martes, abril 28, 2009

Novelas de quiosco


Hace unos días falleció Corín Tellado, una autora con una legión de lectores que siempre se quejó de no haber recibido ningún reconocimiento literario. Era una autora de novelas populares, de las que ahora identificamos con el término “pulp”, que es como se las conoce en Estados Unidos. Una literatura ligera, que se lee con facilidad, capaz de conmover a millares de personas, y que no tenía el cuidado estilístico como una de sus prioridades. Estas obras son también conocidas como “libros de consumo”, “novelas de quiosco”, “bolsilibros”, etc. Se trataba de obras que, por su destino comercial, tenían que ajustarse a una serie de condiciones entre las que no se encontraban precisamente la prosa elaborada o la profundidad psicológica de sus personajes. Las novelas de quioscos debían ajustarse a todos los tópicos del género en que se inscribiese cada título y derrochar acción y un estilo sencillo que se leyera con rapidez. Era corriente cambiar en los propios quioscos unas novelas por otras, sin tener en cuenta los títulos en muchos casos, pues todos prometían lo mismo a sus lectores: unas horas de evasión y emoción. Constituyeron un importante entretenimiento durante muchos años. Y tras ellas pueden encontrarse algunos escritores que dieron muestra de grandes aptitudes. Corín Tellado era todo un referente. También lo era José Mallorquí, creador de “El Coyote”. E incluso Marcial Lafuente Estefanía, un nombre indispensable en el género del western.

Se le debe reconocer a esa literatura de batalla el mérito de impulsar el hábito de la lectura, y ayudar a mucha gente a acercarse a obras de mayor calidad. Por otra parte, no me parece tarea fácil la de escribir una novela a la semana, y supongo que sólo la práctica y el oficio pueden ayudar a conseguir algo así. Algunos de los escritores que se dedicaban a esta tarea eran personas de amplia cultura y, seguramente, con posibilidad de abrirse camino cultivando otro tipo de literatura, si las circunstancias hubieran sido otras.

Unos autores que trabajaron la escritura de novelas con esfuerzo, con plazos de entrega abusivos, con la dedicación de un obrero, y que aún así supieron urdir tramas capaces de enganchar al lector. Muchos de estos escritores utilizaban pseudónimos que sonaban a nombres extranjeros, pues la editorial que publicaba dichas novelas tenía fundadas razones para pensar que un hombre llamado Silver Kane vendería más que Francisco González Ledesma, pese a que se trate de un autor cuya profesionalidad y valía está fuera de toda duda y que ahora, libre ya del esclavizador pseudónimo, sigue demostrando que es un escritor de probada solvencia, especialmente en el terreno de la novela negra. Incluso fue ganador del premio Planeta en 1984. Sobre este oficio escribe en su libro autobiográfico “Historia de mis calles”, unas amargas palabras: Luego comprendí, al cabo de los años, que con aquel trabajo había estado sometido a un aprendizaje de perro, y que le debo gratitud, porque me enseñó a narrar con una cierta facilidad, a buscar efectos, a dosificar las emociones y a crear personajes con alma. Me enseñó también a sufrir, porque pocos trabajos causan tanto sufrimiento como los del escritor vendido.

Pascual Enguídanos, considerado un clásico de la ciencia ficción española gracias, entre otras muchas obras, a su saga de los Aznar, utilizó también un pseudónimo: George H. White.
Otro de aquellos autores era Curtis Garland, nombre tras el que se encontraba el escritor Juan Gallardo Muñoz y cuyas memorias se acaban de publicar ahora bajo el título “Yo, Curtis Garland” (editorial Morsa). Este hombre había quedado finalista en un concurso literario con su novela “Mañana es demasiado tarde”, novela que posteriormente mutiló y convirtió en una más de sus historias de quiosco titulándola “Sin tiempo que perder”. En el artículo en el que encuentro este dato leo también una frase que me parece acertada: renunció a la literatura para hacerse escritor.

A. Thorkent era el pseudónimo de Ángel Torres Quesada, que sigue publicando libros con su verdadero nombre y tiene un merecido prestigio entre los entendidos en ciencia-ficción.
También era muy popular Clark Carrados, que se llamaba en realidad Luis García Lecha, autor de más de dos mil novelas, que falleció en 2005. Una de sus novelas fue llevada al cine en 1968 con el título “El secreto del capitán O’Hara”.

O Keith Luger, cuyo verdadero nombre era Miguel Oliveros Tovar. O Alf. Regaldie, pseudónimo de Alfonso Arizmendi Regaldie. O tantos otros.
Yo recuerdo que me gustaban mucho las historias que venían firmadas por J. Chandley, un nombre bajo el que se encontraba, según encuentro en una interesante web, una mujer llamada María Luisa Vidal Alfonso. También recuerdo los nombres de Kelltom McIntire (José León Domínguez Martínez), o Joseph Berna (José Luis Bernabéu López). Nombres desconocidos cuya carrera parece haberse diluido tras sus pseudónimos, escritores de pico y pala, sin tiempo para pulir sus textos pero con la imaginación suficiente para conseguir que mucha gente soñara, en una época en la que no era fácil hacerlo.
Si alguien está interesado en este tema, recomiendo la lectura de la página personal de José Carlos Canalda.



Agradecimiento.
En este aparte, quiero agradecer el texto que Diarios de Rayuela le dedica en su blog a mi libro "Anónimos". Pueden leerlo aquí.

lunes, abril 27, 2009

Antonio Pereira ha fallecido


Ha fallecido Antonio Pereira, uno de los mejores escritores de nuestro país, un nombre de referencia en el género del relato. Tenía 85 años y ha fallecido de un paro cardíaco, en León.
Yo tuve la suerte de asistir a un acto en el que él participaba, cuando estuvo en el Hay Segovia, en el año 2006.

