En el libro “El arte de la novela”, Milan Kundera dice: Hasta los veinticinco años me sentía mucho más atraído por la música que por la literatura. Lo mejor que hice en aquel entonces fue una composición para cuatro instrumentos: piano, viola, clarinete y batería. Prefiguraba casi caricaturescamente la arquitectura de mis novelas, cuya existencia futura, por aquel entonces, ni siquiera sospechaba. Y realiza una interesante exposición sobre la influencia de la música y de las matemáticas en la composición de sus libros. Sin remedio, he recordado estas reflexiones del autor checo al terminar la lectura del libro “Si vuelves te contaré el secreto”, de Mónica Gutiérrez Sancho, escritora nacida en Sevilla y afincada en Zaragoza cuya primera novela no está pasando desapercibida.

Un local abre sus puertas en una calle corriente de cualquier anodina ciudad. Un local muy especial llamado, precisamente, “The Club”. El local tiene un gran éxito, pues promete pasar una velada de felicidad plena, aunque está establecido que nadie pueda asistir a él más de una vez. Los empleados tienen prohibido comentar con nadie lo que ocurre allí dentro ni facilitar que nadie, ni siquiera un amigo o un familiar, pueda acceder por segunda vez al interior del club. Esta es la premisa principal del libro, a partir de la cual se articula una historia coral en la que cuatro personajes nos servirán de hilos conductores, presentados en el primer capítulo: Sara, vendedora de trajes de novia, Rita, la prostituta, Julia, la camarera y Simón, el portero. Estos personajes actuarán como instrumentos principales de una estructura jazzistica, interpretando incluso sus propios solos, en fragmentos narrados en primera persona. A ellos se unirán otros que adquirirán relevancia a lo largo del relato, dándole densidad.

Encontramos pues una historia que gira en torno al jazz y que incorpora a su composición elementos propios de este género, como si de una “jam session” se tratara, un poco caótica en algunos momentos, utilizando la repetición de varios motivos para dar cohesión al conjunto, y cuya lectura fluye sin problemas, hipnótica, sin tropiezos, gracias a una prosa elegante y precisa al mismo tiempo, que consigue transmitirnos la información de un modo muy visual y que no carece de humor, sin rehuir la dureza o la sordidez de ciertos momentos, pero siempre con una extraordinaria ternura hacia los personajes, pese a las luces y sombras de éstos. Valga como muestra el siguiente párrafo:
Marcadas ojeras, gafas redondas de montura fina y plateada, color blanco grisáceo, enfermizo, tos seca, pelo rizado y largo sin alopecia a la vista y ojos grises y fríos, sin reflejo alguno, eran su aspecto. Habría pagado por ser bello, por enamorar a damas imposibles, a hadas encantadas, por contraer la sífilis o la tuberculosis, pero tenía que conformarse con unas diarreas matutinas persistentes que, al menos, le ayudaban a conservar un aspecto demacrado de planta marchita que no termina de morir. Habría matado por poseer las agallas para suicidarse por amor, pero tenía que conformarse con mezclar sus fluidos y su cuerpo con poetisas de medio pelo, adictas a músicos, golfas que no llegaban a cobrarle un precio fijo.

El libro posee su propia banda sonora, y nos propone sus temas al inicio de cada capítulo, en una selecta selección de intérpretes claves en la historia del jazz. Recorremos de un modo lineal, pero plagado de contrapuntos, la historia de ese club misterioso que ofrece una dicha absoluta a sus clientes, una velada mágica que atraerá a gente de todo tipo, personajes insatisfechos que buscan ese algo indefinido y abstracto que es la felicidad, y que tendrán la oportunidad de atisbarla durante una noche cuyo recuerdo los dejará aturdidos, con el deseo de repetir la experiencia, sabiendo que tal cosa es imposible y sin sospechar que esa imposibilidad viene determinada por la propia naturaleza de lo buscado. Desde el casting del personal hasta la última sesión del club, entramos en una historia con aire de cine en blanco y negro de los años cincuenta que, no obstante, me trajo ecos de un autor tan dispar como Philip K. Dick. Una historia original, sencilla y engañosa a la vez, de cuidada arquitectura, que supone un debut espectacular de una escritora a la que hay que seguirle la pista.

Les dejo, para acabar, con el gran Thelonious Monk:


jueves, abril 03, 2008

Narrativas 9

Acaba de salir el número 9 de la revista Narrativas. Se puede descargar gratuitamente. Su índice ofrece un contenido muy interesante, y he tenido la suerte de figurar en él. Con este número, la revista Narrativas cumple dos años de loable labor literaria, ayudando a difundir el trabajo de escritores noveles y dándonos la oportunidad de participar en un proyecto en el que figuran también autores de reconocida trayectoria.
Espero que lo disfruten. Y que “Narrativas” cumpla muchos años más.

ÍNDICE:

Ensayo
La poética en “Axolotl” de J. Cortázar, por Osvaldo Ulloa Sánchez
La sensibilidad mediterránea: herencia y equilibrio para una razón más vital, por Enrique Ferrari Nieto
Gilgamesh y la escritura, por José Ángel García Landa
Obra maestra de las adaptaciones literarias al cine: “Carta de una desconocida”, de Max Ophüls, por Alfredo Moreno

Relato
"Crónica de un cazador", por Manuel Díaz Martínez
"Nada antes que la fe", por Vicente Luis Mora
"Algo provisional", por Ismael Grasa
"El poeta en excedencia", por Salvador Gutiérrez Solís
"Final de cuento", por Jorge Villarruel
"Seguir observando", por Pablo Lorente Muñoz
"La perla de Córdoba (I)", por Carlos Montuenga
"El faquir", por Rosy Palàu
"El círculo de Eliot", por Norberto Luis Romero
"El paso de la oca", por Recaredo Veredas
"Ochenta pisos", por Juan Carlos Vecchi
"Pueblo de Jones", por Luis Emel Topogenario
"Dos misivas", por Julio Blanco García
"El colorao", por Adriana Serlik
"Enfrente de la casa, toda la noche", por Agustín Cadena
"Ajustando cuentas", por Fernando Sánchez Calvo
"Ballenas", por Alfredo Carrera
"Los hombres que lloraban lágrimas rojas", por Carlos Garvín
"Lirios blancos", por Soledad Acedo Bueno
"Lisa", por Javier Guerrero
"Pistoleros famosos", por Paul Medrano
"Me niego rotundamente", por Jonathan Minila
"Los días felices de Edwin", por Josué Barrera
"El diablo de las Hespérides", por Ahmed Oubali
"Extranjeros y fantasmas", por Carlos Frühbeck
"Últimas palabras para Wendy", por Javier Esteban
"Como un canto rodado", por Esteban Gutiérrez
"Pero no matarás", por Luis Tamargo
"El gringo", por Pablo Giordano
"Lo que trajo la noche", por Salvador Alario Bataller
"La luna y las comedias", por Noemí Pastor
"El tren", por Miguel Sanfeliu
"Metempsicosis", por Gemma Pellicer
"Reencuentro", por Edilberto Aldán
"Instrucciones para treintañeras desordenadas y tibias", por Ana Muñoz de la Torre
"Corazón de fuego", por Carlos Arnal
"Liviandad", por Antonio Ramos
"Paisaje sin batalla", por Sergio Borao Llop
"De ámbulos concéntricos", por Héctor Huerga
"Cándida en el cielo", por Antonio Toribios
"La manda de Názaro", por Roberto Strongman

Novela
Rapsodia vagabunda (Capítulo), por Juan Carlos Guerrero
En la ciudad inmóvil (Capítulo), por Moisés Ramírez

Narradores
En esta ocasión, el espacio de Narradores está dedicado a la escritora peruana Patricia de Souza

Entrevista
Marco Tulio Aguilera, por Germán Martínez

Reseñas
Golpes de mar de Antón Castro, por Magda Díaz y Morales
La hermana de Sándor Márai, por Sandro Cohen
La carga de la brigada ligera de Gonzalo Calcedo Juanes, por Juan Carlos Márquez
Prosa temprana y obras póstumas publicadas en vida de Robert Musil, por Eugenio Sánchez Bravo
Nunca llueve sobre el Sáhara de Pedro M. Martínez, por Guillermo Ortiz López
Espejo roto de Mercé Rodoreda, por C. Martín
Los lobos de la luna de Frank Quasar, por Hari Seldon
Arde el musgo gris de Thor Vilhjálmsson, por María Aixa Sanz

Miradas
"Comentario a Pedro Páramo, las cien páginas más célebres de la literatura mexicana", por Javier Cercas Rueda
"Lo desmemorioso en los ojos", por Juan Fernando Covarrubias Pérez
"H. P. Lovecraft y la seducción del misterio", por Jorge Villarruel

Literatura e imagen
El sueño de Cthulhu, pintura del artista mexicano Ricardo Olvera, basada en el relato “La llamada de Cthulhu” de H.P. Lovecraft.
La lectura de la literatura, de la ilustradora aragonesa Blanca BK Gimeno.
Ilustración que forma parte de tres expuestas en la Biblioteca de María de Huerva.
Vandalismo, del ilustrador y dibujante José Antonio Ruiz-Roso, ilustración basada en el relato de Carlos Arnal, "Corazón de fuego".

