martes, enero 30, 2007

El laberinto del fauno

Una película hipnótica, fascinante, en la que se mezcla la realidad con la ficción. Una ficción fantástica, plagada de faunos, monstruos, laberintos, pasadizos secretos y pruebas arriesgadas; y una realidad acaso más terrible que todos esos seres imaginarios, una realidad dura y, desde luego, más escabrosa, la que nos golpea con imágenes más turbadoras. Y el director, Guillermo del Toro, cada vez más consciente de sus posibilidades, nos cuenta ambas historias, intercalándolas con maestría, moviéndose entre una y otra sin que el ritmo decaiga en ningún momento.

Ofelia, una fantasiosa niña de 13 años, interpretada por una inmensa Ivana Baquero llega acompañando a su madre (Ariadna Gil) a la masía en la que se encuentra el puesto militar franquista comandado por el Capitán Vidal (Sergi López). La madre está esperando un hijo de Vidal, con quien se acaba de casar y en quien ve una salida a su precaria situación económica. Se trata de un embarazo con complicaciones, por lo que la mujer debe guardar un estricto reposo, supervisado por el médico de la comarca (Álex Angulo). Desde un primer momento queda claro que Vidal es un ser despreciable, despiadado, sádico y cruel a quien sólo le importa capturar a los resistentes maquis que se ocultan en los montes de los alrededores, y la salud del bebé que está por llegar. Mercedes (Maribel Verdú), el ama de llaves, será la única que mostrará amabilidad con la joven Ofelia. Ante este panorama, la niña construirá un mundo alternativo en el que puede ser una princesa, la absoluta protagonista de peligrosas situaciones que ponen a prueba su valentía y determinación. Pese al miedo que se puede pasar en oscuros laberintos y tétricos parajes, pese a la angustia de ser perseguida por un ser brutal, nada podrá compararse con la atrocidad que reina en el campamento. De hecho, las escenas más "gore" tienen lugar en el mundo real y no en el imaginario. No obstante, la realidad es la que determina los acontecimientos y termina por aniquilar cualquier fantasía.

Lo cierto es que ambas historias son igualmente interesantes, pese a lo arriesgado que puede resultar alternar dos tramas que, en principio, parecen radicalmente opuestas. Es evidente que Guillermo del Toro, no sólo ha salido airoso de esta empresa, sino que probablemente ha filmado la, hasta el momento, mejor película de su filmografía. El estilo del director mexicano es contundente y nos narra la historia con determinación, sin titubeos, consciente en todo momento de cuál es el camino que va a recorrer y del punto al que nos va a llevar para, una vez allí, dejarnos desvalidos y mordernos el corazón.

Mención especial merecen los actores, todos sin excepción, empezando por Maribel Verdú, en un papel muy alejado a lo que nos tiene acostumbrado, Sergi López, que compone un personaje odioso al que exprime todas sus posibilidades y, muy especialmente, Ivana Baquero, la niña sobre la que se sustenta todo el peso de la película y cuyo rostro pasa de la sorpresa a la determinación, de la tristeza al miedo, con un simple parpadeo. Ella es el ser inocente que no tiene ningún papel en esa masía, la víctima de una barbarie descontrolada y que se convertirá por fin en la heroína anónima que permitirá que el bebé, el futuro, aún tenga una esperanza.


Un apunte:
Ivana Baquero se llevó un merecido Goya por su trabajo en esta película, y mostró una impecable profesionalidad en la Ceremonia de los Premios Goya. Una gala que, como casi todas, me provocó vergüenza ajena y que recurrió, una vez más, a la chabacanería y la simple mala educación para intentar hacer reír a base de chistes gruesos y fuera de tono.
"El Laberinto del Fauno" obtuvo siete premios, y estoy seguro de que saldrá airosa de la Ceremonia de los Oscars. Otra Ceremonia que recurre a los chistes más estúpidos para, dicen, hacerla amena.

viernes, enero 26, 2007

Apocalypto


Que Mel Gibson es un director de primera magnitud es algo que ya nadie puede cuestionar, ni siquiera basándose en lo que de polémica pueda tener su personalidad, por ser ultraconservador o porque lo pillaron pasado de vueltas, borracho como una cuba. Todo da igual, o debería dar igual, al posicionarse frente a una de sus películas. Tanto la reivindicable "El hombre sin rostro", como la impresionante "Braveheart", la fantástica "La pasión de Cristo" o esta maravilla titulada "Apocalypto", todas, sin excepción, son pruebas del oficio de Gibson tras la cámara.

Me apresuraré a decir que "Apocalypto" es una experiencia visual alucinante, por lo que lo mejor es verla en pantalla grande, muy grande. La película está rodada en un antiguo dialecto maya, el yucatec, y subtitulada, así que, como ocurría también en "La pasión de Cristo", el espectador se siente como si se hubiera abierto un agujero en el tiempo y pudiera asomarse a un pasado remoto y desconocido. Contada con una potencia de imágenes que convierte los escasos diálogos en algo secundario, accesorio, pues la narración es eminentemente visual, "Apocalypto" es una experiencia cinematográfica de primera magnitud.

Pero ojo, estamos hablando de cine, de ficción, tampoco hay que tomarse lo del agujero en el tiempo como algo literal, que ya hay quien dice que si hay hechos que no se ajustan a los datos históricos y que si patatín y que si patatán. El enfrentamiento con los indios sioux o los pieles rojas ha dado material suficiente como para crear todo un género, sin embargo, el período del choque entre las culturas mesoamericanas y la española parece algo inexplorado o a lo que hay que acercarse con sumo escrúpulo. No estoy de acuerdo. Me parece fantástico que se elija un período como éste para narrar una historia de aventuras, de heroísmo, de persecuciones... Y eso es lo que encontramos en "Apocalypto", en medio de impresionantes paisajes y tremendos personajes. Una historia hipnótica, fascinante, aunque no apta para todos los estómagos, pues una de las características de Gibson es no ahorrar al espectador ni siquiera los planos más desagradables, por lo que encontraremos alguna que otra escena de inspiración casi gore. Pero no demasiadas.

La historia se centra en los miembros de una tribu cuya idílica existencia es alterada cuando son capturados por unos poderosos guerreros que pertenecen a una civilización más avanzada, aunque también más hundida en la superstición y la crueldad. Uno de los miembros de esta tribu, Jaguar Paw, es el protagonista y tendrá que conseguir escapar de una muerte segura y atravesar el bosque, sumergiéndose en sus propios terrores, perseguido por feroces hombres, con el fin de intentar rescatar a su mujer y a su hijo. El amor es el verdadero motor que consigue que este hombre crezca, supere las situaciones más desesperadas, atraviese el horror y el dolor, en un viaje iniciático y desesperado.