Recibió numerosos premios y reconocimientos. Un hombre con gran sentido del humor y dominio de la oratoria.
Una gran pérdida para la literatura.

miércoles, abril 22, 2009

Presentación en Granada y Sevilla

Han sido unos días intensos, en los que toda nuestra actividad parecía girar en torno a los actos en los que íbamos a participar: la presentación de los libros "Anónimos" y "Mapa mudo" en Granada y Sevilla. Pese a los nervios, debo reconocer que la experiencia ha sido muy valiosa.

El día 15 estuvimos en la librería Babel de Granada, tal como estaba previsto. Llegamos con antelación suficiente y estuvimos curioseando entre las estanterías. Una librería siempre es una tentación difícil de resistir. El ambiente fue muy agradable.
Luego nos fuimos un buen grupo a un pequeño bar en el que estuvimos conversando durante varias horas. Entre otras personas, estuvieron con nosotros, Cristina Gálvez, que acaba de publicar un interesante libro de relatos titulado "Monstruos cotidianos" y Joaquín López Cruces, un magnífico dibujante.

El día 16, Hilario J. Rodríguez presentó una recopilación de sus artículos sobre cine, que ha publicado una editorial llamada “El genio maligno”, bajo el título “Emotion pictures”. Estuvo arropado por Judit Bembibre, miembro del comité editorial; y por José María López Sánchez (poeta y profesor de Psiquiatría) y Juan Varo Zafra (escritor, miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada).

Ese día pude conocer personalmente a Francisco Ortiz. Tanto tiempo en contacto a través del blog y por fin pudimos estrecharnos la mano. No fue posible hablar todo lo que hubiéramos querido, pero espero que el encuentro se repita. Y aprovecho para agradecerle las amables palabras que ha publicado en su blog.


El día 17 estuvimos en Sevilla y se presentaron los libros en el local “El perro andaluz”. Nos prepararon cuatro sillas en un pequeño escenario, en semicírculo. Detrás de nosotros se proyectaron imágenes con las ilustraciones de los libros de la colección. La presentación estuvo a cargo de José María Conget, que estuvo muy amable e hizo gala de su buen humor. Y desde aquí vuelvo a agradecerle su participación.
La gente estuvo muy atenta y al finalizar se acercaron algunos de ellos para que les firmáramos los libros. Allí conocí a Iván Vergara, uno de los organizadores del evento, un joven mexicano muy afable y con un innegable don de gentes.

Al día siguiente estuvimos en la Feria del Libro de Granada. Yo no la conocía, pero me pareció enorme; y lo era, pues veo en el programa que tenía 67 expositores. Estuvimos entre las 13:00 y las 14:00 horas. Y nada más terminar emprendimos el regreso a nuestras ciudades respectivas.
Fueron unos días inolvidables en los que disfrutamos de una estancia muy agradable gracias a José Antonio López y su mujer, Julia, que nos acogieron en su casa y nos hicieron sentir que estábamos en la nuestra.

lunes, abril 13, 2009

Philippe Petit







El 7 de agosto de 1974, el joven Philippe Petit cruzó el espacio que separaba las famosas y ya desaparecidas Torres Gemelas de New York, a 415 metros de altura, sobre un alambre tendido entre ellas. Tardó 45 minutos en completar el recorrido.
Una hazaña que emociona, una obra de arte que conmueve y nos enfrenta a lo desconocido, dejando patente nuestra fragilidad, pero también la fuerza de la tenacidad y el coraje.

El documental que narra esta hazaña, "Man on wire", ha recibido numerosos premios, entre ellos el Oscar al mejor documental en la pasada edición.

Por otra parte, la editorial Alpha Decay ha publicado el libro "Alcanzar las nubes, mi paseo por el alambre", del propio Philippe Petit.


Agradecimiento

Quiero agradecer a Graciela Barrera el comentario que ha publicado en su blog sobre mi libro “Anónimos”.
Pueden leerlo aquí.

viernes, abril 10, 2009

Cineclub


Hace unos días compré un libro que me llamó la atención en la mesa de novedades. Su portada era negra y el titulo estaba escrito en letras amarillas: “Cineclub”. Su autor: David Gilmour. Leí la solapa y me interesó. David Gilmour fue el presentador de un programa de televisión (“Gilmour on the Arts”), y es autor de seis novelas. El libro narra la relación entre un padre y su hijo adolescente, entre David Gilmour y su hijo Jesse, una historia autobiográfica. Ambos llegan a un extraño pacto: el hijo puede dejar de ir al instituto a cambio de que se comprometa a ver tres películas semanales.

Elvira Lindo publicó no hace mucho un artículo en el que decía lo siguiente: “Qué raro que algo tan asimilable como es el cine no haya entrado en los colegios por la puerta grande, qué raro que la educación no admita que tanto valen los clásicos del cine como los de la literatura”.

Siempre he pensado que el cine debería ser una asignatura reconocida en los colegios, un medio eficaz de tratar diferentes temas, de afrontar cuestiones de interés, de aprender a razonar, a interpretar, a valorar una historia y analizar sus imbricaciones. Un medio ameno y eficaz de exponer dilemas morales y sociales. Una herramienta sin competencia para mostrar nuestra evolución en las últimas décadas. La gente joven, por sistema, suele huir de las películas en blanco y negro; prefieren el color, y si hay explosiones o chistes verdes, mejor. Cuando quiero que mis hijos vean una película en blanco y negro sé que debo soportar unos minutos de caras de fastidio, de reproches, una lista de títulos alternativos que yo suelo afrontar sin perder la sonrisa y prometiendo una velada muy interesante. La recompensa viene cuando, después de los primeros quince minutos de película, ellos atienden con interés.
La cuestión es seleccionar adecuadamente los títulos para conseguir su confianza.