Novedades editoriales

domingo, marzo 30, 2008

Entre dos aguas


Rosa Ribas nació en el Prat de Llobregat (Barcelona) y reside en Frankfurt. Su primera novela, “El pintor de Flandes”, tuvo una buena acogida de público y crítica.
“Entre dos aguas”, su segunda novela, es muy diferente a aquella. Se trata de una novela negra, fiel a las reglas del género, y en la que introduce a la comisaria Cornelia Weber-Tejedor, de padre alemán y madre española, que sin duda protagonizará otros títulos de esta autora.

Como toda novela policiaca que se precie, nada más comenzar aparece un cadáver: un hombre flotando en el río. Se trata del cuerpo de Marcelino Soto, inmigrante español muy apreciado en la comunidad española de Frankfurt, motivo por el cual la comisaria Cornelia parece la más indicada para encargarse del caso. Ella y su equipo, compuesto por los policías Reiner Fischer y Leopold Müller, llevarán a cabo una investigación en la que irán quedando expuestos distintos aspectos del fenómeno de la inmigración en Alemania (que pueden ser extrapolados a cualquier otro país de circunstancias similares). El crimen de Marcelino Soto tiene que simultanearse con la desaparición de una empleada de hogar de origen ecuatoriano: Esmeralda Valero que, pese a su interés, contribuye a dispersar ligeramente la trama.

No obstante, el tema principal de este libro es la inmigración; y el racismo se encuentra en el trasfondo de la historia, un racismo que afecta a todo el mundo. Así, veremos a un turco arremetiendo contra los yugoslavos o a la propia madre de la inspectora marcando diferencias entre la inmigración española y la actual en un fragmento que no tiene desperdicio: Así nos tenemos que ver los emigrantes de verdad, los que vinimos como gente honrada a ganarnos la vida y no como toda esta gente que viene ahora que no se sabe qué busca aquí. Porque ahora ya no existe verdadera emigración. Nosotros sí éramos emigrantes de verdad, pero ahora a saber qué quiere toda esta gente. Yo no soy racista, pero con toda esa gente que viene no sé adónde vamos a ir a parar. E incluso el portero del edificio en el que reside la comisaria expone un punto de vista muy similar (pág. 160).
Es evidente que el género policiaco es muy apropiado para reflejar la realidad social de una comunidad, para bucear en sus diferentes estratos y diagnosticar sus posibles fisuras. Esta tarea la cumple con solvencia esta novela, en la que queda claro que el mal no entiende de razas sino más bien de debilidades humanas, aspecto evidente desde el principio, desde el caso cuya resolución sirve para presentar a la propia Cornelia.

La historia está narrada en tercera persona, aunque no nos despegamos en ningún momento de la protagonista y compartimos sus cavilaciones, sus dudas y debilidades. El estilo de Rosa Ribas fluye con facilidad y resulta eficaz y minucioso, pendiente en todo momento de esos pequeños detalles que confieren solidez a un texto, como en el siguiente caso: La señora Schneider, una mujer menuda, de unos sesenta años con el pelo teñido de rubio oscuro, le indicó dónde podía sentarse. Un breve cruce de miradas con su marido le dio a entender a Cornelia que le acababa de ofrecer el sillón donde se solía sentar el señor Schneider, pero los ojos de la mujer habían reflejado por unos segundos una fiereza admonitoria a la que su marido se tuvo que doblegar. Sobre una mesita baja humeaba una tetera.
La presentación de los personajes españoles se completa con pequeñas escenas sobre el momento de su llegada a Alemania, sus circunstancias, sus ilusiones, sus decepciones, completando un mosaico representativo de una comunidad que se ha ido afianzando y cuyos descendientes, ya alemanes de pleno derecho, como la propia comisaria Weber Tejedor, se siguen debatiendo entre esas dos realidades, integrados en una sin llegar a tomar distancia de la otra, sintiéndose en todo momento entre dos aguas.
No es extraño que la comisaria Cornelia Weber-Tejedor protagonice otros títulos de Rosa Ribas, hasta un total de cuatro, según contó la autora en la presentación del libro a la que tuve la suerte de asistir. Será pues interesante seguir indagando en los casos que tendrá que resolver esta comisaria, salvado ya el inicial propósito de presentar todos los aspectos de los personajes y la realidad en la que se mueven.

viernes, marzo 28, 2008

Hay Festival Granada

Entre los días 3 y 6 de Abril, tendrá lugar, por primera vez, la celebración del Hay Festival en Granada. El entorno privilegiado de la Alhambra será testigo de una nueva edición de este festival literario en el que se organizan tertulias, entrevistas, presentaciones, proyecciones de cine, etc. Pueden consultar el programa en la pagina oficial del Hay Festival.
Se hará un homenaje a Francisco Ayala, que acaba de cumplir los 102 años.
Acudirá gente como Raja Alem, Ahdaf Soueif, Almudena Grandes, Luís García Montero, Umberto Eco, Fadia Faqir, Joaquín Sabina o el jugador de ajedrez Boris Spassky, entre otros. Muy a mi pesar, me temo que no podré acudir a esta cita. Me resulta del todo imposible por diferentes motivos, y bien que lo siento. Pero así son las cosas.

miércoles, marzo 26, 2008

Rafael Azcona

La noticia de su muerte me ha caído como una pedrada. Rafael Azcona es un autor entrañable, autor de guiones geniales, que forman parte de nuestra historia, como "El pisito", "El cochecito", "El verdugo", "Plácido"... Su último trabajo ha sido la adaptación del libro "Los girasoles ciegos".
Su sentido del humor era corrosivo, tirando a negro, pero siempre tierno con los personajes, comprensivo con las situaciones más duras. Como escritor, formaría parte de la generación del medio siglo, aunque lo cierto es que se trata de un autor un tanto atípico y a contracorriente.

Quise buscar una entrevista que me parecía recordar haber visto en el programa "Estravagario", pero no la he encontrado, quizá me falla la memoria. No obstante, encontré otra correspondiente a un programa de Aragón Televisión que no tiene desperdicio.
Les dejo con Azcona.

jueves, marzo 20, 2008

Boxeo

No pasé de la tercera categoría, uno más del montón, además me retiré joven, antes de que me dejaran sonado, y sin embargo alguna vez me han reconocido y me han recordado aquellos tiempos, claro que no es frecuente, pero siento que me descompongo por dentro cuando alguien dice que me recuerda, y desearía salir corriendo, por eso se me pone un pequeño nudo en el estómago cada vez que entra alguien en la tienda, un nudo que se disuelve inmediatamente después de comprobar que el tipo no me va a hablar de cuando yo era boxeador.
La tienda es pequeña y en ella vendemos artículos de todo tipo. Se trata de productos que están muy rebajados de precio, bien por estar fabricados con un material muy económico o por pertenecer a partidas de saldo. Son productos caducos, como yo, acabados. La tienda no es mía. Sólo soy un empleado. Es un trabajo digno que me permite huir del infierno balbuciente que el alcohol me propone.
Cuando aquel hombre entró en la tienda lo reconocí antes incluso de que la campanita que colgaba sobre la puerta denunciara su presencia, pese a que los años le habían desgastado el cuerpo con especial saña. Apenas le quedaba un poco de pelo blanco sobre las orejas. Su rostro se había hinchado empequeñeciendo los ojos y agrandando la nariz chata y la boca torcida. No era alto, pero estaba tan gordo que sus pies le arrastraban con notable esfuerzo. Se dirigió directamente hacia mí, sin darme tiempo a esconderme, me tendió su mano grande y fuerte y me sonrió de un modo estúpido.
-Me alegro de verte -dijo, con un tono bobalicón, pronunciando cada palabra despacio y con cuidado.
No dije nada. Traté de sonreír, sin éxito. El hombre se llamaba Carlos. Había sido sparring y, en aquella época, su destino y el mío parecían unidos por el sueño de un futuro lleno de éxito, riqueza, fama y mujeres.
Los peores momentos se vivían en el vestuario, antes de la pelea, hundido en uno mismo, deseando que todo terminase rápido. Pensando en los golpes, en el dolor, en el propio cuerpo y en la propia vida y en la emoción de la lucha y en la expectación del público. El entrenador me daba un masaje mientras hablaba del contrincante y de la estrategia a seguir.
-Quieren parar la pelea -me dijo aquel día-, pero no debes preocuparte por nada. Les he dicho que la pelea tenía que celebrarse fuera como fuese.
-Han pasado muchos años -dijo Carlos-. Es increíble.
Solté su mano y hundí los puños en los bolsillos del pantalón.
-Creo que no nos hemos visto nunca, señor -dije, y mi voz sonó grave, monótona. Mi rostro se mantuvo impasible mientras mi cerebro se revolvía en la cabeza. No estaba seguro de lo que estaba haciendo. Sin embargo, desde el momento en que mis palabras se pasearon entre él y yo, ya era demasiado tarde para rectificar.
-Vi todos tus combates -insistió-. Hemos entrenado juntos. ¿Acaso te has olvidado de mí?
-¿Combates? -pregunté- No sé de qué me habla.
Igual que golpear el saco de entrenamiento. El chico se tambaleó de un lado al otro del ring al ritmo de mis golpes. Sus ojos no me miraban sino que me traspasaban y se perdían en la oscuridad de la sala.
Carlos me miró con extrañeza. Sus ojos se agrandaron.
-Vi tu último combate. Estuve allí. No fue culpa tuya. Tú no sabías que él estaba tan mal.
-¿Va a comprar algo o sólo quería charlar un rato?
Agachó la cabeza. Dio media vuelta y sus pies le arrastraron lentamente hasta la puerta.
-Vaya chiflado -dije justo antes de que saliera-. No tengo ni idea de lo que me está hablando. Yo sabía perfectamente cómo estaba aquel chico. Sabía que tenía un tumor y que no aguantaría mis golpes. El médico había intentado parar la pelea y yo lo sabía. Lo sabía todo.
Cayó como una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos. Tuve la sensación de que se había desplomado antes incluso de que le llegase mi golpe. Sus ojos quedaron en blanco y su pecho dejó de moverse. El médico subió de un salto y se agachó a su lado y le tocó el cuello. Su cara reflejaba el miedo. Miró a su alrededor, como si en silencio gritase pidiendo ayuda. Y volvió a tocarle el cuello. Subieron al chico a una camilla y lo bajaron del ring y, mientras recorrían el pasillo hacia la salida, el médico iba a su lado sin dejar de tocarle el cuello, sin perder la esperanza de encontrar un pulso que se había desvanecido. Yo lo vi todo desde el centro del cuadrilátero y, cuando me di cuenta, estaba solo y mi puño seguía en alto.
-Nada de lo que pueda hacer en esta vida -le digo al hombre- podrá borrar mi responsabilidad.
-Siento haberle molestado.
-Márchese y no le diga a nadie que me ha visto. No hable de mí. No cuente mi historia a sus amigos. No me conserve entre sus recuerdos.
Agachó la cabeza aún más y salió tan despacio que la campana de la puerta no llegó a sonar. Todo quedó de nuevo en calma y pensé que aquel hombre no había existido nunca.