El film no da tregua al espectador. La historia nos zarandea y nos sobrecoge y nos pone en tensión durante casi toda la duración del metraje. Una eficaz e impactante película de acción, en la que encontraremos escenas inspiradas en films como "El fugitivo" o "Comando en el mar de China", y en la que también podremos encontrar mensajes como la importancia de la familia, verdadero motor de los actos heroicos, o la decadencia moral a la que puede llegar una sociedad por su propio temor a lo desconocido.

miércoles, enero 24, 2007

Ryszard Kapuscinski


Ayer, 23 de Enero de 2007, falleció Ryszard Kapuscinski, a los 74 años de edad. Periodista por encima de todo, reportero, y un grandísimo escritor, reconocido por todos como un autor imprescindible y galardonado con multitud de premios, entre ellos el Principe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003.
Recuerdo sus palabras... Lo que sigue son extractos de una entrevista firmada por Sol Alameda y publicada en el País Semanal del 5 de Enero de 2003.

Pienso escribir un libro sobre mi infancia y la II Guerra Mundial, durante la cual vivimos como refugiados permanentes. Por eso, cuando hablo de refugiados en el Tercer Mundo, sé muy bien de qué estoy hablando. Conozco ese miedo siempre presente; lo que es vivir en lugares desconocidos y diferentes, siempre descalzo y con hambre, sin escuelas ni libros. Una vida muy elemental y llena de temores.

Si duermes en el trópico, con 20 personas, en un cuarto pequeñito y sin ventanas, lleno de mosquitos y otros insectos, sin que uno se pueda mover para ahuyentarlos, sabes muy bien cómo vive esa gente. Y si uno no duerme así, si no está con ellos, pues no lo sabe. Los occidentales tendemos a olvidar que la vida que conocemos y tenemos no es la vida normal, que es la vida de una parte muy pequeña de la humanidad. La vida humana en nuestro planeta es muy dura. Y muy insegura. Está llena de temores y de peligros. Y la gente que escribe literatura contemporánea en los países desarrollados tiene muy poco que ver con la vida que estoy describiendo, con esa gente. Desgraciadamente, muy poca gente de los países desarrollados sabe cómo es la vida de millones de personas. Por eso y porque esa gente es muda, no sabe hablar ni plantear sus demandas, ni sabe organizarse, ni pedir que se les oiga. Ésta es una pobreza muy silenciosa, no es capaz de revolverse.

No soy nada escéptico. Al revés, soy demasiado optimista. Siempre veo el lado positivo del género humano. Tengo una muy positiva opinión del hombre, lo que viene del hecho de que yo vivo gracias a otra gente. A gente desconocida para mí y que me salvó la vida varias veces no sabiendo quién soy ni de dónde vengo. Solamente por una solidaridad humana. Me salvaron y ni siquiera se lo puedo agradecer porque no sé cómo se llaman.

Hay circunstancias que desarrollan lo mejor de la personalidad humana, pero hay mecanismos que apoyan el lado más oscuro del ser humano.

El ser humano es muy parecido en todo el mundo. Pero la gente, en general, quiere vivir tranquila, tener un trabajo y una casa. Sólo en los casos en que se despiertan reacciones crueles y locas, chovinistas, el hombre actúa como una máquina de matar. En todas las confrontaciones armadas, siempre vemos que fueron los políticos quienes exacerbaron unos intereses nacionalistas en su pueblo. Siempre hay alguien que lo organiza y lleva a la gente. Pero esa gente, por sí misma, quiere vivir en paz, tiene muchos problemas y le falta energía para buscar esas confrontaciones.

Conocí los países del Tercer Mundo como corresponsal de una agencia polaca y enviaba noticias constantemente. Me dije: esto que estoy escribiendo no refleja la realidad. En las noticias de prensa manejamos entre 600 y 800 palabras. Es un lenguaje pobre y superficial, incapaz de reflejar lo que se oye y lo que se siente. Así que empecé a escribir mis libros paso a paso, como si fuera un segundo volumen de todo lo que había escrito como corresponsal durante años. En ese segundo volumen escribí lo que no había podido contar en el primero. Me sentía un privilegiado por haber conocido esas culturas, y pensé que debía intentar escribir esas realidades para los demás. Era consciente de que no se puede reflejarlo al cien por cien, pero yo al menos intentaría aproximarme. Nunca me preocupó cuál era el género que usaba para contar lo que quería. Simplemente empecé a escribir de la manera que me parecía más apropiada.

Las cosas cambian ante situaciones distintas. Depende de la edad, de los momentos que has vivido. Muy pocas personas son de una pieza, lo normal es que cambies.

sábado, enero 20, 2007

Fragmentos

Hoy en día, estamos acostumbrados a consumir discursos fragmentados. Cambiamos de canal compulsivamente, vemos trozos de aquí y de allá y nos hacemos una idea del contenido de varios programas que se emiten al mismo tiempo. Escuchamos una noticia en la radio de un local y luego un comentario entre dos personas en un autobús y vete a saber qué más, y con eso nos imaginamos una noticia completa. Existen programas de televisión que simulan el uso del mando a distancia y ofrecen fragmentos extraídos de diversos sitios, sin conexión entre ellos. Una noticia escuchada en el telediario de mediodía puede finalizar en el de la noche o en el del día siguiente o, incluso, no finalizar. En el libro de Furio Colombo, "Últimas noticias sobre el periodismo", encontré una cita del columnista norteamericano Jim Hoagland: "El periodismo es la única forma narrativa en la que es posible omitir el final. Una historia no termina cuando quien está escuchando no insiste para saber cómo va a terminar". Y me doy cuenta de la verdad de esta afirmación al recordar diversas noticias que aparecieron en su día y luego no se volvieron a nombrar. Quedaron sin solución.
El formato blog ofrece también, por su propia naturaleza, un discurso fragmentado. Y creo que está bien que la narrativa profundice en la exploración de este terreno.

lunes, enero 15, 2007

La mujer misteriosa

A veces uno se siente tentado a alargar situaciones que, por lo general, corta de cuajo. Me explicaré. Cuando alguien me llama por teléfono y compruebo que en realidad no quería llamarme a mí, es más, ni siquiera nos conocemos, suelo decirle que se ha equivocado y cuelgo en el acto, sin posibilidad de cruzar una palabra más. Me parece absurdo darle vueltas a esa situación. ¿No es ese el número tal? Pues no. Qué raro porque yo llamaba al número tal. No, no, no. Se ha equivocado. Y punto final. Cuelgo. Es lo mejor. Sin embargo, cuando escuché la cálida voz femenina que pareció entrar por mi oído hasta llegar a mi corazón y apretármelo con suavidad, fui incapaz no ya de colgar, sino tan siquiera de decirle que se había equivocado.
—¿Es usted el señor Perdúe, el detective?
Un momento de silencio mientras el eco dulce me acariciaba el cerebro.
—¿Quién lo pregunta? —dije.
—Usted no me conoce.
—¿De qué se trata?
—No puedo decírselo por teléfono. Temo que mi línea esté intervenida. Deme la dirección de su oficina.
Por supuesto, yo no tenía oficina.
—Será mejor que nos veamos en el Café Central —dije.
—¿Dentro de una hora le parece bien? ¿A las seis?
—Perfecto.
—Llevaré un pañuelo rojo al cuello. Es muy urgente que hable con usted.
—Descuide, allí estaré.
Esa fue la única ocasión en que no colgué enseguida a alguien que se había confundido al marcar. Después de esta conversación me di una ducha y me fui con un amigo a jugar al billar. Pasamos juntos toda la tarde.

martes, enero 09, 2007

John Varley


John Varley es un escritor norteamericano de ciencia ficción. Nació en 1947, vive actualmente en California. Es diplomado en física por la universidad de Michigan. Comenzó a publicar tardíamente, en 1974. Hasta entonces, su vida había sido una sucesión de trabajos, había llevado una vida un poco hippie, con penurias económicas, en los límites del sistema. Pero cuando sus historias empiezan a ver la luz su sueño de convertirse en escritor se convierte en realidad. El éxito le acompañó desde el principio y sus historias fueron frecuentemente nominadas a los más prestigiosos premios en el mundo de la ciencia ficción: el premio Hugo y el premio Nébula.