Dice el protagonista de “Cineclub”: Elegir películas para la gente es un asunto peliagudo. En cierto sentido, es igual de revelador que escribir una carta a alguien. Muestra lo que uno piensa, lo que le emociona, a veces incluso puede mostrar cómo piensa uno que el mundo lo ve a él.

El libro ofrece una caótica lista de títulos. “El resplandor”, “Annie Hall”, “Instinto básico”, “Los cuatrocientos golpes”, “Gigante”, “El último tango en París”, “El padrino”, “Delitos y faltas”… Antes de cada sesión, el padre suele comentar algunos aspectos relacionados con lo que van a ver: unas palabras sobre el director, una anécdota sobre el rodaje, sobre la época en que se estrenó, sobre los intérpretes o sobre el autor del libro en el que se basa. Luego, ambos la comentan, brevemente.

Uno de los juegos que establecen es elegir la escena preferida. Otro, contemplar películas en las que un actor desconocido en ese momento realiza una interpretación que sorprende, que llama la atención y anticipa que llegará a convertirse en una gran estrella. Las películas se van agrupando por algún aspecto concreto, como aquellas en las que el actor principal demuestra su grandeza con la máxima economía de medios, incluso sin hablar, tan sólo con su actitud. O la sesión de cintas de terror. O la lista de placeres inconfesables: películas que se sabe que son malas pero que nos gustan igualmente. Ésta última es muy interesante e incluye títulos como “Pretty woman”, “Rocky III”, “La noche se mueve”, “Nikita”, “Alerta máxima” o “Showgirls” (es en cierto modo una rareza cinematográfica, un placer inconfesable sin una sola buena interpretación).

Y así, de un modo gradual y casi imperceptible, padre e hijo van afianzando su relación, hablando de cuestiones que suelen silenciarse, de asuntos que se eluden; y el cine se convierte en parte esencial a la hora de interpretar el mundo, se introduce en las conversaciones.

“El diablo sobre ruedas”, “Ladrón de bicicletas”, “Por un puñado de dólares”, “Solo ante el peligro”, “La dolce vita”, “La zona muerta”, “Aguirre o la cólera de Dios”, “El exorcista”, “Quiz show”… O “Ishtar”, una de esas películas que le gustan al autor y que, sin embargo, no parece que le guste a nadie más.

Pero Gilmour nos muestra también sus momentos de duda ante lo que está haciendo: ¿Había aprendido algo durante el último año bajo mi «tutela»? ¿Merecía la pena saber algo de todo aquello? Veamos. Sabe de la existencia de Elia Kazan y el Comité de Actividades Antiamericanas, pero ¿sabe lo que son los comunistas? Sabe que Vittorio Storaro iluminó el piso de “El último tango en París” colocando las luces fuera de las ventanas en lugar de dentro del plató, pero ¿sabe dónde está París?

En resumen, un libro que se lee con fluidez, desenfadado, con sentido del humor, y que, casi sin darnos cuenta, nos habla de cómo el cine puede convertirse en un punto de unión, una referencia que dé pie a toda clase de conversaciones; capaz de afianzar una relación y de enseñar, quizás, a vivir.

domingo, abril 05, 2009

Otra mujer

Me gusta mucho el cine de Woody Allen. Poco me importa que digan que ha bajado su nivel, que no se arriesga, que su cine parece apresurado o cualquier otra crítica que pueda estar de moda, especialmente en su país. Algunas de sus películas ocupan un lugar muy destacado en mi biografía cinematográfica: “Annie Hall”, “Delitos y faltas”, “Manhattan”, “Maridos y mujeres”, “Zelig”… y la pequeña joya que me apetece comentar hoy: “Otra mujer”. La rodó en el año 1988. Es una historia intimista que nos habla del autoengaño, del balance de una vida, de las decisiones que se toman, de los caminos que se quedan sin recorrer.

La historia se centra en el personaje de Marion Post (Gena Rowlands), una eminente filósofa que alquila un pequeño apartamento con la intención de aislarse del mundo y poder escribir un libro. Sin embargo, por algún motivo, escucha con total nitidez las conversaciones que tienen lugar en la consulta de un psicólogo situada en el mismo piso. Al principio, se siente contrariada, sin embargo, las palabras de una paciente (Mia Farrow), sus dudas y confesiones, provocan que Marion haga un balance de su propia vida. Los temores de la paciente se iran materializando en la propia realidad de Marion, que nos narra con una voz en off tranquila y resignada, cómo se va desmoronando su mundo, cómo va descubriendo que las cosas no son como ella pensaba.

La película es sencillamente magistral. Una pequeña joya (apenas dura una hora y diecisiete minutos). Tiene una sensibilidad y una profundidad demoledoras. De esas películas que te dejan pegado al asiento, pensando en lo que has visto, asimilando que a veces uno puede llegar a descubrir que el mundo no es como cree, que es posible que uno se detenga a observar a su alrededor y descubra un entorno hostil donde creía ver armonía.
Los actores están soberbios. Ian Holm, Gene Hackman, Blythe Danner o Martha Plimpton están perfectos en sus respectivos personajes. Y la banda sonora, que incluye piezas de Mahler, Bach, Erik Satie o Kurt Weill. Y la fotografía de Sven Nykvist, el fotógrafo habitual de Bergman. Y es interesante la referencia al cuadro “Esperanza”, de Gustav Klimt: Hope (esperanza) es el nombre del personaje interpretado por Mia Farrow. Y esa última frase sobre si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se pierde. En fin, que es una película que he visto varias veces y que siempre me conmueve.

domingo, marzo 29, 2009

Presentación en Oviedo


La primera presentación de “Mapa mudo” y “Anónimos” tuvo lugar en la librería Bertrand de Oviedo, el viernes 27, a las 20:00 horas, tal como estaba previsto. Llegamos un poco ajustados de tiempo, atravesamos el Centro Comercial Espacio Buenavista casi a la carrera.