martes, marzo 18, 2008

Fallas 2008



















Un año más la ciudad está patas arriba, sembrada de monumentos que arderán la noche de San José. Fiesta ruidosa y excesiva, plagada de arte, de color, de sátira... siempre asombrosa y sobrecogedora. Por supuesto, también causa incomodidad, especialmente para acudir al trabajo, para llevar una vida normal, para dormir. Además, una huelga salvaje del transporte público ha agravado la situación. No obstante, debo reconocer que la disfruto, que me encanta pasear de falla en falla y respirar el olor a pólvora por todas partes.

viernes, marzo 14, 2008

Feria del libro antiguo y de ocasión



Todos los años, por estas fechas, se instala la feria del libro antiguo y de ocasión en la Gran Vía Marqués del Turia de Valencia. Este año, desde el 29 de Febrero al 23 de Marzo, se puede visitar la XXXI edición de este evento, en la que se dan cita 38 casetas correspondientes a librerías de toda España. Y es una buena oportunidad, pues con la extraña conjunción que se ha producido entre la fiesta de Fallas y la Semana Santa resulta que nos encontramos con un puente festivo de seis días, todo un lujo.
Aquí se dan cita coleccionistas de libros raros, bibliófilos en busca de ediciones antiguas y muy cotizadas. Debo admitir que no es mi caso. No me considero un bibliófilo, no busco el libro como objeto ni como obra de arte, más bien busco autores que han pasado desapercibidos o libros que no pude comprar en su día y que aparecen ahora como saldos u oportunidades de segunda mano. A veces, también encuentro algo que no esperaba, como en esta ocasión: un libro que ha vuelto a mis manos después de casi treinta años, y del que me he acordado en más de una ocasión, aunque no lo iba buscando.



Se trata de un libro que perdí en el año 1979. Ese año, realicé con mi familia un viaje que duró cuatro meses y que nos llevó a Puerto Rico, Santo Domingo, Panamá y Miami. A la vuelta, mi maleta de libros se perdió. Llegaron a decirme que creían tenerla localizada en Canadá, pero lo cierto es que ya no volví a saber nada de ella. Recuerdo casi todos los libros que iban en ella, así como mis apuntes y la primera parte de una novela que me consta era muy imperfecta, pero que aún así me dolió en el alma. Desde entonces, si he tenido que viajar, siempre he llevado mis libros como equipaje de mano. Prefiero, llegado el caso, quedarme sin ropa antes que sin libros.


En fin, el libro que me salió al paso el día que estuve visitando la feria se titula “Argumentos fabulosos” y su autor es Irving Wallace. Sé que no suena muy importante. Irving Wallace no es un escritor de cabecera de nadie, pese a que es autor de títulos tan conocidos como “El premio Nobel”, en el que se basó la película “El premio”, dirigida por Mark Robson y protagonizada por Paul Newman, Edward G. Robinson y Elke Sommer, “El hombre” o “Fan club”. Está considerado un escritor de bestsellers, y por tanto la crítica se ha limitado a ignorarlo, cuando no a despreciarlo, quizá con cierta razón, aunque lo cierto es que vendió unos 250 millones de ejemplares de sus libros en todo el mundo. No obstante, “Argumentos fabulosos” es un libro de pequeños ensayos en los que se rastrean las vidas de las personas reales que inspiraron famosos personajes literarios y en los que Wallace demuestra que es un ameno comunicador y un solvente narrador de historias. Un libro de ensayos que parecen cuentos, de breves biografías noveladas sobre personas que inspiraron a grandes escritores, como el doctor Joseph Bell, a quien Conan Doyle tomó como modelo para su Sherlock Holmes, o Alexander Selkirk, el hombre que vivió solo en una isla durante más de cuatro años y que es el germen de Robinson Crusoe, o William Brodie, un hombre cuya doble vida sirvió de inspiración a Stevenson para la creación de su Doctor Jeckyll y Mr. Hyde. Ocho textos en total, el primero de los cuales, el más breve, es un interesante y ameno acercamiento al fenómeno de la inspiración.



Un reencuentro gozoso, que me produjo gran alegría y, por eso, no es de extrañar que luego, llevado por esa exultación, no me resistiera a comprar algunos libros más, entre ellos el libro de conversaciones con Pepín Bello, la “Historia personal del«boom»”, de José Donoso y una breve novela de Jerzy Kosinski titulada “El ermitaño de la calle 69”. Jerzy Kosinski es también un autor curioso cuya obra más conocida, “Desde el jardín”, fue llevada al cine, dirigida por Hal Ashby e interpretada por Peter Sellers en el papel principal, con el titulo de “Bienvenido Mr. Chance”. Kosinski se suicidó en 1991.

jueves, marzo 13, 2008

46


Hoy cumplo 46 años… y no sé qué decir al respecto.

Quizá debería comentar algo sobre la sensación de que el tiempo se me echa encima…

miércoles, marzo 05, 2008

La crítica en los blogs

Está surgiendo una nueva crítica, o debería llamarla fuente de información, para liberarla un poco de la pesada carga que la responsabilidad de la crítica conlleva, y el culpable de esta transformación o revolución, como queramos denominarlo, es internet. Su fácil acceso ha propiciado que cualquiera pueda hacer crítica literaria desde un blog, lo cual resulta positivo porque aquí no existen presiones del mercado y uno puede escribir exclusivamente de lo que le apetece, pero también supone encontrarse con infinidad de carencias e incluso con gente que disfruta denigrando e insultando, amparados generalmente en el anonimato. Este panorama hizo a Jonathan Franzen decir que lamenta la falta de los críticos literarios tradicionales, que actuaban como filtro para descubrir libros de verdadero valor. Es mucho mejor tener 50 inflexibles críticos de esa clase que tener 500 mil gritones incompetentes.
Naturalmente, no creo que nadie pueda estar de acuerdo en que todo aquel que escribe en un blog sea incluido en la calificación de “gritón incompetente”. Aceptando sus múltiples carencias, debo decir que la desconfianza en unos medios que se someten a intereses mercadotécnicos hacen que sean los blogs los encargados de difundir y comentar libros que, de otro modo, serían ninguneados. Los blogs son, actualmente, los que mejor pueden llevar a cabo las funciones que Auden atribuía a la crítica, los que mejor pueden difundir obras de calidad que, de lo contrario, desaparecerían en pocos días como si nunca hubieran existido. Por supuesto, esta labor implica que uno debe enfrentarse a ella con un mínimo rigor y responsabilidad.

Fernando Iwasaki opinó sobre los blogs lo siguiente: No me agradan los blogs porque muchas veces cobijan opiniones anónimas e insultantes que sus autores jamás suscribirían con sus nombres verdaderos, pero reconozco que también he leído en los blogs razonamientos inteligentes y originales, aunque no comparta el ideario de sus autores. Creo que también es importante este concepto del ideario de los autores. En el caso del blog literario, cuando uno lo lee, no es difícil que se haga una idea de cuáles son las preferencias de su autor, qué autores le fascinan, qué géneros, qué ideas estéticas… mucha información adicional que ayuda a valorar las opiniones y juicios de valor que allí se exponen.