En el mundo en el que transcurren sus historias, no es extraña la simbiosis entre el hombre y las máquinas o incluso entre el hombre y otras formas orgánicas de vida. Sus personajes están muy bien perfilados, pese a lo extraordinario de alguno de ellos, como el caso del protagonista de su relato "Cantad, bailad". Se suele decir que sus obras son deudoras de la ciencia ficción de los años cuarenta y, con frecuencia, ha sido considerado como un discípulo de Robert A. Heinlein. También es autor de las novelas "Y mañana serán clones", que David Pringle incluye en su libro "Ciencia Ficción-Las 100 mejores novelas", y que, en palabras del propio Pringle, se trata de una historia desarrollada en "una sociedad polimorfa, en un futuro lejano, en la cual los personajes cambian de sexo voluntariamente", "Playa de acero", "Millenium" o "El globo de oro". Su primera serie fue la conocida como trilogía de Titán, formada por las novelas "Titán", "La hechicera" y "Demon".

He leído todos los relatos de Varley. Ninguna de sus novelas. Quizá son muchos los críticos que coinciden en afirmar que este autor pierde notablemente en las distancias largas. No obstante, en las cortas, tiene una contundencia poco común. Varley tiene un estilo directo, casi coloquial, al servicio exclusivo de la historia. Es evidente que se trata de un autor que mima a sus criaturas, las convierte en seres creíbles, reales y, a menudo, entrañables. Su imaginación es desbordante pero, sobre todo, lo que llama la atención es el modo en que nos introduce en su mundo. Varley no suele darte explicaciones, te sumerge en sus historias como si ya debiéramos conocer cómo son las cosas en esa sociedad de que nos habla. Y, desde el principio, nos obliga a seguirle, casi con la lengua fuera, alerta para ir atando cabos y comprendiendo cómo es el lugar en el que nos encontramos y qué está ocurriendo. Así es, especialmente, en su relato "Incursión Aérea", que figuró entre los mejores del año 1976 y fue llevado a la pantalla en una mediocre y ya olvidada producción del mismo titulo, protagonizada por Kris Kristofferson y Cheryl Ladd. Su relato "En el salón de los reyes marcianos" fue nominado al Premio Hugo en el año 1978, y ese mismo año consiguió ganar tanto el Hugo como el Nébula por otra historia, "La persistencia de la visión". En 1982, ganó el Hugo por su relato "El pusher". Y en 1984, de nuevo el Hugo y el Nébula fueron ganados por su relato "Pulse enter". Además de las múltiples nominaciones.

Es seguramente su novela corta "La persistencia de la visión" lo más conocido de su producción; y no es para menos, pues se trata de un relato magnífico sobre una comunidad de sordociegos en un periodo que llama el año de la cuarta no-depresión, un periodo en el que se llevan a cabo todo tipo de experimentaciones sobre modos de vida alternativos, escrito con una asombrosa sensibilidad. Tanto es así que Domingo Santos, en el prólogo al volumen de ediciones Martínez Roca, dice de ella que es a su juicio una de las obras más emotivas escritas en la década de los setenta en el ámbito de toda la literatura mundial; y no creo que exagere, pues la calidad del relato debería haber traspasado ya las fronteras del género.

viernes, enero 05, 2007

Noche de Reyes

Roberto estaba sentado en el sofá del salón, delante del televisor. A su lado tenía un vaso de whisky. Estaban emitiendo en directo la cabalgata de los Reyes Magos. A través de la ventana se veía el cielo negro. Susana entró en la estancia y se dejó caer en el otro extremo del sofá.
-¿Qué estás viendo? -le preguntó.
-Nada -respondió él.
Ella estuvo un rato mirando la pantalla. Luego le miró a él.
-¿Crees que los Reyes me van a traer algún regalo?
-Tal vez.
El rostro de la chica se puso serio.
-¿Te ocurre algo?
-No.
La muchacha apoyó la planta de los pies en el tapizado, doblando las piernas y rodeándolas con sus brazos.
-Les echas de menos, ¿verdad? -afirmó.
Roberto no contestó. Cogió el vaso y pegó un trago.
-¿Por qué no les llamas? -insistió ella.
-Creo que voy a salir a que me dé un poco el aire -dijo él.
-A ella no creo que le parezca mal...
Roberto se puso de pie.
-No tardaré. Fumaré un cigarrillo y subiré enseguida.
Susana también se levantó.
-Creo que deberías hablar con ellos. Te sentaría bien escuchar su voz. Ella lo entenderá.
-No sería una buena idea.
Roberto cogió su abrigo y volvió a decirle a ella que regresaría enseguida. Luego salió al rellano.
Decidió bajar por las escaleras. Cuando salió a la calle notó que el frío de la noche se le clavaba en la carne. Sintió que se le helaba la nariz. Se subió el cuello del abrigo y se frotó las manos. Su aliento era visible. Sacó el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo. La luz del portal del edificio de enfrente se encendió y, al cabo de un momento, vio salir a un hombre con cierto apresuramiento. Lo siguió con la mirada y lo vio acercarse a un coche y abrir el maletero y extraer varias bolsas de juguetes. El hombre regresó al portal con las bolsas. Roberto empezó a andar, despacio. Notaba que el cigarrillo le temblaba en la mano. Aspiró con fuerza el humo. Al girar la esquina, divisó el pequeño parque de la urbanización y se dirigió hacia él. Avanzó por la gravilla y se sentó en un banco de madera, frente a unos columpios metálicos que se balanceaban levemente, mecidos por el viento. Arrojó la colilla al suelo y la pisó con el pie. Miró los edificios que rodeaban el parque y se quedó ensimismado observando las ventanas iluminadas.
Sacó otro cigarrillo y lo encendió.

domingo, diciembre 31, 2006

Escritores premonitorios

¿Puede un autor predecir acontecimientos del futuro? Lo cierto es que existen algunos casos asombrosos.