Todo el mundo fue muy amable. Nos habían preparado una pequeña mesa, con nuestros libros expuestos. Estuvimos arropados por José Luis García Martín, que inició el acto con unas palabras muy generosas. Lo cierto es que su presencia fue decisiva para que me sintiera un poco menos tenso, pues aquella situación era totalmente nueva para mí. Acostumbrado a acudir a las presentaciones como público, estar en ese momento en el otro lado, en el papel de escritor que ha de dirigirse a los asistentes, me resultaba extraño.

José Luis García Martín habló de cada uno de los libros, valorando la edición, en especial la combinación de dibujos y fotografías con los textos. Luego me pasaron la palabra y expliqué cómo se había producido la circunstancia de convertirme también en ilustrador y hablé un poco de los relatos que componen el libro, que han sido escritos en momentos muy diferentes, de la influencia del cómic, de lo que significa para mí escribir… A continuación, Hilario J. Rodríguez habló de su libro, un conjunto de historias sobre escritores que conforman un espacio imaginario que se materializa en un verdadero hogar, y lo hizo narrando una nueva historia, en este caso sobre Elizabeth Bishop, que mantuvo a todos los presentes expectantes y encandilados.
Luego firmamos ejemplares de los libros y estuvimos charlando con algunos asistentes. Me encantó poder conocer personalmente a Jorge Ordaz, buen amigo de este blog.
También firmamos en el libro de visitas de la librería Bertrand, cuyo personal se mostró sumamente amable en todo momento.
En resumen, una jornada memorable.
Maria Jesús, en su blog "Levanta la mirada", ha publicado imágenes de esta presentación. Pueden verlas aquí y aquí.

Las siguientes citas, en las que estaremos también acompañados por el editor de la colección, José Antonio López, serán:
-En la librería Babel de Granada, el día 15 de Abril, a las 19:00 horas.
-En Sevilla, en el Café “El Perro Andaluz”, el día 17 de Abril a las 20:00 horas, con la presencia en este caso de José María Conget como presentador.
Espero que podáis pasaros por allí.

viernes, marzo 13, 2009

Publicar
















Generalmente, a los escritores les suelen preguntar por qué escriben. Y las respuestas a esta pregunta suelen ser muy variadas, aunque siempre aparecen ligadas a una necesidad vital, incluso orgánica. Se escribe para entender el mundo, para sentirse vivo, para librarse de miedos y obsesiones, para encontrar un sentido a la existencia, para refugiarnos… En definitiva, quien escribe lo hace porque siente la necesidad de escribir, es la única verdad incuestionable, y tratar de aprehender la esencia que pueda esconderse detrás de esa necesidad parece una tarea condenada al fracaso. Y es que los motivos por lo que uno se dedica a una u otra actividad son incomprensibles y van ligados a los misterios que plantea nuestra propia naturaleza.
Sin embargo, hay otra cuestión: ¿por qué se publica? ¿Por qué alguien que escribe siente la necesidad de enseñar sus fantasías a los demás? Si uno escribe porque necesita escribir, dicha necesidad queda satisfecha con el acto mismo de la escritura. Entonces, ¿Por qué se publica?
La respuesta es evidente. Publicar es para el escritor la culminación lógica de su trabajo. Cuando llega el momento de publicar el primer libro, uno siente que está entrando en una nueva etapa, en la que los textos van por fin a desprenderse del autor. Y nada de lo que ha escrito antes parece tener ninguna relevancia al lado de lo publicado. Da igual que uno tenga escritos cinco libros en su casa, bien guardados en un cajón. Si publica uno, aunque sea con textos escritos diez años antes, ése será el primer libro. Y entonces, al publicar, uno se convierte de golpe en un nuevo autor.

Mi primer libro aparecerá en breve. Es un libro de relatos que se titula “Anónimos” y está ilustrado con dibujos de mi autoría, lo cual me produce doble entusiasmo. Se edita en la colección Vagamundos de la editorial Traspiés; una colección de libros ilustrados que están realizados con esmero, prestando especial atención a los detalles. Me pregunto si debería quitar la definición “escritor casi inédito” de la presentación del blog, aunque supongo que no lo haré, le he cogido cariño.
“Anónimos” coincide con la publicación del libro “Mapa mudo”, de Hilario J. Rodríguez, así que se presentarán los dos juntos. Nada me produce más ilusión, pues Hilario y yo somos amigos desde hace muchos años y fue él quien me animó a enviar mis relatos a “Traspiés”. Su libro es una pequeña joya, ilustrado con fotografías realizadas por él. Un libro metaliterario que se lee como un conjunto de relatos llenos de inteligencia, en los que Hilario juega con grandes escritores, se mete en sus vidas y en sus mentes, configurando un mapa de referencias que es, a fin de cuentas, el verdadero hogar del autor.

Habrá presentaciones de los libros y vamos a tener la oportunidad de estar en varias ciudades. La primera será en Oviedo, en la librería Bertrand, el día 27 de Marzo a las 20:00 horas.
Comienza una nueva etapa para mí y espero que me acompañen en este viaje. Creo que puede ser interesante asistir a las aventuras y desventuras de un autor intentado dar a conocer su libro en un momento en el que aparecen unos 65.000 títulos al año (10.000 arriba, 10.000 abajo).