Para ir acabando, me gustaría citar las palabras de Ignacio Echevarría, en la entrevista que le hizo Blanca Vázquez: Toda la ambición de un crítico debe estar puesta en descubrir lo nuevo, y apoyarlo. Otra cosa es que, entre sus funciones sociales, se cuente la de ahorrar al lector algunos caminos inútiles, indicarle atajos. Algo a tener en cuenta, pese a que Echevarría sea también uno de esos autores que desconfía de los blogs, como deja claro en la misma entrevista: desconfío de la supuesta libertad con que operan los blogs. No es lo mismo una escritura libre que desinhibida. Y la de los blogs es una escritura desinhibida. Por otro lado, creo en la función social de la crítica, en su contribución a la construcción de la comunidad, en su poder de incidencia y de representación. Pero las comunidades de los blogs no son evaluables ni representativas. A menudo son jaulas de grillos, por mal que me esté decirlo en esta circunstancia. De momento, la crítica que en ellos se hace es bastante inofensiva. En los mejores casos, puramente testimonial. Y no me parece que la cosa tenga visos de cambiar a corto o medio plazo.
Bueno, pues ya veremos cómo evoluciona esto.

domingo, marzo 02, 2008

Premio Pulitzer 2007


Uno abre un suplemento o un periódico y, de repente, se encuentra con algo que le golpea con fuerza y lo deja noqueado durante bastante tiempo. Me ocurre con el suplemento de “El País”, donde me tropiezo con la fotógrafa Renée Byer, ganadora del Premio Pulitzer 2007 por su reportaje “A mother’s journey”. Durante un año convivió la fotógrafa con Cyndie French y fue testigo del calvario que pasó esta mujer con uno de sus tres hijos, Derek Madsen, de 11 años, enfermo de cáncer. El niño murió en Mayo de 2006.
Renée Byer ha viajado a España, invitada por la Asociación Infantil Oncológica de la Comunidad de Madrid (Asion).
Haciendo clic en la foto podrán ver todo el reportaje fotográfico, aunque advierto de su dureza.
El artículo del suplemento viene firmado por Karelia Vázquez.

martes, febrero 26, 2008

La crítica

Uno sólo debería hablar de aquello que le ha conmovido o que quiere ayudar a divulgar, sería lo más honesto y también lo más satisfactorio. Auden decía que Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter.
Auden definió las que, en su opinión, deberían ser las funciones del crítico, y entre ellas está la presentación de obras o autores desconocidos, valorar a autores que han sido ninguneados o menospreciados, mostrar relaciones entre obras de épocas y culturas diferentes y hacer una lectura de una obra que aumente su valoración sobre ella. Creo que es importante recordar esto.
Claro que también Auden advierte que un escritor cuando habla sobre los libros de otros no puede sino hablar al mismo tiempo de los propios.
Ricardo Piglia parece corroborar esta opinión cuando dice que el crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee.

No creo que sea más “profesional” quien afirma con énfasis “esto es una mierda”, sino aquel que es capaz de apuntar que tal o cual cosa habría funcionado mejor de otra manera. Ricardo Senabre dice que lo que el lector espera del crítico son orientaciones razonadas, no elogios vacíos ni rechazos injustificados. La crítica debe señalar los defectos que se aprecian en una obra, sus supuestas imperfecciones, razonadas con más o menos acierto, pero no debe caer en la descalificación gratuita y general.

No obstante, hay múltiples condicionantes que intervienen para que la crítica se desvíe de su función primordial, y es probable que la más importante sea la influencia del mercado, el poder de ciertos medios. El propio Senabre lo explica así: hay demasiada consideración con editoriales poderosas, por una parte, y, por otra, excesivo temor a reseñar negativamente obras de autores prestigiados. Bueno, como la vida misma ¿no? Claro que no todo el mundo comparte esta opinión. García-Posada, en su libro “El vicio crítico” afirma que la influencia de los medios de comunicación, que es abrumadora, difícilmente se ejerce con productos tan minoritarios como la literatura. Y aún va más allá al afirmar que no hay crítico que tenga capacidad para alzar o hundir un libro.

jueves, febrero 21, 2008

Opinar

Hace unos días Alex de la Iglesia escribió una carta en “El País” replicando a un artículo anónimo que había aparecido en la sección de opinión de dicho periódico, y en el que se hacía una valoración despectiva del cine español en general. En dicha carta decía, entre otras cosas, lo siguiente:

¿Se imaginan a alguien diciendo "todos los escritores de este país son aburridos", o "los pintores españoles cansan con sus cuadros de siempre", o "basta ya, por favor, de zapatos españoles, preferimos los italianos"?
Lo que realmente duele de estos palos no es la rotundidad con la que se formulan, sino todo lo contrario, lo alegremente que se escriben, como sin darles importancia. Da la impresión de que no afectaran a nadie. Y ahí se equivocan, porque el cine español no sólo somos cuatro torpes directores sin talento, sino cientos o miles de profesionales que viven de nuestras películas, muchas familias que tienen que buscarse la vida haciendo cualquier otra cosa, porque esto del cine cada vez se lo ponen más difícil.

Debo admitir que me impactaron estas palabras. Me dejaron pensando. Es cierto que a veces se opina muy a la ligera sobre cualquier cosa. Se pontifica con rotundidad, como si uno estuviera en posesión absoluta de la verdad. Y parece que cuanto más duro y despreciativo se muestra uno, más demuestra su valía, su seguridad en sí mismo y en su criterio.
A mí me parece que no hay crítico infalible. Es inevitable que tarde o temprano se meta la pata, porque a fin de cuentas, cada uno tiene sus preferencias, sus gustos, sus debilidades, sus intereses.



En el libro “El ojo crítico”, ediciones B, 1990, se mostraban múltiples ejemplos de opiniones desafortunadas, expresadas por gente de indiscutible prestigio. Expongo unas cuantas:

Bertrand Russell dijo sobre Bernard Shaw: Me parece que Shaw, en conjunto, es más un calavera que un genio… No pude con Hombre y Superhombre: me repugnó.
Y el propio Shaw dijo sobre "Julio César", de Shakespeare: No hay una sola frase pronunciada por el Julio César de Shakespeare que sea, no diría digna de él, sino tan sólo digna de un jefe Tammani.

Pío Baroja dijo, en 1944, sobre Unamuno: Era el aldeano que sale del terruño y se hace rabiosamente ciudadano y adopta todos sus hábitos y procedimientos. Quiso primero ser un escritor español ilustre y después ser un escritor universal… Sus novelas me parecen medianas, y sus obras filosóficas no creo que tengan solidez ni importancia.

Virginia Woolf escribió en su diario sobre el Ulises, de James Joyce: Acabé Ulises y me parece un fracaso… El libro es difuso. Es salobre. Pretencioso. Vulgar, no sólo en el sentido común sino también en el literario. Quiero decir que un escritor de primera línea respeta demasiado el acto de escribir para permitirse hacer trampas.
No obstante, Constantino Bértolo, el compilador de estos fragmentos, escribe en el prólogo de “El ojo crítico”: Tener criterio significa poseer un entendimiento de lo que es la literatura y ejercer desde ese sentimiento sin miedo a equivocarse. (…) Es necesario que el crítico tenga una escala de valores desde la que enfrentarse a la obra y es conveniente que esa escala se transparente en su trabajo.
Y más adelante escribe: No existe lectura inocente. Uno lee desde lo que es y con todo lo que es. Me quedo con esta frase.

domingo, febrero 17, 2008

De libros

Entre los últimos libros que me han llamado la atención, debo empezar por el último de Haruki Murakami, “Sauce ciego, mujer dormida”, una recopilación de relatos editada por Tusquets. Cuando lo veo, viene a mi mente una frase que leí no recuerdo ahora dónde, según la cual Murakami resulta aún más eficaz en relatos o novelas cortas. Veremos.

Encuentro también el libro de Joshua Ferris, “Entonces llegamos al final”, editado por RBA y que fue finalista del National Book Award y elegido como uno de los mejores libros del año por el New York Times Book Review. Viene precedido por una importante campaña de promoción. Se trata de la primera novela de Ferris y la trama transcurre en una oficina. Y es cierto que son pocos los libros que escogen este escenario para desarrollar sus tramas, pese a que es algo que rige el estilo de vida de una gran parte de la población. Se habla del sentido del humor del libro. Está narrado en primera persona del plural.


Curioseo un poco sin rumbo y otro libro despierta mi interés. Se titula “Las voces del laberinto”, historias reales sobre la esquizofrenia, de Ricard Ruiz Garzón, editado por DeBolsillo. En la portada consta que ha obtenido el I Premio Miradas de la Fundación Manantial. Lo abro y leo el principio:

Estimado señor Paul Auster.
Le escribo porque mi hijo ha muerto. Se suicidó hace tres meses. En primavera. Tenía veinticinco años.
Le vi saltar por la ventana. Le vi morir. Y una vez abajo, vi también un libro en su mano izquierda. El mismo que estuvo leyendo toda la noche; se arrojó con él. Parece imposible, pero no lo soltó al chocar contra el suelo. Perdió hasta un zapato, pero conservó el libro. Costó Dios y ayuda arrancarlo de entre sus dedos. Días después, al hojearlo, hallé una extraña dedicatoria, y también una página marcada. El libro era “El Palacio de la Luna”…


Es un libro de relatos basado en testimonios reales. Sobre uno de los textos se ha rodado el documental “Uno por ciento, esquizofrenia”, de Ione Hernández.