Julio Verne es, sin duda, el escritor premonitorio por excelencia. Muchos de los datos que aparecen en su novela "Viaje a la luna", se corresponden con la realidad. La nave de la novela se llama "Apollon" y su velocidad era de 40.000 kms/hora. La nave de la NASA, el "Apolo", viaja a 38.500 kms/hora. Hay numerosas coincidencias entre el hecho ficticio y el hecho real. Además, acertó con los efectos que tiene la falta de gravedad sobre los objetos. De hecho, el astronauta Frank Borman, cuya nave fue lanzada desde el mismo sitio que describió Verne y que amerizó a tan sólo cuatro kilómetros del lugar en el que lo hace la nave de la novela, manifestó que aquello no podía ser fruto de la casualidad, dando a entender que Verne debía poseer algún tipo de poder sobrenatural.
Además se anticipó al submarino, a la evolución del automóvil, del aerostato, del telescopio, de la iluminación en las calles... De hecho, en su novela "Paris en el siglo XX", habla de trenes que circulan bajo tierra e incluso de una torre de metal dominando la ciudad, en un momento en que la Torre Eiffel ni siquiera estaba proyectada.

Un caso muy reciente es el de Gordon Thomas, que describe en una de sus novelas, "Deadly Perfume", los atentados que realizan grupos terroristas con Anthrax en diferentes ciudades del mundo. Algunas de las cosas escritas por Thomas coincidieron con los hechos que rodearon el atentado con gas sarín que tuvo lugar en el metro de Tokio. Sin embargo, en este caso parece ser que el libro sirvió de fuente de inspiración a los terroristas, y no se trata pues de una premonición.
En este sentido cabe señalar que, al parecer, la Agencia Espacial Europea analiza obras de ciencia ficción en busca de proyectos viables.

No es este el caso, por supuesto, que envuelve la coincidencia extraña que se encuentra entre la novela de Edgar Allan Poe, "Las aventuras de Arthur Gordon Pym", y el suceso que se produjo tras el naufragio del barco "Mignonette", en 1884, unos cuarenta y siete años después de la aparición del libro. En ambos casos, cuatro supervivientes, a la deriva en un bote, deciden que uno de ellos ha de morir para que los demás puedan alimentarse y sobrevivir. En ambos casos, el hombre que sufre tan trágica suerte se llama Richard Parker.

Sobre coincidencia en el nombre, podemos recordar que Orson Wells sembró el pánico con la retransmisión radiofónica de la novela "La guerra de los mundos", de H.G. Wells.

Sin embargo, uno de los casos más espectaculares es el que tiene como protagonista a Morgan Robertson. Morgan Robertson nació en Nueva York y escribía sobre temas marineros sin demasiado éxito. Su novela "Futilidad" se publicó en 1898 y en ella describía el hundimiento de un trasatlántico británico, llamado Titán, que choca contra un iceberg en el Atlántico Norte, un mes de abril, cerca de las doce de la noche. El hundimiento del Titánic ocurrió catorce años más tarde, a las 11:40 horas del 14 de Abril de 1912. Nadie recuerda a Morgan Robertson, excepto por el hecho de que predijo con una exactitud sobrenatural una de las mayores catástrofes del siglo. De hecho, al comprobar las asombrosas coincidencias que existían entre el barco de ficción y el real, la novela fue reeditada después del dramático suceso y su titulo fue cambiado por el de "El hundimiento del Titán".
Este libro se encuentra disponible en internet, en inglés.

viernes, diciembre 22, 2006

El año del pensamiento magico



Un libro sobre la pérdida, sobre el dolor. Una disección quirúrgica del sentimiento de la ausencia, del vacío absoluto y la fragilidad. El pensamiento mágico es característico de los niños le dijo Joan Didion a Eduardo Lago en una entrevista (El País, 2 de Septiembre de 2006). Cuando una pareja se divorcia es frecuente que los hijos se sientan culpables; tienden a creer que la causa de la separación es su mal comportamiento. Los ritos propiciatorios que buscan provocar la lluvia son un ejemplo muy característico de pensamiento mágico entre adultos. Cuando perdí a mi marido me aferré al pensamiento mágico con una intensidad que después me causó asombro. Me negaba a tirar sus zapatos porque estaba convencida de que si los conservaba, John volvería a por ellos.

El 30 de Diciembre de 2003, Joan y su marido, el también escritor John Gregory Dunne, regresaron del hospital en el que se encontraba ingresada su hija por lo que en un principio parecía un caso de gripe invernal. Decidieron cenar en casa. Hablaron de que no se deben mezclar los whiskeys y de la Primera Guerra Mundial. Y de pronto, él dejó de hablar y se desplomó. Estaba muerto. La vida cambia en un instante.

Una experiencia así te golpea con fuerza y te deja noqueado. No es fácil asimilar una muerte, y menos una muerte repentina. Uno se queda como envuelto en una nube, como fuera de su cuerpo, flotando, el mundo sigue marchando, pero muy lentamente, todo se produce de pronto a cámara lenta. El cuerpo se vuelve pesado, el entorno se distorsiona. Y Joan Didion comienza a moverse como un autómata, haciendo con diligencia lo que tiene que hacer. Llama a la ambulancia. Va al hospital. Da su consentimiento para la autopsia. Recoge sus pertenencias. Entra en una especie de shock en el que únicamente piensa en las cosas que tiene que hacer.

La escritura de este libro es una catarsis. Ella busca una explicación. Busca también un desahogo. Revive una y otra vez los acontecimientos, la secuencia de los hechos, acumula datos, horas, detalles, volviendo a los mismos momentos. Joan Didion nos habla de la muerte, del impacto que produce en nosotros la desaparición de un ser querido, del periodo de duelo, de los misterios que envuelven nuestros pensamientos, nuestras creencias.

En épocas difíciles, me habían enseñado desde niña, lee, aprende, prepárate, recurre a la literatura. La información es control.

Nos habla pues de sus lecturas. Ocupan una parte importante de la narración. "Una pena en observación", de C. S. Lewis, el pasaje de "La montaña mágica", de Thomas Mann, en el que habla del efecto que la muerte de su esposa produce en el personaje Hermann Castorp, "Blues del funeral", de W. H. Auden; guías de autoayuda, algunas prácticas, otras inspiradas, la mayoría, inútiles; literatura profesional como los artículos recopilados en "Bereavement: Reactions, Consequences and Care", en el que se dice, por ejemplo, que los supervivientes pueden experimentar la sensación subjetiva de estar dentro de una cápsula o envuelos en una manta; un estudio de Harvard sobre el "Duelo en la infancia", el libro "Funerales", de Emily Post, que guía al lector desde el momento en que la muerte se produce (...) hasta las instrucciones de cómo deben sentarse los asistentes al funeral; o "Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días", que reúne una serie de conferencias de Philippe Ariès. También los libros la ayudan a afrontar la enfermedad de su hija, a moverse por el hospital y a tomar una postura activa, especialmente "Intensive Care: A Doctor’s Journal", de John F. Murray, un médico que había sido jefe la unidad de Neumología y Cuidados Intensivos, en el Hospital de la Universidad de California, en San Francisco, y que describe el día a día, a lo largo de cuatro semanas, de una UCI.

Todo trata de ser racionalizado, desmenuzado, comprendido, asimilado, intenta reconstruir todos los detalles y recordar lo que había ocurrido un día determinado, un año antes. También los recuerdos del pasado están presentes. El lector se da cuenta de que está asistiendo a la exposición de la vulnerabilidad de una persona, a su intimidad más dolorosa.