Por cierto, hoy cumplo cuarenta y siete años. No podía imaginar un regalo mejor.

martes, marzo 10, 2009

El luchador


La historia de un antihéroe. Un hombre con cierto éxito y reconocimiento en el mundo de la lucha libre, un mundo en el que uno puede sobrevivir si es fuerte, incluso disfrutarlo, pero del que será excluido sin piedad en cuanto empiecen a fallarle las fuerzas. En ese momento se encuentra el personaje interpretado por Mickey Rourke, un momento de aceptación, de soledad, de pérdida, en el que se da cuenta de que no tiene nada, su falsa gloria ha terminado y ahora debe enfrentarse a la cruda realidad, debe aceptar su propia derrota y sobrevivir con ello.

Randy “El carnero” Robinson (Mickey Rourke) es una vieja gloria de la lucha libre, goza de cariño y reconocimiento en ese circulo, entre amigos y algunos seguidores, pero sabe que está en sus últimos momentos, que su cuerpo ya no aguanta como antes, que debe buscar otros asideros a los que aferrarse. Y lo intentará. Tratará de entablar una relación con Cassidy (Marisa Tomei), una bailarina de streap-tease por la que se siente atraído; también de retomar la relación con su hija Stephani (Evan Rachel Wood), reconstruir los puentes que puedan llevarle hasta ella, incluso buscar otro trabajo, como el de dependiente en la sección de carnicería de un supermercado. Algunas de las escenas en las que se esfuerza por atender a los clientes de dicho supermercado son de mis favoritas. Sin embargo, la naturaleza de Randy Robinson, su espíritu, es el de un luchador, y sólo así tiene sentido su vida, en la lucha.

Una película excelente. Sobre el momento en que uno comprende que debe abandonar ciertas cosas, incluso cosas que le apasionan, las que han dado sentido a su vida. Momento de renuncia, de declive, una película que nos dibuja unos personajes con sus claros y oscuros, de carne y hueso. Darren Aronofsky, director de “Pi”, “Réquiem por un sueño” y “La fuente de la vida”, consigue con “El luchador” (“The wrestler”) un retrato humanista y profundo que no puede sino conmover al espectador. La utilización de la cámara al hombro le da un aire documental y cercano a la vez.

La elección de Mickey Rourke se ha utilizado para establecer ciertos paralelismos entre el actor y el personaje que interpreta. También Rourke sabe lo que es caer, se vio obligado a interpretar patéticos papeles en películas de serie B, víctima de su carácter y de sus adicciones. Recuerdo cuando pasó por España, en una gira en la que boxeaba con un pobre hombre que se veía acabado. Rourke alardeaba de su afición por el boxeo y no parecía darse cuenta de lo ridículo y terrible que a la vez resultaba el espectáculo que ofrecía. Desde luego, éste papel le ha venido como anillo al dedo. Él mismo ha reconocido que le ha costado mucho tiempo entender por qué se empeñó en autodestruirse durante los primeros quince años de su carrera.

miércoles, marzo 04, 2009

La duda


Hay actores que sabemos que no nos van a decepcionar nunca. Es el caso de Philip Seymour Hoffman y Meryl Streep, por ejemplo, protagonistas de la excelente película “La duda”, que nos plantea dilemas morales y nos habla del bien y del mal, de la convicción y de la justicia.
El asunto va desplegándose ante el espectador con minuciosidad, marcando indicios en un sentido y en otro, detalles que nos perturban, actitudes que nos parecen despóticas si son injustas pero que no dudaríamos en reclamar si tuvieran razones fundadas. No debemos olvidar que, en muchas ocasiones, son las convicciones las que mueven el mundo, la fe ciega en algo, la confianza en uno mismo y la entrega intensa por lo que uno cree, posturas todas estas potenciadas y alabadas por la sociedad. Sin embargo, esta película nos hace ver que la verdad no siempre resulta evidente; es la duda la que se manifiesta con fuerza y ante la que nos rebelamos. La sensación que nos deja, el objetivo de John Patrick Shanley, autor y director de la cinta, es precisamente hacer ver que no se puede ignorar que una convicción no es, o no debe ser, motivo suficiente para justificar un veredicto, pese a que eso ocurre con más frecuencia de lo que nos gustaría admitir.

No he podido evitar recordar una película titulada “Indictment”, protagonizada por James Woods (otro actor infalible), que se basaba en el caso real de la familia McMartin que regentaba una escuela infantil y que fue falsamente acusada de llevar a cabo verdaderas orgías con los niños. Nadie puede superar una humillación de este calibre, ni siquiera la demostración de su inocencia ante un jurado podrá ya lavar su imagen.
En el caso de “La duda”, la acción transcurre en un colegio religioso en el Bronx, adscrito a la iglesia de San Nicolás, en el año 1964, una época de turbulentos cambios políticos y sociales en EE.UU. La hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep) dirige el colegio con férrea disciplina, fiel a códigos de conducta inamovibles e incuestionables. El padre Flynn (Philip Seymour Hoffman), por su parte, es un hombre carismático y sociable, abierto a los cambios, cuya flexibilidad chocará con la rigidez de la directora. El colegio acaba de admitir a su primer estudiante negro, Donald Miller, cuya integración no está resultando fácil, y para quien el padre Flynn es un apoyo fundamental. Será esta relación, vista por la hermana James (Amy Adams), que cree detectar en ella detalles que pueden llevar a conclusiones preocupantes, el detonante de una lucha, no por contenida menos encarnizada. Cuando la joven le confía a la hermana Aloysius Beauvier sus inquietudes respecto a la relación entre el padre Flynn y el alumno, las sospechas se convierten en certezas incuestionables.