Y otra de mis últimas adquisiciones ha sido el libro de Mónica Gutiérrez Sancho, editado por Caballo de Troya, “Si vuelves te contaré el secreto”. Una novela a ritmo de jazz sobre los peligros que acechan detrás del imprudente deseo de ser felices.

martes, febrero 12, 2008

Tiburón

Acaba de morirse Roy Scheider, al parecer de un cáncer de médula ósea. Tenía 75 años. En su filmografía destacan títulos como “The French Connection” y “All That Jazz”, por los que estuvo nominado al Oscar, y también, entre otros, “Marathon Man”, “52/Vive o Muere”, “El eslabón del Niágara”, “El Trueno Azul”… y, muy especialmente, “Tiburón”.



“Tiburón” se estrenó en el año 1975 y se trata de la adaptación cinematográfica de una novela de Peter Benchley. La película la vi en el ya desaparecido cine Tyris de mi ciudad, que exhibía en formato “Vistarama”. La novela la leí durante la convalecencia de una operación de vegetaciones. Cosas de la memoria. También leí otro titulo de Benchley: “Abismo”, que fue llevada al cine por Peter Yates, con Nick Nolte, Jacqueline Bisset y Robert Shaw en los papeles principales.

La historia transcurría en un pequeño pueblo llamado Amity, aunque en realidad se rodó en Martha's Vineyard, una isla situada frente a Cape Cod. Se trata de una localidad turística en cuyas playas aparece un enorme tiburón blanco que causa varias muertes. El jefe de policía Brody (Roy Scheider) quiere cerrar las playas por seguridad, pero se encuentra la oposición del alcalde (Murray Hamilton), quien entiende que el cierre de las playas supondría grandes pérdidas económicas. Se pide el asesoramiento de un biólogo marino experto en tiburones, Hooper (Richard Dreyfuss), que no tiene dudas sobre la seriedad del problema. El propio Peter Benchley interpreta a un reportero que informa sobre los acontecimientos que tienen lugar en Amity. Finalmente, Brody, Hooper y Quint (Robert Shaw), un rudo cazador de tiburones, se harán a la mar con la intención acabar con el terrible escualo.
Esta segunda parte, con los tres hombres en un viejo barco, en mitad del mar, a la búsqueda de un monstruo, es mi preferida. Brody es el hombre urbano que desconoce todo lo relacionado con la pesca y la navegación, Quint, por su parte, es un hombre hecho a sí mismo, que desconfía de la valía del científico Hooper. Lo trata, en ocasiones, como si fuera un aprendiz. Sin embargo, el peligro se encargará de unir esas dispares personalidades.

Existen escenas memorables, como aquella en la que Quint relata el episodio del USS Indianápolis, el barco que fue bombardeado cuando regresaba de entregar las piezas que formarían las bombas atómicas que serían arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki. La tripulación quedó en el mar a merced de los tiburones, que los fueron devorando uno detrás de otro. Una historia espeluznante que se mantiene sólo con el rostro de Shaw, que recita un texto cuya versión definitiva fue escrita por él mismo.

El encargado de dirigir el proyecto fue un joven Steven Spielberg que tuvo que afrontar múltiples dificultades. Spielberg reescribió el guión y eliminó la historia de amor que aparece en el libro entre la mujer de Brody (Lorraine Gary) y Hooper. El guión fue luego revisado por Howard Sackler y la redacción final la llevó a cabo Carl Gottlieb.
En este rodaje, todo lo que podía salir mal salió mal.
Bob Mattey, artesano de Hollywood durante cuarenta años, que ya había construido un pulpo gigante artificial para la película "20.000 leguas de viaje submarino", fue el encargado de materializar el proyecto del tiburón gigante. Le llamaron "Bruce", pesaba doce toneladas y necesitaba un equipo de 15 hombres para accionarlo. Pero, además, la mayoría de las veces no funcionaba en el agua. Para la escena de la jaula, se utilizaron tiburones reales y, como sólo medían cuatro metros y medio mientras que el de la película se suponía que medía casi ocho, hubo que utilizar una jaula más pequeña y meter en su interior a una persona muy bajita para que parecieran más grandes. Spielberg tuvo que echarle imaginación y utilizar la cámara subjetiva, la elipsis, el recurso de los barriles amarillos, en lugar de mostrar una y otra vez a un tiburón mecánico que se decoloraba y agrietaba por el sol y cuyos mecanismos hidráulicos perdían presión. De hecho, el tiburón apenas sale filmado por completo, siempre irrumpe parcialmente, lo cual intensifica el impacto de algunas escenas como aquella en la que Brody se encuentra tirando cebo al mar y que culmina con una de las frases más famosas de la película, “vamos a necesitar un barco más grande”, una frase que, al parecer, fue improvisada por Scheider. Otro recurso muy efectivo fue la música de John Williams, cuyos conocidos acordes delatan la presencia del tiburón sin necesidad de mostrarlo. Y, por supuesto, hay que destacar la importancia del montaje, que estuvo a cargo de Verna Fields.

Durante un tiempo, Spielberg sufrió la pesadilla de creer que se encontraba todavía en el cuarto día de rodaje y se despertaba angustiado.
Para el papel de Quint se pensó en un primer momento en Lee Marvin, quien rechazó la oferta. Respecto al jefe de policía, Carl Gottlieb, en el "Diario de a bordo de Tiburón" cuenta: "Charlton Heston quería encarnar el papel de Brody, el jefe de policía de la localidad veraniega, pero acababa justamente de salvar Los Ángeles de la destrucción total en "Terremoto" y parecía un jefe de policía demasiado imponente para una pequeña localidad veraniega de Nueva Inglaterra".

Tiburón es una película que te mantiene pegado al asiento y que ha tenido una notable influencia sobre cintas posteriores. Tuvo secuelas de muy inferior calidad: "Tiburón 2", "Tiburón 3D", "Tiburón, La venganza", etc. Por no hablar de su influencia en otros bichos marinos que también sembraron el terror en las salas de cine, como un pulpo, una orca, unas pirañas o, incluso, un calamar gigante. Y otros monstruos de diversa procedencia que, pese a que ahora ya es posible reproducirlos digitalmente, todavía se nos siguen mostrando por partes para intensificar el efecto en el espectador.


sábado, febrero 09, 2008

Caótica Ana

Habían pasado cuatro años desde el último trabajo de Julio Médem, el documental “La pelota vasca”, que tanta cola trajo. Y hubo gran expectación cuando Medem presentó este film dedicado a su hermana, trágicamente fallecida en un accidente de tráfico, pintora de la que aparecen algunos cuadros en la cinta, de colores muy vivos, muy expresivos.
“Caótica Ana”, como ejercicio de estilo, es interesante: los encuadres, la luz, los colores, las escenas oníricas, que destilan sensibilidad, resultan casi hipnóticas en algunos momentos, ayudadas por una banda sonora impecable y eficaz. Sin embargo, la trama termina por desinflarse y malogra una película que podía haberse convertido en un símbolo de una forma de sentir que nos conecta con nuestra esencia y con nuestro pasado. Pues de eso trata la historia.

Ana (Manuela Vellés) es una joven que vive con su padre en una cueva de Ibiza y que tiene un talento innato para la pintura. Vende sus cuadros en un mercadillo hippy, donde la encuentra una mecenas (Charlotte Ramplig) que la convence para trasladarse a Madrid, a una especie de escuela donde podrá desarrollar su talento. Allí conoce a otro artista, Said (Nocilás Cazalé), de quien se enamora; y traba amistad con Lidia (Bebe). Pero algo le ocurre a Ana, pues sufre una serie de episodios en los que pierde la noción de la realidad para sumergirse en visiones que pertenecen a otras vidas, a otras épocas. Un hipnotizador, Anglo (Asier Newman), la ayudará a explorar esas visiones. Ana comprenderá que es importante buscar el inicio de esas alucinaciones, cuyo nexo común consiste en que todas pertenecen a mujeres jóvenes que han tenido una muerte violenta.