El protagonista de este libro es el pensamiento. La mente de la autora, descarnada y sincera. El pensamiento como refugio, pero también como fuente de dolor al recordarnos momentos felices que ya no volverán. El pensamiento irracional que confía en que la situación es reversible. El pensamiento analítico, que intenta estudiar con frialdad los hechos, los datos. El pensamiento humano, que nos sobrecoge ante una imagen, como cuando recuerda a su hija a los tres años o el día de su boda con John, o los recuerdos asociados a los años en que la familia había residido en Los Ángeles.

Sobrecoge la sinceridad del libro. Joan Didion expone sus sentimientos, su intimidad. Nos los pone delante de la cara en un acto particular de exorcizar el dolor. Asistimos a su manera de afrontar el duelo. No oculta nada, se hace preguntas y enuncia todas las dudas que su situación le provoca. ¿Era yo la «viuda media»? se pregunta ante un artículo que afirma que el viudo medio tarda varios años tras la muerte del cónyuge en recuperar su anterior nivel de satisfacción vital. Y se pregunta también: ¿Cuál había sido realmente mi «anterior nivel de satisfacción vital»?

El tema de la muerte. No solemos pensar en ella, pese a que somos conscientes de que ha de llegar el momento en que abandonemos el mundo, en que lo abandonen nuestros seres queridos. ¿Qué ocurre entonces? ¿Puede llegar a comprenderse algo así? John y yo estuvimos casados cuerenta años, nos cuenta Joan Didion. Estábamos juntos veinticuatro horas al día (...). No podría contar las veces que, a lo largo de un día normal, se me ocurría algo que necesitaba decirle. Pero de pronto todo cambia. Queda sola y ha de acostumbrarse a ello, asumirlo. Y nosotros la acompañamos en ese camino. Nos cuenta que tiene pensamientos irracionales, que ella sabe que son irracionales, pero que le proporcionan alivio, como cuando ante la muerte de una amiga piensa que se encontrará con John y podrán cenar juntos y charlar y reír.

El estilo de Didion es sencillo, claro y, sobre todo, eficaz. Se centra en lo que quiere contar y no se recrea en el sentimentalismo, lo cual no quiere decir que el libro no sea profundamente doloroso, su lectura se clava en el pecho del lector. Joan Didion te coge el corazón y te lo aprieta. Toca nuestros terrores más profundos y nos vuelve vulnerables.

El libro termina al llegar el aniversario de la muerte. Un año. A partir de ahí, los recuerdos del mismo día del año anterior ya no tendrán a John. Los últimos capítulos son una despedida. También sé que si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.

Por la solapa del libro nos enteramos de algo que ha quedado fuera del texto. Quintana, la hija de Joan y John, murió el 26 de Agosto de 2005, a los 39 años de edad.

domingo, diciembre 17, 2006

Caché


Fragilidad y miedo. Esas son las dos cualidades de nuestro mundo acomodado y seguro. Falsamente acomodado y falsamente seguro. Vivimos en estado de alerta, conscientes de la cantidad de peligros que nos amenazan. Unos ladrones pueden asaltar nuestra casa, y golpearnos brutalmente y llevarse todos nuestros ahorros, así que nos esforzamos en blindar nuestro hogar, en construir un rincón donde podamos sentirnos seguros. Y sin embargo... Supongamos que un día recibimos un paquete que contiene una cinta de vídeo. La ponemos en el reproductor y vemos que alguien se ha dedicado a grabar la fachada de nuestra casa desde el exterior. Nada más. Pero, ¿por qué alguien iba a hacer algo así?

Este es el inquietante inicio de "Caché", el último film de Michael Haneke, el interesante realizador de origen austríaco que saltó a la fama, principalmente, por la perturbadora película "La pianista". Haneke se muestra fascinado por la violencia que genera el hombre moderno, por las tensas relaciones que anudan el tejido social. Su puesta en escena suele ser sobria, elegante, fría. Los personajes son personas normales, de exquisita educación que, en un momento dado, muestran su lado cruel, abyecto o vulnerable, según el caso, dejando al espectador sobrecogido por ese golpe inesperado. En "La pianista", vemos a esa elegante profesora interpretada por Isabelle Huppert cómo al acabar una de sus clases va paseando tranquilamente hasta un sex-shop y se mete en una cabina a visionar películas pornográficas; o cómo en su bañera se tortura produciéndose cortes con una cuchilla de afeitar. En "Funny Games", vemos a esos inmaculados y educados jóvenes cómo se convierten de repente en dos sádicos sin piedad. En "El tiempo del lobo" la historia se inicia con un asesinatogratuito. Y aquí, en "Caché", vemos cómo el ambiente asfixiante va trastornando la vida de los protagonistas hasta que culmina con una escena de inesperada violencia.

La sensación de amenaza se va extendiendo como un cáncer. El marido, interpretado por Daniel Auteuil, escarba en su propio pasado en busca de alguien que pudiera tener un motivo para agredirle, extorsionarlo, llegando a encontrar el posible detonante de la situación en un episodio sucedido en su niñez. Un hecho que ha mantenido enterrado en su mente pero que ahora, de pronto, le asalta con la fuerza de los remordimientos, demostrando que el sentimiento de culpa que encierra siempre estuvo ahí. ¿Se merece pues ese castigo? ¿Le tranquiliza pensar que el temor que le inspiran los misteriosos videos lo tiene, en cierto modo, bien merecido? Por otra parte, la amenaza invisible que se cierne sobre la seguridad del hogar de esa familia de clase media, se extiende a otros aspectos como la precariedad del empleo del protagonista o la desaparición repentina del hijo. Señales que van desmoronando la vida de esa familia, que alteran los nervios de la esposa, una magnífica Juliette Binoche, que vuelven taciturno y agresivo al padre, que aíslan al hijo. Sin escenas de acción, sin alardes de cámara, sin música de fondo, el espectador se va sumergiendo en una situación cada vez más asfixiante. Se pone de manifiesto la vulnerabilidad, la indefensión, la precariedad sobre la que en realidad se sustenta una aparente felicidad de valores occidentales, basada en gran parte en nuestra posición en la escala social. Una situación cuya posible esperanza de salida se encuentra en la educación, en la integración y el respeto como asignaturas obligatorias de los colegios.

Un film de gran fuerza que, imperceptiblemente, irá enrareciendo el aire a nuestro alrededor hasta que nos demos cuenta de que nos cuesta respirar.

Director: Michael Haneke. Intérpretes: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou

miércoles, diciembre 13, 2006

Buscando a Klee

Un día Gregorio Klee salió de su casa y desapareció sin dejar rastro, abandonando a su mujer y a sus dos hijas pequeñas. Los esfuerzos por encontrarle fueron inútiles. Ocurrió en Diciembre de 2001 y ahora, varios años después, el caso vuelve a ponerse de actualidad debido a que, al parecer, existen numerosos testimonios que afirman haber visto a Gregorio Klee en las más dispares emisiones televisivas. Suele ser una presencia de bulto, un observador más entre un grupo de curiosos que se arremolinan en torno a un famoso, o a un accidente o a cualquier suceso que reclame la presencia de las cámaras.