Se suceden varios momentos de gran intensidad y emotividad, como la conversación entre la hermana Aloysius y la madre de Donald, la señora Miller (Viola Davis), o el magnífico sermón del padre Flynn sobre el poder de los rumores.
Basada en la obra de teatro del mismo título, ganadora del premio Pulitzer, “La duda” es una película milimétrica, en la que cada detalle tiene su razón de ser y cuyos diálogos son soberbios. Nos enfrenta a nuestros propios miedos y prejuicios, al modo en que pueden fundarse creencias por las que podemos llegar a luchar con convicción pese a que no se sustenten en nada tangible, tan solo en una sospecha o una duda.

miércoles, febrero 25, 2009

En las ciudades

En breve aparecerá el libro “En las ciudades” (Editorial Notorious - coordinado por Hilario J. Rodríguez), en el que he tenido el privilegio de participar. Es un libro que no pasará desapercibido, me parece a mí. No se puede decir que sea un libro de artículos, ni de cuentos, ni de cine, ni de viajes… pero, a la vez, sí es un libro de artículos, de cuentos, de cine, de viajes… En él aparecen ciudades reales, pero también alguna ciudad imaginaria. La relación de esas ciudades con el cine, cómo son percibidas a raíz de su tratamiento en las películas, examinado desde una mirada literaria. Un libro de lujo, a cargo de una nómina de autores destacados e interesantes entre los que me he colado. Cada uno se encargó de una ciudad. Yo escribí sobre Praga.

Más información en este enlace


La nómina de autores y ciudades es la siguiente:

-LOS ÁNGELES, de Hilario J. Rodríguez.
-BARCELONA, de Care Santos.
-BEDFORD FALLS, de Jordi Cantavella
-BERLÍN, de Julio José Ordovás.
-BUENOS AIRES, de Cristina Grande.
-CHICAGO, de Óscar Esquivias
-HONG KONG, de Pilar Adón.
-JERUSALÉN, de Francesc Miralles.
-LISBOA, de Fernando Sanmartín.
-LONDRES, de José María Conget.
-MADRID, de Lorenzo Silva.
-MÉXICO D. F., de Francisco Solano.
-NANTES, de Manuel Hidalgo.
-NUEVA YORK, de José Luis García Martín.
-PARÍS, de Eduardo Jordá.
-PRAGA, de Miguel Sanfeliu.
-ROMA, de José María Latorre.
-SAN FRANCISCO, de José Luis de Juan.
-TEHERÁN, de Nuria Vidal.
-TOKIO, de Alberto Olmos.
-LAS VEGAS, de Esther García Llovet.
-VENECIA, de Pilar Pedraza.

domingo, febrero 22, 2009

Lugares

Una de las posibilidades de un blog es abrir una ventana a paisajes que forman parte de uno mismo.

