
En este texto me dispongo a contar una de esas películas que se te meten en las tripas y ya no te abandonan. Vi “Taxi Driver” en el cine Artis (ya desaparecido). Yo tenía esa edad en la que se cree uno que ya es adulto y está convencido de poder entender el mundo. Nunca más en la vida de una persona, ni antes ni después, se vuelve a creer semejante despropósito. Había poca gente en la sala. Era una película dura, extraña, polémica, y, por tanto, verla era, en cierto modo, un rasgo de reafirmación personal. Recuerdo que una de las escenas que más se comentaba era aquella en la que Travis (Robert de Niro) limpiaba sus botas camperas con grasa de caballo. Por entonces, muchos jóvenes usaban botas camperas y las limpiaban con grasa de caballo. No sería de extrañar que la demanda de este producto se hubiera multiplicado a raíz del estreno del film. También se hablaba, por supuesto, de la Magnum 44, la pistola que empleaban en África para cazar elefantes, nada menos. Y, por supuesto, del momento en que Travis ensaya delante del espejo: ¿Con quién hablas?, ¿Te diriges a mí? Aquí no hay nadie más, de modo que debe ser a mí.... Después, la he vuelto a ver muchas veces, recurro a ella en los momentos especialmente melancólicos, para acompañar mi tristeza con la del taxista neurótico.

Seguimos a Travis y somos testigos de su solicitud de trabajar en el turno de noche, alega que no puede dormir, quiere trabajar incluso en días festivos. Nos damos cuenta de la soledad que atenaza al personaje. Nos enteramos de otras cosas: ha servido en infantería de marina, se licenció en mayo del sesenta y tres, y le resulta muy difícil comunicarse con los demás. Seguidamente vemos su apartamento. Lo primero que se nos muestra es un petate militar colgado de la pared. Puerta y paredes agrietadas pintadas de blanco, desnudas, una bombilla encendida, un espejo junto a una cocina desordenada, la puerta de la calle atrancada con una barra de hierro, la cama desecha, el televisor, latas de bebidas por todas partes, arrugadas, ventanas enrejadas y Travis inclinado sobre una endeble mesita de camping, escribiendo un diario. Escuchamos su voz en off, que ya no nos abandonará en ningún momento. Gracias señor por la lluvia que ha limpiado de basura las calles... Parece dirigirse a Dios, esto recalca el carácter místico de la película. Travis es un ser asustado, solitario, incapaz de comunicarse con otros seres humanos, asqueado del entorno, por la noche salen bichos de todas clases. Todo está narrado con un tempo lento, desde el punto de vista de Travis, podríamos decir que estamos realizando un viaje al interior de la mente perturbada de un hombre.
Travis pasa su tiempo libre en un cine porno. Travis está solo, atrapado, alienado. Pero hay un momento en que está a punto de salvarse, de salir de su agujero. Cuando conoce a Betsy (Cybill Shepherd), la idealiza, piensa que ella no es como las demás. La suciedad no podía alcanzarla a ella, a ella. Betsy trabaja para la campaña del senador Palantine (Leonard Harris). Travis la invita al cine y, atrapado por su rutina, por los límites ruinosos de su existencia, por sus monótonas y defensivas costumbres, ajeno ya a otras realidades, ajeno a otras personas, la lleva al cine porno. Ella se ofende y se aleja de él. Travis la llama repetidamente, le ruega que le dé otra oportunidad. Es que yo no sabía los gustos de usted, puedo llevarla a otros sitios. Hay una escena en la que él está hablando con ella por teléfono, dándole todo tipo de explicaciones y, entonces, la cámara se aparta y nos enfoca un pasillo desolador, solitario, al que será abocado Travis al perder definitivamente a Betsy. Es como las demás, fría y distante.
Aparece fugazmente una joven prostituta (Jodie Foster), casi una niña, que es sacada de su taxi por un chulo (Harvey Keitel) de aspecto desagradable. El chulo deja un billete arrugado en el taxi de Travis y le dice: no has visto nada. Este billete será conservado por el taxista, como un modo de decirnos que este encuentro le ha afectado profundamente y, tarde o temprano, tendrá sus consecuencias. Hay otra escena con función detonante, interpretada precisamente por el propio Martin Scorsese. Aquella es mi mujer, pero esa no es mi casa. Un tipo nervioso va a matar a su mujer con una "magnum 44". Tampoco olvidará Travis lo que escucha sobre tal arma.
Todavía encontramos otro intento por salvarse, una petición de auxilio. Travis habla con un compañero taxista al que llaman "Mago" (Peter Boyle). Le cuenta que está asqueado, que quiere salir, hacer algo. Pero la filosofía de Mago no podemos decir que sea precisamente tranquilizadora: un hombre elige un oficio y, ese oficio, le convierte a uno en lo que es. Es decir, no hay salida.
Todo empieza a precipitarse. Travis está más nervioso. Por primera vez le vemos tocar el claxon con el gesto crispado. Resignado, confiesa: soy un hombre solitario. Decide comprar armas. Compra cuatro pistolas. Empieza a prepararse físicamente, vemos heridas en su espalda, secuelas de su pasado. Lo vemos disparar. Se comporta cada vez de un modo más extraño. Su conversación con uno de los responsables de la seguridad del senador Palantine durante un mitin es propia de un loco.
Travis quiere cambiar la sociedad, asestarle un golpe, descargar su ira. Escuchad, imbéciles de mierda. Aquí hay un hombre que va a cortar por lo sano. Necesita darle salida a la agresividad reprimida. Intenta incluso asesinar al senador Palantine, pero no le es posible.Entonces decidirá rescatar a la joven prostituta. No puede cambiar el mundo, pero puede salvarla a ella. La mente de Travis, perturbada, arrinconada por una sociedad que le asusta, intenta rebelarse, y lo hace de un modo violento. La rabia acumulada por su insatisfacción estalla al fin, se produce una sobrecogedora huida hacia delante. La escena final es una especie de vía crucis de violencia, inexorable, serena incluso, implacable y, desde luego, escabrosa. Llegar al cuarto de la joven prostituta le va a suponer un gran esfuerzo. Un reguero de sangre queda a su paso. Sangre por todas partes. Finalmente intenta suicidarse, pero ya no le quedan balas. Cuando llega la policía, todo ha terminado.
Cuando la veo, me doy cuenta de que "Taxi Driver" refleja, con un planteamiento magistral, el germen de la violencia, el aislamiento, la anulación del individuo en un sistema social que lo engulle sin esperanza. Claro que tiene una lectura fascista, pero yo la veo como una historia existencialista, un film sobre la insatisfacción, la alienación y la angustia. Nos metemos en la mente del protagonista y llegamos a entender la sordidez que le rodea. Su rabia, sus reacciones, llegan a resultar patéticas.