Su mujer, Simone, se ha convertido, como no podía ser de otra forma, en la principal impulsora del movimiento que se ha dado en llamar "Buscando a Klee", compuesto por multitud de aficionados que graban miles de horas de programas de televisión para visionarlas después con detenimiento, en busca del escurridizo personaje. Sin embargo, hasta el momento, sólo disponemos de siluetas difusas, rasgos granulados, indefinidos, lo cual da pie a la conocida controversia sobre la veracidad o no de estas apariciones. No deja de ser curiosa la diversidad de lugares en los que parece haber sido localizado: detrás de un importante ídolo del rock en un local londinense, o entre la audiencia de una intrascendente conferencia en Alemania, o en la inauguración de una estatua en China, o con la gente que corre en una manifestación en Uganda, por poner algunos ejemplos. Hay quien dice que es tal el afán de la familia por encontrar al desaparecido señor Klee, que su mente imagina verlo en los más extravagantes eventos. El caso es que seguidores y detractores defienden con igual intensidad sus puntos de vista, y es este un asunto que seguirá dando que hablar durante mucho tiempo. Algunos programas fueron grabados en días consecutivos, con pocas horas de diferencia, lo cual acrecienta el misterio, pues nadie es capaz de desplazarse tan rápidamente.

Sea como fuere, quienes creen en la veracidad del fenómeno aseguran haber constatado, sin ningún género de dudas, que emisiones de los más diversos países han recogido la figura solitaria, un poco abatida, de Gregorio Klee, quien deja constancia así de haber conseguido su objetivo de desaparecer, no sólo de su vida cotidiana, sino del mundo real, para convertirse en una sombra, una imagen anónima que representa una existencia falseada.

domingo, diciembre 10, 2006

Audiencia

La televisión es el fenómeno más importante que nos ha sucedido. La televisión cambió todo, modificó la imagen del mundo. La inmediatez de las noticias nos conectó de un modo inimaginable. La televisión se mostró como la más eficaz herramienta para influir en las masas. Así que los diferentes programas se pelean por conseguir audiencia porque, de este modo, los anunciantes querrán aparecer en ellos, para llegar al mayor número de gente posible. Los mensajes emitidos por televisión obtienen un resultado casi inmediato. No es extraño que haya bofetadas por la audiencia. Los programas de televisión no quieren divertirnos, la finalidad última de la programación es hacernos consumir.

La audiencia se escurre como una anguila. Nadie la entiende. Los programadores se vuelven locos. Algunos están más obsesionados en boicotear a la competencia que en idear programas innovadores. Narciso Ibáñez Serrador explicó en una entrevista que, para él, la audiencia tiene la mentalidad de un joven de catorce años. Ese es sin duda el secreto de su éxito. Pero hay poca gente con la mente lúcida de Ibáñez Serrador, así que lo normal es que se empiece a apelar a los instintos primarios del ser humano, a nuestro lado morboso. ¿Cómo? De la forma más burda: peleas en el plató, insultos, sexo, escándalos, sensacionalismo puro y duro. Hasta los telediarios utilizan música de fondo, adelantos de lo que ha de venir, imágenes impactantes...

Y el último fenómeno mediático es un individuo que forma parte del jurado del programa "Operación Triunfo" y que se dedica a humillar a los concursantes. Sus opiniones son un ejemplo del más zafio desprecio barriobajero. Una de sus últimas perlas: "Hoy quiero felicitar a los estilistas porque por primera vez no las han vestido a ellas de putas y a ellos de payasos". Fenomenal. Hay quien le vitorea. Ya lo entrevistan en revistas y talk-shows. Qué listo. Le da a la gente lo que quiere: carnaza. La lucha por la audiencia no tiene escrúpulos. Lo importante es que hablen de ti, ya sea bien o mal. Y yo lo estoy haciendo, así que me callo.

miércoles, diciembre 06, 2006

Adicción 2

Quedó claro que soy comprador compulsivo de libros. Y no estoy solo.
Ahora, me planteo aislar aquellos elementos que me impulsan a adquirir un libro. Identificar los síntomas. Examinar el impulso desde cierta distancia.

En líneas generales, se puede decir que cuando uno se acerca a un libro le llaman la atención varias cosas: el autor, el titulo y el diseño de la portada. Esto es lo que primero nos atrae. En algunos casos, cualquiera de estos aspectos puede ser determinante para que la compra se consume. Sin embargo, lo normal es que se produzca un segundo paso: coger el libro. Y entonces se empiezan a valorar otras cosas: texto de la contraportada, temática y estilo del texto. Podría decir que por ese orden. Hablo de la compra compulsiva, por supuesto.

En mi caso:
El autor es importante, tanto si se trata de un autor de mi devoción como si es alguien que me llama la atención por algún motivo, como me ocurrió con el libro de relatos de Guillermo Arriaga, un nombre que me interesó porque conocía ya su faceta de guionista.

El titulo no suele ser un factor que por sí solo me impulse a comprar un libro, pero sí tiene importancia para que me interese por él. Así me ocurrió, por ejemplo, con "Geografía de la novela", de Carlos Fuentes o "Los hechos de la vida", de Graham Joyce.

El diseño de la portada también es importante a la hora de llamar la atención. Aquí habría que incluir otros aspectos del merchandising, pero me limitaré a la portada. Suelen gustarme las fotografías en blanco y negro que utiliza con frecuencia Anagrama. Últimamente también captó mi atención la portada del último libro de García Valiño: "Querido Caín".

El texto de la contraportada es muy importante. En él se puede encerrar la clave que nos obligará a seguir adelante en el examen del libro. Debe conseguir transmitirnos el entusiasmo que provoca la novela, lo excepcional de su texto, etc. No es un tema menor. El texto de la contraportada puede ser un revulsivo si no es capaz de destacar su aspecto más comercial. También es importante la selección de críticas favorables, si las hay. El texto de la contraportada del libro "La orilla del mar" me puso un nudo en el estómago.

Una trama sugestiva y la aparición de alguno de los temas por los que el potencial lector siente atracción son factores más subjetivos. En mi caso puede ser cierta dosis de violencia, de crítica descreída, denuncia de lo que se esconde bajo las apariencias, el hombre cuya vida se desmorona de pronto, la exploración del alma humana, la reinterpretación del mundo... Me gusta especialmente la idea de que el mundo no es igual para todos sus habitantes. Por ejemplo, uno de los aspectos que más me gustaron del libro "La costa de los mosquitos" de Paul Theroux, fue el hecho de que el padre pudiera convencer a su familia de que EE.UU. ya no existía. Pero hay otros temas, como la metaliteratura por ejemplo, es decir, la propia literatura como elemento narrativo. Las situaciones extremas, los ambientes opresivos... Tantos y tantos.