Valencia




Madrid



Oviedo



Gijón



Zaragoza



Tenerife

jueves, febrero 12, 2009

El hombre invisible

Recuerdo que ella me dijo que su padre había muerto. Creo recordarlo bien, aunque en aquel momento yo estaba desabrochando los botones de su blusa en el interior de mi coche y es posible que la memoria me esté jugando una mala pasada, pero no lo creo. Lo dijo claramente: muerto desde hacía varios años, de repente, un infarto o algo así; por eso me extrañó tanto verlo sentado en el salón de su casa cuando ella me invitó a subir a conocer a su madre. Un hombre más bien pequeño, calvo, de aspecto desvalido, sentado con las piernas muy juntas en uno de los sillones situados junto a la ventana y que me miraba como si me suplicase algo.
—Creía que tu padre había muerto —dije.
—Y así es —me respondió ella.
Y yo me quedé con una medio sonrisa en la cara, sin acabar de entender qué era lo que ocurría. Volví a mirar al hombre. Seguía allí, observándome con expectación.
—Siéntate, te traeré un café —me dijo Lidia.
Y yo no tuve tiempo de preguntarle quién era aquel hombre. No encontré las palabras apropiadas. La vi desaparecer tragada por la cocina y estuve un rato parado, de pie, pensando qué hacer, hasta que decidí acercarme a él y sentarme a su lado, en el sillón que quedaba libre.
—Hola —le dije.
Tardó un poco en contestar. Primero miró a nuestro alrededor por si había alguien más con nosotros y, al comprobar que estábamos solos, se inclinó un poco hacia delante.
—¿Puede usted verme?
Me sorprendió su pregunta. Se me ocurrió entonces que aquel hombre era en realidad un fantasma, el fantasma del padre muerto de Lidia a quien, vete a saber por qué, yo podía ver. Esta idea me puso nervioso.
—Sí —dije—, puedo verle.
Y pensé en ofrecerme como intérprete, por si quería decirle algo a su familia, o en preguntarle qué tal era la vida en el otro lado, si se encontraba bien, si era feliz, de algún modo, si necesitaba que fuéramos corriendo a una iglesia a rezar por él, no sé.
—Ellas dicen que no existo —me dijo casi en un susurro.
Una bola empezó a hacerse grande en mi garganta y tuve que carraspear.
—¿Cómo dice?
—Que ellas dicen que no existo. Hacen como que no me ven. Me ignoran. Es así desde hace tres años. Aún no sé por qué. Fue cosa de mi mujer. Ella fue la que me condenó a este estado ¿sabe?
Pero la verdad es que yo no sabía de qué me estaba hablando. No entendía nada de lo que decía.
—Fue hace tres años. Tres años llevo viviendo este infierno, joven. Tres años. Demasiado tiempo ¿no cree? —miró un momento por la ventana, como si rememorase algo, y luego volvió a mirarme y siguió hablando—. Todo por una tontería. Muy injusto, créame. Yo siempre he procurado que no les faltara de nada. No fue culpa mía perder el trabajo. ¡Claro que se me agrió el humor! ¿A quién no? A ver, dígame, si a usted le despiden después de veinte años trabajando en la misma empresa, dígame, ¿tiene ganas de estar riendo? Yo estaba que mordía, es cierto. Muy alterado, mucho. Saltaba por cualquier cosa. ¡Ala! El teléfono contra la pared, el plato de comida a tomar por culo, la silla a la mierda. ¡Todos a la mierda! ¡Todos! ¡A la mierda!
Miré hacia la puerta de la cocina, convencido de que Lidia saldría; o su hermana o su madre vendrían a ver qué pasaba, pero no apareció nadie, como si aquel hombre no estuviera gritando a pleno pulmón como un loco.
—Cálmese, por favor —dije.
—No se asuste, joven. Gritar es lo único que me queda. Y nunca me sirve de nada. ¿Ve como nadie me hace caso? De no ser por usted yo ya empezaba a pensar que era invisible. Lo han conseguido. Esta situación es horrible. Ella reunió a las niñas, delante de mí. Yo estaba aquí sentado, aquí mismo, como ahora. Y ella y las niñas sentadas alrededor de la mesa esta de aquí —señaló la mesa que estaba en el centro del salón, una mesa marrón oscuro, de madera—. Les dijo: niñas, vuestro padre ha muerto, se ha ido, ya no vive con nosotras. Y yo aquí. No se lo pierda. ¡Yo aquí mismo! Y ella diciendo que ya no estoy, que no existo. Yo pienso: ¿pero qué coño dice esta tía loca? Me levanto y le pregunto qué está diciendo a las niñas. Y ninguna me mira. Les grito. ¿Qué pasa aquí? Y ni caso, como si de verdad no me oyeran. Ni me miraban. Vamos, que ni me han vuelto a mirar ni a hablar desde ese día. No me ponen plato en la mesa, ni silla; como en la cocina, solo, las sobras que encuentro por ahí. ¿Se puede creer lo que le estoy contando?
—Pues, la verdad…
—Claro. No me extraña. ¿Quién puede creerse algo así? Si es que es de locos, es de locos. Yo hablo, me muevo por la casa, y nada, ni me miran. A veces me rebelo ¿sabe? Un día, al principio, me encerré en el cuarto de baño y estuve allí tres días, sin comer ni nada, para ver si me pedían que saliera, pero nada. No me dijeron nada. Las oía decir que el baño estaba estropeado y no sé cómo se las apañaron, pero ninguna habló conmigo. Al final salí de allí, claro. Tenía hambre. Luego he intentado varias cosas. Bah, tonterías. Ni se inmutan. Las empujo cuando nos cruzamos por el pasillo y siempre dicen que han tropezado con algo y pasan de mí. O les apago el televisor y ellas dicen que se ha estropeado y se van a otro cuarto. No sirve de nada. Esto es inaguantable. No es vida, se lo digo yo. Soy un muerto en vida. Un muerto en vida… Y sí, podría marcharme, claro que podría, pero no sé adónde ir ¿se lo puede creer? A veces bajaba a la calle y charlaba con algún tendero, para asegurarme de que todavía estaba aquí, para comprobar que había gente que podía verme. Pero ya no salgo. Quizá me he acostumbrado a ser invisible. No sé. Además, ella fue diciendo por ahí que dejaran de verme, que me ignoraran, y sé que algunos le hacían caso. Cada vez tenía que ir más lejos para encontrar a alguien que admitiese mi presencia.
El hombre empezó a sollozar y yo fui incapaz de animarlo. Nunca me había encontrado con una situación así. No sabía qué podía aconsejarle. Pensé en ponerle una mano en el hombro, pero entonces apareció Lidia con dos tazas de café, una para ella y otra para mí. Se sentó a mi lado, en una silla, y me sonrió.
—¿Qué tal estás? —me dijo.
—Bien, es sólo que no entiendo la situación de tu padre…
Ella se puso tensa.
—¿Qué quieres entender? Ya te dije que murió. No hay nada que entender.
—¿Y quién es este hombre, entonces? —dije señalando al sillón en el que estaba sentado.
—¿Qué hombre? ¡Por el amor de Dios! ¿Qué te pasa?
—Este hombre que está aquí sentado.
—¡Ahí no hay nadie! ¿Qué pretendes? Me estás asustando. Mi padre murió, ya te lo dije.
El hombre entonces empezó a decir que no estaba muerto, como una letanía, para molestar nuestra conversación.
—No estoy muerto, no estoy muerto, no estoy muerto…
Pero ella parecía no oírle. Cuando miraba hacia el sillón como yo le pedía, parecía no verle. Todo era muy extraño. Llamó a su madre, y a su hermana, para que me confirmaran que el hombre estaba muerto. Y ellas me lo confirmaron, claro. Una tragedia, dijeron. Murió de repente. No pudo superar su despido. Nunca hablaban de ello porque son recuerdos dolorosos.
—No estoy muerto, no estoy muerto, no estoy muerto…
Me contaron que estaba irascible, que la vida con él se volvió insoportable, pero no le guardaban rencor. Un día salió y ya no volvió, contó la madre. Murió en la calle, ésa era la versión oficial. Fue terrible, me dijeron.
Y el hombre seguía con su letanía.
—No estoy muerto, no estoy muerto, no estoy muerto…
Pero nadie le hizo caso. Tomamos el café tranquilamente y luego me marché.
La siguiente vez que visité la casa de Lidia, el hombre seguía allí, sentado en el mismo sillón, y su rostro se iluminó al verme, sin duda ilusionado ante la perspectiva de charlar con alguien. Pero hice como que no le veía. Me saludó y fingí no escucharle. Entonces agachó la cabeza y empezó a balancearse ligeramente, adelante y atrás, diciendo: «Me llamo Ricardo Sepúlveda Gutiérrez y no estoy muerto». Una y otra vez, como si rezara.
Lo ignoré por completo. A fin de cuentas, Lidia era una muchacha que me gustaba bastante.