Parece obvio que sólo desde la alegoría y la ilusión se puede sostener una trama como ésta. Uno debe aceptar semejantes planteamientos, y resistirse a la crítica fácil de muchos de los estereotipos que Medem dibuja en esta película, para entrar en ese mundo ficticio y mágico. Y tanto la música como la composición de las imágenes ayudan a ello.
Manuela Vellés está bien en su papel y consigue sacar adelante un personaje complejo cuyos trazos lo mantienen cerca del ridículo. Hubiera sido deseable que una historia mágica contara con un final acorde con las situaciones que nos propone. En lugar de eso, el director prefiere incrustar un final escatológico que rompe, a mi parecer, ese frágil universo. Una decepción. Yo había pasado por alto el absurdo de algunas situaciones para llegar a la esencia de una historia que intuía interesante, de haber seguido la senda de la fantasía y haber mantenido el tono de cuento impregnado de magia, pero no fue así.

miércoles, febrero 06, 2008

La ablación

Esta foto fue tomada por Kim Manresa en 1997. Se titula "Kadi, la ablación" y forma parte de una serie que recogió todo el ritual. En su momento fueron un impacto, pero pronto nos pusimos a mirar hacia otro lado. Recuerdo haber escuchado una entrevista con Manresa en la que relataba lo mucho que le había costado realizar ese reportaje, pues lo que realmente quería hacer era sacar a esa niña de allí. Hoy es el "Día internacional contra la ablación genital femenina". Esperemos que algún día pueda erradicarse esta práctica salvaje.
Kim Manresa, según escribió Pepe Baeza en el prólogo al libro de fotografías de la colección PHotoBolsillo, "cree en el valor testimonial de la fotografía, en su idoneidad como instrumento de denuncia, de desvelamiento de injusticias". Para realizar este reportaje, que se publicó bajo el titulo "El día que Kadi perdió parte de su vida", se implicó personalmente, mantuvo un contacto constante con esa familia hasta que consiguió ser autorizado a realizar las fotos. El rostro de esa niña sigue estremeciendo.

viernes, febrero 01, 2008

Desesperación

En una habitación de hospital está una niña de siete años que necesita urgentemente un trasplante de pulmones. Los médicos no le dan esperanza de vida; según ellos, hace tres días que debería haber muerto, a pesar de lo cual la niña sobrevive, merced a unas desmesuradas ganas de vivir. Su trasplante tiene la máxima prioridad, lo que quiere decir que en cuanto se disponga de los pulmones de un niño, en cualquier lugar del mundo, los mandarán urgentemente a este hospital. Junto a la cama están los padres de la niña, sentados en un pequeño sofá-cama. Están destrozados, apenas duermen, observando los tubos que mantienen viva a su hija y el monitor que certifica que todavía resiste. Entonces, sin pensarlo, la madre dice: Es increíble. No me digas que en los cinco días que llevamos aquí no se ha muerto ningún niño en ningún lugar del mundo.

jueves, enero 24, 2008

Ajedrez

En mi casa siempre tuvo un papel importante el ajedrez. Tanto mi padre como mi hermano eran buenos jugadores y participaban en torneos. Luego, analizaban las partidas, las repasaban, las comentaban. Había libros de ajedrez en casa. Yo escribí un artículo sobre ajedrez que fue lo primero que me publicaron en mi vida, aunque no pude conseguir el ejemplar en el que apareció. Fue cuando yo estaba cumpliendo el servicio militar en Zaragoza. El artículo salió en la revista “Moncayo”.
Pienso en todo esto ahora que acaba de morirse Bobby Fischer, sin duda el más grande jugador de ajedrez de la historia. Fischer era innovador, original, revolucionario… un artista del tablero. Y un excéntrico, como tantos jugadores de ajedrez.

La historia del ajedrez está llena de datos curiosos. El número de jugadas posible en una partida corriente de ajedrez es aproximadamente la cifra representada por el número 1 seguido de cincuenta ceros. Sólo en las cuatro primeras jugadas, las opciones pasan de trescientos mil millones. Los virtuosos del ajedrez tienen que tener una buena memoria que han de llenar de jugadas y contrajugadas.
De acuerdo con las pruebas realizadas en la Universidad de Temple, la tensión física de los participantes en torneos de ajedrez, medida por las pulsaciones, la temperatura de la piel y otros indicios, equivale a diez asaltos de boxeo o a cinco sets de tenis.

Desde la época de Felipe II, en la que el mejor jugador del mundo fue el clérigo español Ruy López de Segura (inventor de la apertura española), ha habido en todo momento jugadores que han sido los más destacados de su tiempo.
Fue el gran maestro alemán Wilhelm Steinitz quien, tras batir a los mejores ganadores de finales del siglo pasado, tuvo la feliz idea de crear el titulo de campeón mundial, que él mismo conservó durante el largo periodo de 1866 a 1894, todo un récord. Steinitz afirmaba hallarse en contacto directo con Dios, a quien podía derrotar al ajedrez, aún dándole ventaja. Sostenía igualmente que podía telefonear sin necesidad de teléfono y que podía desprender electricidad. Steinitz acabó siendo recluido en un manicomio.
Paul Morphy, el gran jugador norteamericano. Estaba obsesionado con la creencia de que alguien trataba de robarle la ropa. Otros jugadores famosos, en cambio, no han dudado en quitarse la ropa en lugares tan poco indicados como el vestíbulo de un hotel, un salón de actos o el segundo piso de un autobús en Nueva York, como hizo Carlos Torres, el prodigioso ajedrecista mexicano que, por cierto, era tan aficionado a los helados de piña que podía tomar hasta quince al día. Los gustos de Fischer en materia de comida iban desde el pescado crudo hasta los enormes bistecs que regaba con zumos de frutas.

En las postrimerías del siglo XIX se instituyó la regla de que cada jugador dispusiese sólo de dos horas y media para hacer cuarenta jugadas. Lo mucho que hacía falta esta regla quedó de manifiesto en una partida entre Paul Morphy y el maestro ajedrecista Paulsen, cuando ambos jugadores permanecieron inmóviles, uno frente al otro, durante once horas. Morphy, por fin, interrogó con la mirada a Paulsen, lo que hizo a éste exclamar: "Ah, ¿me toca a mí?"
La toma de contacto de Bronstein con una partida era como entrar en un trance. A menudo no hacía la primera jugada durante un largo rato y los espectadores se veían obligados a mirar a la pizarra indicadora preguntándose si quizá la partida no había empezado aún. En una partida contra Boleslavsky, se quedó mirando las dos filas inmóviles de piezas durante cincuenta minutos. Finalmente, pareció recordar dónde estaba y empezó a jugar.

Mientras esperan a que su oponente juegue, algunos ajedrecistas se levantan a estirar las piernas y a charlar con sus amigos, para relajarse. Mihail Tahl hacía perder los nervios a sus adversarios con su continuo caminar alrededor de la mesa y sus paradas a las espaldas de aquellos. En cierta ocasión, cuando jugaba con Tahl, Benkö se puso gafas oscuras para demostrar simbólicamente que no quería ver a su adversario. A Tahl le gustaba el humor (en la Universidad escribió una tesis sobre la sátira) y él también se puso gafas oscuras de una forma grotesca. Tahl fue un jugador espectacular cuya característica más destacada residía en sus sorprendentes sacrificios, fruto de una inusual brillantez combativa.

Un ejemplo de dedicación lo constituye Alekhine quien, el día de su muerte fue encontrado sentado en el sillón de su habitación, en un hotel de Estoril, con los brazos colgando y con su cabeza descansando sobre el pecho. Parecía estar escuchando atentamente las notas de algún violín. Las cortinas estaban desplegadas y la luz eléctrica encendida, pese a que era de día. En la mesa había unos platos y junto a ella un tablero de ajedrez con sus piezas sobre el soporte para las maletas. Se cuenta que Alekhine era tan apasionado que incluso llegó a lanzar su rey por los aires hasta el otro extremo de la sala, al perder alguna partida. También era famosa su afición a la bebida.

Bobby Fischer hizo más por el ajedrez que todos los campeones del mundo juntos, pues logró que el juego se popularizase de forma jamás soñada. Incluso hubo un momento en que, cuando la multitud le solicitaba autógrafos, sacaba un aparatito del bolsillo y se ponía a sellar cuanto papel o fotografía le ponían delante. “Es fantástico –decía-, me lo compré en Alemania”. Durante el famoso match con Spassky en 1972, celebrado en Reykjavik (Islandia) acaparó la atención de la prensa mundial y del gran público. En todo el mundo se vendieron más libros de ajedrez en un mes que en otras ocasiones durante un año, y en la mayor parte de las ciudades se agotaron. Fue en este merecidamente llamado el “match del siglo” donde por primera y última vez en la historia de los campeonatos de ajedrez, un aspirante pierde una partida por incomparecencia. Y aún así, se hizo con el titulo. Fischer no apareció en todo el día como protesta por la presencia de las cámaras de televisión. Se quedó encerrado con llave en su habitación con la clavija del teléfono desconectada.

Después de aquello, se jugaron algunos campeonatos sin límite de partidas, pero tras la excesiva duración que tuvo el encuentro Karpov-Kasparov en 1984, que incluso fue suspendido por el presidente de la FIDE, Campomanes, porque temió por la salud de los protagonistas después de 48 partidas, sin que alguno lograra las seis victorias requeridas para vencer, se decidió volver al match de 24 partidas. El 9 de Septiembre de 1985, Garri Kasparov conquistó el titulo mundial de ajedrez, al batir a Anatoli Karpov, que lo ostentaba desde 1975.
Actualmente, la situación en el ajedrez es más caótica que nunca. Los campeones se suceden con rapidez. En 1993, Kasparov crea un organismo paralelo a la FIDE, por lo que se ha llegado a dar el caso de que coexistan más de un campeón del mundo. Esto no es nada beneficioso para el ajedrez, por lo que se está volviendo a un sistema unificado.
El actual campeón del mundo es el hindú Vishwanathan Anand, al vencer en el torneo que se celebró en septiembre de 2007 en México DF. En Octubre de 2008 defenderá dicho titulo enfrentándose con el ruso Vladimir Kramnik en Bonn (Alemania).