El lenguaje, el estilo, suele ser el último paso. Abrimos el libro y analizamos aquí y allá. Si el libro está precintado con un plástico, estamos casi obligados a la rotura de dicho plástico. La primera frase es importante. También valoro el estilo directo, seco, poco sentimental, frío incluso. El tono distante, cierto toque cínico, socarrón, incluso una dosis de ironía cruel, pueden engancharme a un texto. Y también entraría aquí su estructura, el modo en que el autor decide contarnos la historia. Particularmente, no suele gustarme que la novela esté narrada por un personaje muerto ni en segunda persona, salvo casos muy excepcionales, como "Desde mi cielo". Tampoco me suele atraer el género epistolar, salvo "Las amistades peligrosas". Ni siquiera he leído aún "84 Charing Cross Road" por este motivo, aunque no descarto que acabe comprando también este libro. Las manías existen para que podamos saltárnoslas.

Hay más aspectos, por supuesto. Una película, una reseña, una recomendación... También las liquidaciones me impulsan a comprar libros que había decidido no adquirir. Y, tal vez, hasta el propio estado de ánimo en el momento de entrar en una librería. En fin, que creo que esto es grave. Son algunos de mis motivos, de mis preferencias, y me temo que son incompletos y que cambian o pueden cambiar en cualquier momento.

jueves, noviembre 30, 2006

Adicción

Suelo comprar más libros de los que puedo leer. Me gusta tenerlos. Sé que si en algún momento necesito sumergirme en las páginas de una determinada obra publicada apenas unos meses atrás, ya me será difícil encontrarla. Por ejemplo, ahora me gustaría tener "Linus Daff, inventor de historias" de Marta Rivera de la Cruz, finalista del Premio Planeta de este año con la novela "En tiempo de prodigios". Pues ya no hay forma de encontrar "Linus Daff".

Supongo que mi afición por comprar libros reúne los síntomas de una adicción. A veces, es lo único que puede mitigar un estado de ansiedad. Intento visitar las librerías sin comprar nada, para curarme. Y apunto los títulos que me interesan en una libreta o en hojas sueltas. Estos son los últimos que he anotado:

"Kafka en la orilla", el último libro de Haruki Murakami, un autor que se ha convertido en esencial para mí.
"Represalia", un libro de Gert Ledig, que estuve hojeando y que me pareció muy interesante. A veces, leo la primera frase de un libro para ver si supera la prueba según la cual la primera frase debe enganchar al lector. Pues bien, la primera frase de este libro es demoledora.
"Zombie", de Joyce Carol Oates, una autora que terminará consiguiendo el premio Nobel de literatura. Este libro lo recomendó no hace mucho el blog "El lamento de Portnoy".
"Una noche de perros", de Hugh Laurie, el actor que encarna al Dr. House en la serie de televisión. Una novela policíaca con muy buena pinta.
"El ocaso de los superhéroes", de Deborah Eisenberg, un libro de relatos recomendado de forma entusiasta por Miguel Ángel Muñoz en su ya imprescindible blog.
Y los libros de relatos de Ángel Zapata y Andrés Neumann publicados por "Páginas de espuma".

Sería candidato para unirme a algún grupo de autoayuda. "Compradores compulsivos de libros". Como "Alcohólicos Anónimos". "Hooola, Migueeel". Pero lo cierto es que no deseo curarme. La verdad es que me gusta que haya algo capaz de crearme estas sensaciones, de sosegarme en los malos momentos. Y, sobre todo, me gusta que ese algo sean los libros.

Por otra parte, tampoco puedo resistirme a los saldos. A veces descubro joyas como "Amanece la muerte", de Jim Crace, o "Genealogía y otros relatos", de Izraíl Métter. Con todo esto, es normal que los libros se amontonen y algunos se encuentren ya depositados por el suelo. Siempre me digo que tengo que ordenar mi biblioteca, pero es una tarea demasiado laboriosa. Y da pereza. Pero algo hay que hacer. Eso me digo desde el día en que compré un libro que ya tenía.

lunes, noviembre 27, 2006

Remake

Por recomendación de Francisco Ortiz.

Roger Gual dirigió hace unos años, con Julio D. Wallovits, la magnífica "Smoking Room". Ahora, ambos directores han sacado a la luz películas en solitario. Wallovits acaba de estrenar "La silla", y de Gual acaba de salir en DVD "Remake".

La historia transcurre durante un fin de semana. Max, un hombre solitario que vive al margen de la sociedad, un excéntrico, invita a su masía a dos parejas con las que convivió en su juventud, formando una especie de comuna que practicaba el amor libre y el nudismo y la vida alternativa en comunión con la naturaleza. Pero ahora las cosas son diferentes. Las parejas llegan con ilusión por revivir aquellos años, pese a que ambas están divorciadas y tienen hijos ya mayores que les acompañan en esta excursión. Pronto el idealismo da paso a las neuras, a las insatisfacciones de unos burgueses que ya forman parte del sistema que pretendían eludir. Un centro comercial en mitad del campo representa el afán consumista de una sociedad que ya no sabe pasar el tiempo sin comprar cosas, lo que sea. Pronto saldrán los recién llegados a comprar insecticida para acabar con una plaga de hormigas que no pueden soportar. La noche en que deciden visionar antiguas películas super-8 filmadas en sus años de juventud, la situación se desata y los reproches se escupen a la cara. Los hijos, frustrados e inmaduros, herederos de un modo de vida que no pidieron y que no les ha servido para sobrevivir en el mundo, lanzan a sus padres duras palabras que representan la confirmación de su fracaso. Lo que empezó como un idílico fin de semana en el campo, recordando tiempos felices, se transforma en una experiencia de incomunicación, de ansiedad, de aislamiento, que termina representada en el humo que sale de la chimenea, procedente de las cenizas que han quedado de este reencuentro.

Una generación que, al intentar eludir el sistema, lo que ha hecho es construir un "remake" del mismo, sin referentes, sin valores, legando a sus hijos un mundo vacío e inseguro por el que resulta muy difícil moverse.

Uno de los puntos fuertes son los diálogos. Sin desperdicio. Los personajes sólo saben expresarse y relacionarse a través de conversaciones triviales, ideas manidas, ideales de cartón piedra o tópicos ingenuos. La conversación entre los guardias de seguridad del centro comercial, con la que se inicia la película, no tiene desperdicio. Y cuando se plantea el problema que subyace en el fondo, cuando por fin llega el momento de hablar claro, de expresar las preocupaciones y los reproches, se hace con violencia, sin medida.

Se trata de un film de personajes, duro, sin concesiones, que no deja indiferente al espectador. Una experiencia perturbadora, filmada con una cámara nerviosa y un color desvaído que parece pretender emular a las viejas cintas super-8. Una película recomendable, en la que se debe destacar el trabajo de los actores.

viernes, noviembre 24, 2006

El sueño de una sombra

La mujer dijo, o quiso decir:
Cogeré una pistola
y te pegaré un tiro
en mitad de la frente,
aunque me salpique
tu negra sangre vomitiva.
Te pegaré un tiro
en mitad de la frente,
borracho de mierda,
por haberme degradado,
por haberme golpeado,
por haberme obligado a vivir
en un estercolero,
por haber aniquilado mi autoestima,
por haberme convertido
en la sombra
de lo que una vez soñé.
Y luego me sacaré las tripas
y las pondré en un hatillo
que dejaré junto a tu cuerpo.
De recuerdo.
Me marcharé con mi vacío.
Lo único que te debo.

martes, noviembre 21, 2006

Revancha

El crítico Miguel García-Posada escribió hace unos años un libro titulado "El vicio crítico", en la editorial Espasa. Es un libro interesante donde nos habla de su trabajo, de su criterio, de la función de la crítica dentro de la literatura. La primera parte plantea consideraciones generales y la segunda se centra más en su experiencia personal. El primer capítulo de esta segunda parte se titula "Las maneras de la crítica" y puede leerse el siguiente comentario:

"En nombre de esta dignidad uno se ha permitido discrepar públicamente de los best-sellers cultos de Umberto Eco o de José Luis Sampedro, tan abusivamente valorados, y de los libros de Antonio Gala, nuestro actual Fernández y González. Y ha guardado silencio sobre las exitosas narraciones –que no novelas– del ex corresponsal de guerra, transformado en autor, Arturo Pérez Reverte".
Ignoro qué otras alusiones habrá hecho García-Posada a la obra de Pérez Reverte o a su persona.

Bien, ahora resulta que García-Posada ha escrito una novela titulada "La sangre oscura". Uno de los primeros en lanzarse a opinar sobre dicha novela ha sido Arturo Pérez Reverte, no por mera preocupación literaria sino, como él mismo admite en su texto, porque "a veces le gotea el colmillo ante ciertos pescuezos que piden dentellada".

Y empieza el académico con un supuesto interés profesional:

"A fin de cuentas, razonaba, si este crítico ilustre dedica su vida a enjuiciar libros ajenos, explicando a los autores cómo deben escribir, su novela será una lección magistral sobre el modo de hacer las cosas en cuanto a estilo, estructura, personajes y otros ingredientes que, por su oficio, mi primo conocerá al dedillo. A ver si se me pega algo".

A continuación, machaca el texto sin piedad, con una ironía cruel y vengativa que deviene en burla:

"De manera que al final de la novela seguimos con la misma información que teníamos al principio: que un fulano se suicidó y que la vida es triste de cojones".

"Tampoco el estilo garciposadesco está exento de poesía eres tú: «Me pareció vislumbrar una lágrima corriéndole por la mejilla desde los ojos húmedos», escribe. De todos los hallazgos literarios que ofrece el texto, personalmente me quedo con «las vivencias que me asaltaban ante espectáculos urbanos de tanta enjundia», aunque haya muchas otras valiosas perlas..."

En fin, un ajuste de cuentas, una revancha de barrio que lo único que deja claro es lo mucho que a Pérez Reverte le dolió la opinión desfavorable de García-Posada. Para que no haya duda de ello, así termina el artículo:

"Vale la pena que se vendan cien o doscientos ejemplares de la novela, e incluso más. Es la mejor manera de que algunos lectores sepan en manos de qué individuos –los hay respetabilísimos también, pero este pobre hombre preside el gremio- se encuentra la crítica literaria en España".

A mi modo de ver, con este ataque desproporcionado, no ha conseguido Pérez Reverte desacreditar a García-Posada, sino tan sólo descalificarse a sí mismo. El insulto gratuito suele volverse en contra de quien lo emite.

sábado, noviembre 18, 2006

El lector


Bernhard Schlink es un juez que escribía novelas policíacas hasta que se lanzó al mercado con esta historia sobre el amor y la culpabilidad.
El libro está narrado en primera persona por el protagonista, Michael Berg, y se estructura en dos partes. En la primera se nos narra la historia de una seducción. Michael Berg tiene quince años y vive un apasionado idilio con una mujer de treinta y seis: Hanna. Juntos establecen un ritual de lectura, ducha, amor, y reposo. Ella es a veces imprevisible y temperamental, pero otras es dulce e inocente. ¿Por qué me pongo tan triste cuando pienso en aquellos días?, se pregunta Michael; y más adelante: Esa tristeza, ¿no será la tristeza pura? ¿Es eso lo que nos sobreviene cuando, al mirar atrás, los recuerdos hermosos se nos vuelven quebradizos, al ver que aquella felicidad no se alimentaba sólo de la situación del momento, sino de una promesa que no se cumplió?. En la segunda parte, han transcurrido siete años y ahora Michael es estudiante de Derecho. Como tema de un seminario, tiene que acudir al Palacio de Justicia, a presenciar un juicio contra criminales de guerra. En principio no es un juicio importante, las acusadas son cinco guardianas de un pequeño campo de concentración situado cerca de Cracovia. Una de las acusadas es Hanna. A partir de este momento Michael se debate entre sentimientos contradictorios: por un lado los estudiantes del seminario queríamos abrir las ventanas, que entrase el aire, que el viento levantara por fin el polvo que la sociedad había dejado acumularse sobre los horrores del pasado; pero por otra parte no puede olvidar que ha amado a Hanna, así que nos dice: me esforzaba por imaginarme a Hanna con toda claridad haciendo las cosas de las que la acusaban, o evocaba los momentos que el pelo de su nuca y el lunar de su hombro me traían a la memoria.

"El lector" trata un tema complicado, especialmente para un alemán, pues nos habla de la revisión histórica del holocausto, de cómo las nuevas generaciones se enfrentan a una etapa de su pasado difícil de comprender. Se trata de una novela que en ningún momento cae en sentimentalismos zafios. Está narrada de forma sobria, con el lenguaje justo y aséptico que el tema requiere. Sus dos partes se complementan y se cierran, perfectamente encajadas, en un final evocador que recoge la esencia de la historia y en la que el protagonista se pregunta si al amar a Hanna, se hizo culpable. Se nota y se agradece la experiencia de Schlink en tramas policíacas, pues en un momento determinado, Michael descubre una clave que ha estado presente en la primera parte de la historia sin que nos hubíesemos percatado de ella, una clave que, en cierto modo, explica muchos de los comportamientos de Hanna.

No estamos ante un documental de los horrores nazis, sino ante una historia de amor que participa de un momento histórico trágico, pese a lo cual tampoco podemos decir que nos encontremos ante una novela de grandes personajes, sino más bien ante un análisis de los sentimientos contradictorios que posiblemente envuelven a las dos últimas generaciones de alemanes. Schlink, en un momento dado, en palabras del narrador, formula la siguiente reflexión: sólo me pregunto si las cosas debían ser así: unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad. Un tema duro y difícil pues, para una novela que se lee en un suspiro y se agarra a la memoria del lector.

martes, noviembre 14, 2006

Paternidad


Se tambalea como si fuese a caer
vencido por un sueño mortal.
Es muy delgado y moreno.
Su pelo es largo y grasiento.
Tatuajes en la piel,
Tatuajes en blanco y negro.
Y un bebé al brazo,
de piel rosada, ojos azules,
pelo crespo y amarillo,
que no para de llorar.
El joven está nervioso y
dice palabrotas y
se tambalea.
Agita al niño,
arriba y abajo, bruscamente.
Pero sigue llorando.
No se calla.
El joven tiene una idea.
Y le mete al niño, en la boca,
a falta de un chupete,
el cigarrillo que está fumando.