Fischer fue un personaje de una inteligencia excepcional. Un hombre de gran carisma, lleno de manías y excentricidades, de salidas de tono, de opiniones provocadoras y políticamente incorrectas. Un genio desgarbado capaz de hacer arte en el ajedrez. Una de sus propuestas era terminar con la teoría de las aperturas, que estaban en su opinión demasiado analizadas, y comenzar la partida sorteando la colocación de las fichas de la primera fila. Fischer ha sido sin duda uno de los personajes más importantes del siglo pasado. Su genio y personalidad han mantenido su nombre en la mente de todos. Spassky dijo de él: "Fischer siempre me ha producido una particular impresión por la integridad de su naturaleza. Tanto en el ajedrez como en la vida".

A la pregunta ¿qué es el ajedrez? Fischer respondió en cierta ocasión: “El ajedrez es la vida”. Y, desde luego, no consagró sus días a otra cosa. Fisher fue un ser excepcional, un campeón del mundo que murió imbatido, pues el titulo no lo perdió en 1975 ante Karpov por derrota sino por incomparecencia, con la excusa de que no se atendían sus múltiples demandas.
Tras veinte años de retiro voluntario, Fischer accedió a jugar la revancha contra Spassky, en Yugoslavia, infligiendo así la ley del embargo que pesaba sobre dicho país y por lo cual fue perseguido por el gobierno estadounidense. Tras sus constantes exigencias, que a punto estuvieron de volver loco al gobierno yugoslavo, entre las que se incluía la de levantar todos los retretes tres centímetros del suelo para su mayor comodidad, se celebró el match que finalizó con una nueva victoria de Fischer.
Los últimos años de su vida los pasó en Islandia. Allí le habían dado asilo político, lo que le permitió salir de Japón, donde había sido encarcelado por la orden de extradición de EE.UU. que pesaba sobre él. Vivió recluido, solitario, rehuyendo a la prensa.
Murió, como ya se ha dicho en tantos sitios, a los 64 años, tantos como casillas tiene un tablero de ajedrez.


En la página "Ajedrez espectacular" se pueden encontrar muchas anécdotas y contemplar partidas que han pasado a la historia.

domingo, enero 20, 2008

El tacto de un billete falso


“El tacto de un billete falso” es el primer libro publicado por Pepe Cervera. Con él obtuvo el XVI Premio Alhóndiga de narrativa breve, edición 2005 de los Premios Otoño Villa de Chiva. Pepe Cervera es un escritor con oficio, metódico, y lo demuestra en este libro, compacto, escrito con una prosa elegante y reposada, que merecería mayor proyección y cuyo encuentro es algo más que le debo a internet, donde podemos recomendarnos libros un poco al margen de los grandes lanzamientos, libros valiosos que merece la pena recomendar porque sabemos que no defraudarán a sus lectores.

Los relatos están ambientados en un lugar imaginario, Alhofra, identificable con alguna de las poblaciones de la periferia de Valencia, donde el autor reside. En ellos juega un papel muy importante la familia y la memoria, los vínculos entre padres e hijos, la identidad como resultado de nuestra historia. Así que muchos de ellos tienen una cadencia nostálgica y juegan con los recuerdos incompletos, con los secretos, los hechos silenciados, las confesiones a medias.

Muchos de estos relatos se ciñen a un instante especialmente significativo, y lo que nos transmiten es más una sensación, dejándonos con cierto desasosiego e inquietud difíciles de definir. Nos abren la puerta a un instante en que atisbamos la quietud, y nos enfrentan a personajes que parecen haber perdido el rumbo de sus vidas, enfrentados a situaciones de ruptura, a la quiebra de sus proyectos. La influencia de la narrativa norteamericana es evidente, el rastro de autores como Carver, Wolff, Hemingway o Cheever se encuentra entre sus páginas.
Cervera utiliza la famosa teoría del iceberg y, en muchas ocasiones, es más lo que calla que lo que cuenta. Se nos describe un episodio nimio aparentemente, pero tras el cual sabemos que se esconde una historia más compleja, y empezamos a elaborar teorías. El cuento continúa en nuestra mente, creciendo sin remedio.

Se nos habla de la imposibilidad de recuperar el pasado, de los recuerdos de infancia, de reencuentros imposibles, de la emoción ante el nacimiento del primer hijo y del miedo que conlleva, del vínculo del amor cuando nada más se posee, como esa vagabunda y su hija recogiendo trastos entre los escombros de un descampado, o de la desesperación por una relación que se ha roto, o de un padre que lleva a su hija a un espectáculo de magia y descubre que ya no hay magia en sus vidas, o de esa mujer que se prepara para asistir a una cita y tiene que enfrentarse a la actitud negativa de su hija. Se nos habla también de la muerte de un hijo, en el relato “¿Y ahora qué?”, en el que se esbozan unas espectativas que intuimos que no se cumplirán. Tampoco se resuelve la historia de esa mujer que, de pronto, se encuentra con un pasado que le ha sido vedado. Asistimos a momentos parecidos a la felicidad, instantes que suceden después de algo trágico y que parecen abrirse al futuro con esperanza, aunque sospechamos que dicho futuro no será idílico. Vemos a un profesor abatido por el contenido de una carta que parece la consecuencia de su relación con un joven, y encontraremos también la soledad de una mujer que se encuentra con su amante, sentiremos su remordimiento en el relato “Destellos tornasolados”, que presenta uno de los finales más bellos. O el matrimonio separado que discute sobre su hija de catorce años, o los amigos que hablan sobre la muerte, o los amigos que apenas hablan, que circulan por un paisaje que me es conocido y por el que yo mismo he conducido en muchas ocasiones, y que han sido golpeados por la tragedia. Historias que nos muestran el indicio de sucesos clave, que nos dejan la sensación de estar asomándonos por la rendija de una puerta entreabierta y atisbando apenas la sombra de personajes que se encuentran en una encrucijada.

Un libro lleno de sentimiento, narrado con precisión, que presta especial atención a los pequeños detalles y nos presenta atisbos de historias que crecen luego en nuestro interior, destellos de algo misterioso y profundo que tiene que ver con nuestra naturaleza, nuestros anhelos, nuestra vida en definitiva. Un libro muy recomendable
Puede leerse un relato de Pepe Cervera aquí.

jueves, enero 17, 2008

Ausencias

En lo que va de este año 2008 nos han dejado dos nombres importantes del mundo de la cultura: Ángel González y Pepín Bello.

Yo no leo mucha poesía, justo es reconocerlo, pero existen una serie de poetas que, por uno u otro motivo, me han golpeado con fuerza, y uno de ellos es, sin duda, Ángel González.

De hecho, la primera entrada de mi blog de notas está dedicada a este poeta. Su libro “101+19=120 poemas” es una maravilla, un libro denso, extremadamente humano, existencialista, con destellos de humor y mucho sentido común. Lo tengo frente a mí, está firmado por el autor.

Quiero mostrar su poema “Cumpleaños”:

Yo lo noto: cómo me voy volviendo
Menos cierto, confuso,
Disolviéndome en aire
Cotidiano, burdo
Jirón de mí, deshilachado
Y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
Un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
Casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
Morirse muchas veces mucho.

También nos dejó Pepín Bello, un hombre afable cuya muerte me ha hecho pensar en algo que dijo Jorge Semprún sobre la memoria, o mejor dicho, sobre el final de los testimonios directos. Semprún dijo que en unos años ya no habría nadie que pudiera contar en primera persona su experiencia en un campo de concentración, y entonces sólo nos quedarían los libros para saber qué fue lo que ocurrió.

Con Pepín Bello, se acaba la posibilidad de que nadie nos cuente cómo fueron aquellos años en la Residencia de Estudiantes, las correrías de Lorca, Dalí y Buñuel. Era el último testigo de la generación del 27. Con Pepín Bello muere la memoria de una época.

jueves, enero 10, 2008

Lecturas

Uno es muchas cosas a lo largo de su vida. Todo nos va conformando, poco a poco, imperceptiblemente. Nuestra visión del mundo, nuestras ideas, nuestras convicciones, se van formando, creciendo y modificando. Lo que nos ocurre en nuestra vida real y lo que nos ocurre en nuestra vida mental o imaginada. Un accidente puede mostrarnos la fragilidad de la vida humana, pero también una obra de arte puede golpearnos el pecho y cuestionar nuestros valores. Una parte importante de lo que somos se lo debemos a los libros que hemos leído.
La lectura siempre ha sido una especie de refugio para mí, una máquina del tiempo mágica, un truco para evadirme de la realidad, para viajar a otros mundos y a otras vidas incluso.
Es difícil saber por qué uno empieza a leer. Valle Inclan decía que para que uno se aficionase a la lectura hacía falta que se aburriese mucho. Y es posible que tuviese razón. Por eso hoy en día, cuando parece que estamos obligados a buscar la diversión permanentemente, la gente lee menos, o eso me parece a mí.

Recuerdo que en mi infancia el quiosco de prensa de la esquina era algo así como un lugar mágico. Salía del portal, cruzaba la calle, recorría la acera y allí estaba la pequeña planta baja llena de pequeños tesoros.
Mis primera lecturas fueron tebeos, por supuesto (aún no eran cómics): DDT, TBO, Pumby, con sus personajes inolvidables: Mortadelo y Filemón, el botones Sacarino, Rompetechos, Anacleto, agente secreto... Luego llegaron El guerrero del antifaz, Jabato, Capitán Trueno... Por fin, el universo Márvel. Apenas mis padres me daban una moneda de veinticinco pesetas yo bajaba corriendo a comprar el último tomo de Spiderman, o de Los Cuatro Fantásticos, La Patrulla X, La Masa (no era Hulk por entonces), Capitán América, El Sargento Furia, El Hombre de Hierro, Dan Defensor (Daredevil), Thor... Más tarde vendrían “Vampus”, “Rufus”, y otros cómics de terror. Y también una colección que se llamaba “Héroes Modernos”, donde descubrí a Rip Kirby, Mandrake el mago, Flash Gordon, Ben Bolt... Recuerdo claramente la excitación que me producía elegir entre todos los volúmenes, aquel que había de llevarme a casa y con el que pasaría la tarde, en otros mundos.

Luego, aparte de las lecturas obligatorias del colegio, empecé a comprar, por su accesible precio, bolsilibros de bruguera. Me gustaba especialmente la ciencia ficción y el terror. Aquellas novelitas, por lo general, estaban bastante mal escritas, a causa de la premura de los plazos de entrega supongo. Pero suponían algo totalmente nuevo para mí. Autores tras los que se ocultaban escritores españoles que trabajaban en unas condiciones lamentables. A. Thorkent era Ángel Torres Quesada, y Francisco González Ledesma, que obtuvo el premio Planeta en 1984 y está disfrutando ahora de un merecido éxito por sus novelas policíacas, escribía bajo el pseudónimo de Silver Kane. Existen algunas webs dedicadas a esta literatura popular.

Creo que el primer libro que compré, con un formato más serio, fue “Marathon man”, de William Goldman. También recuerdo en esta época libros como “Tiburón”, de Peter Benchley, “Odessa”, de Frederick Forsyth, los primeros títulos de Stephen King, y un libro que me produjo un enorme impacto: “Alguien voló sobre el nido del cuco”, de Ken Kesey.

El siguiente paso me introdujo en el mundo de H. P. Lovecraft y todos los autores de los mitos de Cthulthu. Y de ahí, a Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Robert Silverberg, Ray Bradbury, John Varley. Y también Agatha Christie, Conan Doyle, Van Dine, Hammet, Chandler… La lectura que yo buscaba era pura evasión.

Y supongo que fue en esta época, en torno a los quince o dieciseis años, cuando descubrí a Mark Twain, y a Ernest Hemingway. A partir de ahí, un libro me llevó a otro, un autor me despertó el interés por otro, en un proceso de búsqueda sin fin, de curiosidad ilimitada. Baroja, Delibes, Medardo Fraile, Ignacio Aldecoa, Julio Camba… Y Borges, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa… Y, un poco después, Kafka, Camus, Sartre, Salinger, Bukowski, John Fante, Cheever… Luego Chéjov, Flaubert, Tolstoi, Gógol… Y Faulkner, Céline, Vian… Hasta llegar a Auster, Vila-Matas, Murakami, Carver, Tobias Wolff… Así como Javier Tomeo, Ignacio Martínez de Pisón, Javier Marías… Y tantos otros.

Todo muy caótico, poco disciplinado, poco serio en muchas ocasiones, pero así es mi biografía lectora. Sin orden ni concierto. Y sigue siendo así. Una noticia en un periódico, un comentario escuchado por casualidad, cualquier nimiedad, puede despertar mi interés por un libro. A veces, el libro llega de un modo un poco misterioso, como si fuese él quien me buscase a mí. Creo que fue Alan Pauls quien dijo que los libros que necesitamos leer salen a nuestro encuentro de forma inevitable. Yo también lo creo.

jueves, enero 03, 2008

Best Sellers

El cambio de año viene marcado por un acontecimiento editorial cuyo lanzamiento es espectacular. El autor acapara portadas. Ríos de tinta glosan la esperada secuela de un best seller histórico: “Los pilares de la tierra”.
Esta segunda parte se titula “Un mundo sin fin” y promete más de lo mismo. Más y mejor, claro.
En el artículo que publica la revista “Qué Leer”, firmado por Laura Fernández, se hace referencia a Al Zuckerman, el agente literario de Ken Follett, el responsable de que la vida de este hombre que escribía como hobby, por las tardes y los fines de semana, diera un giro radical.
Follett, según el artículo, achaca el éxito de “Los pilares de la tierra” a la portada, de la que se encargó un joven artista llamado Achim Kiel.
Ahora, Follett cuenta con un equipo de documentalistas, la compañía Dan Starer Research for Writers. Escribe todos los días, por las mañanas, hasta las cuatro. Dedica las tardes a pasear, leer, tocar el bajo…
Creo que todo aquel que escribe, sueña con llevar una vida así.

Yo no he leído “Los pilares de la tierra”, aunque supongo que terminaré haciéndolo. No le hago ascos a los best sellers, creo que los hay buenos y malos, como en todos los géneros. Y he leído varios. Algunos libros catalogados como best sellers forman parte de mi biografía literaria y no puedo renegar de ellos.
Recuerdo que Lobo Antunes, en una entrevista, reconocía que le gustaba leer novelas de Jackie Collins. Y, al escribir esto, decido buscar en internet y encuentro otra entrevista suya en la que le dicen: “Es un especialista en describir emociones, pero nunca ha descrito una escena de sexo”. Y él responde: “Nunca. Eso lo aprendí de Orson Welles. Él dijo que nunca filmaría a un hombre haciendo el acto sexual. Es muy difícil escribir sobre eso y es muy raro que esté bien escrito. Sólo hay dos escenas de sexo excepcionales en la literatura. Una de Jackie Collins, por extraño que parezca. El libro es una mierda, pero esa descripción es magnífica. La segunda es de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez. Esa delicadeza... No lo sé, no lo he intentado, no me interesa. Leyendo ya se sabe qué ocurrió o va a ocurrir... Bueno, es así”.

Lo importante es saber buscar. Todo libro puede enseñarnos algo.

Los best sellers son un fenómeno anglosajón, surgen en un lugar donde las leyes del mercado gobiernan absolutamente todos los estratos de la vida social, todo tipo de actividades, un lugar amante de las listas. Por cierto, "El libro de las listas", de David Wallechinsky, Irving Wallace y Amy Wallace, fue un importante best-seller allá por los años setenta, pero que no se ajusta a la definición de best-seller tal como hoy es entendida, un género en sí misma con una leyes muy concretas que se ajustan, básicamente, a las que señala Albert Zuckerman, el agente de Ken Follett, en su libro "Cómo escribir un bestseller", donde afirma, en líneas generales, que en este tipo de novelas la apuesta presentada es siempre elevada, los personajes son más grandes que la vida misma, todo gira alrededor de una cuestión dramática combinada con un concepto elevado, es decir, con "una premisa radical y algo extravagante", en la que se adoptan puntos de vista múltiples, para que el lector se implique emocionalmente con más de un personaje, cuidando, por supuesto, el escenario en el que se desarrolla la historia. Se trata de un interesante intento de establecer las leyes básicas que rigen el funcionamiento de este “género”, aunque, como el mismo Zuckerman admite, "en la ficción, como en el arte, no hay reglas fijas", y "por cada precepto que proponga, muy probablemente encontrarás un libro que te gusta y que lo ignora".

César Aira, en su artículo titulado "Los best-sellers, a debate" propone una definición mucho más simple: "El best-seller es la idea, que fructificó en países del área angloparlante, de hacer un entretenimiento masivo que usara como 'soporte' a la literatura". Una definición con evidente tufo despectivo. Por supuesto que encontraremos obras de ínfima calidad, pero no por ello debemos ignorar que algunas de estas novelas merecen mejor suerte que la efímera existencia consustancial a los superventas, ligados al concepto de usar y tirar.
Para mí, un best seller es una novela de entretenimiento, que capta el interés y se lee con fluidez. La alta literatura, diría que es aquella que, además, tiene la capacidad de meterse dentro del lector, de transformar sus convicciones, su forma de ver el mundo, de entender las cosas.

Se debe tener en cuenta, pese a que a alguien le pueda parecer una cuestión baladí, que una obra puede ser catalogada como novela best seller, y por tanto de ínfima calidad, o, por el contrario, como literatura moderna, con la etiqueta de "gran descubrimiento" o "autor revelación", teniendo en cuenta el absurdo criterio del formato o la editorial en que se publica, aunque suene ridículo. Sobre este asunto se podría hablar más largo y tendido, desde luego, pero creo que es incuestionable que el envoltorio nos proporciona una definición del libro que puede ser errónea.

Sea como fuere, creo que “Un mundo sin fin” va a ser uno de los libros más regalados estas navidades. Veremos.