Nota: Hace poco se publicó un artículo de Juan José Millás que se titulaba “Yo tampoco existo”. Hablaba sobre una campaña publicitaria que negaba la existencia de Dios. Se exhibía en autobuses de Cataluña. También en Inglaterra: “There is no god”. El artículo lo escribía inspirado por una fotografía en la que se veía a una muchacha luciendo una camiseta con este lema. En un momento dado, decía: Digo si usted fuera Dios, pero aunque usted fuera Ricardo Sepúlveda Gutiérrez, por elegir al azar un nombre de la Guía Telefónica, firmaría a gusto una campaña cuyo lema fuera “Ricardo Sepúlveda Gutiérrez no existe”. Ésa frase fue el detonante de este relato.

jueves, febrero 05, 2009

Cuatro veces fuego


Tropo es una editorial zaragozana que está haciendo una encomiable labor. Edita muy bien y está dando a conocer autores nuevos e interesantes. Uno de los últimos libros de esta editorial que he leído es “Cuatro veces fuego”, de Lara Moreno. Se trata de un libro de relatos, un libro muy especial en el que el lenguaje es el verdadero protagonista. Relatos que parecen largos poemas en prosa, que nos sumergen en un mundo que no es sino una metáfora de éste. Lara Moreno es también autora del libro de poesía “La herida costumbre” y ha seleccionado los poemas que componen “Aquí y ahora”.

En “Cuatro veces fuego” la autora avanza, entre sueños y fantasías, por un mundo un tanto surrealista y etéreo. Sus personajes se mueven despacio, se rozan, se miran, mantienen diálogos enigmáticos y se marchan dejándonos un tanto desamparados, deseando que nos cuenten más, con la evidencia de haber tocado la esencia del relato, incapaces de ver lo que hay detrás pero conscientes de la sensación que esa historia nos causa. Del mismo modo en que un poema consigue llegar a nuestro corazón sin que el intelecto pueda interceptarlo, estos relatos se nos cuelan por dentro y nos emocionan. Su universo encierra ecos del mundo desquiciado de Alejandra Pizarnik, de la elegancia estilística de Ángela Carter. Se trata de un libro que requiere un esfuerzo por parte del lector, y su complicidad para dejarse sumergir en esas historias de personajes desamparados, rotos. Cuentos en los que los personajes actúan de un modo ajeno a lo convencional, en los que se describen recorridos imposibles, sin principio ni fin la mayoría de las veces, momentos suspensos en un mundo que no es éste, aunque se le parezca bastante, un reflejo que nos envuelve y nos explica, con imágenes sorprendentes, lo que no somos capaces de ver.
En las narraciones de Lara Moreno tiene gran importancia la descripción de todo lo que los sentidos perciben del mundo que nos rodea, el modo en que nos hacemos una idea de cómo es nuestro entorno: el tacto, los sabores, los olores, la luz, los objetos… Esta fisicidad confronta con el estado emocional de los personajes, lo tangible y lo intangible, historias que podemos palpar y oler, salpicadas de humor y erotismo, los sentidos y los sentimientos. Nos encontramos en un mundo que queremos hacer nuestro, aprehenderlo, pero que siempre parece escurrirse. El cuerpo es nuestro límite.
Imágenes poderosas, perturbadoras a veces, como la de ese hombre metido en una caja, en una casa vacía (“La danza”); o la muchacha que salta por la ventana y recorre las calles de un pueblo en fiesta, con una manta en la cabeza y unos zapatos demasiado grandes(“Carnaval”); o esa mujer que enciende un cigarro en la calle, apoyada en un muro y con la falda bajada (“Durante horas”); la mujer que baja las escaleras con una sábana atada al cuello como una capa blanca de ser volador (“Paraíso y caos”); el hombre que viaja en tren con la boca llena de agua de mar (“Maneras de estar sediento”); el hombre que ata a su mujer a una silla para explicarle que se siente acabado (“Un hombre sentado a la mesa”)… Personajes de los que queremos saber más; escapan a nuestra comprensión y, sin embargo, nos dejamos seducir por ellos.
Un libro misterioso que nos engulle irremediablemente. Una autora a la que hay que seguir la pista.

viernes, enero 30, 2009

El horror

Dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo a la excelente novela "Tanguy", de Michel del Castillo:
Quien inventa el horror quiere magnificarlo para lograr un efecto del que no está seguro: quien lo ha vivido intuye que basta su simple enunciación para transmitir toda su naturaleza monstruosa, y tal vez siente también el pudor de no exhibir demasiado abiertamente sus heridas, y la necesidad de contener o domar todo el espanto de la memoria en una forma objetiva, casi impasible.

Pienso en el caso del llamado monstruo de Amstetten, un hombre llamado Josef Fritzl que mantuvo a su hija secuestrada en un zulo, construido bajo su propia casa, durante veinticuatro años, violándola sistemáticamente y llegando a tener con ella siete hijos, uno de los cuales falleció al poco de nacer. Los periodistas intentaron mostrar todo lo posible: las fotos del zulo, imágenes de la hija, del padre en prisión, de los hijos-nietos que habían crecido ajenos al drama que se vivía bajo sus pies… Y todo el mundo esperaba más: la presencia de alguno de esos hijos que habían crecido sin ver la luz del sol, o la entrevista en exclusiva de turno.
Parece que algo no se termina de demostrar si no se muestra completamente, y mejor si se puede exhibir con toda crudeza, de esa que obliga a advertir que “se puede herir la sensibilidad del espectador”. No hay mejor reclamo para que el espectador se quede clavado en la silla, dispuesto a comprobar si su sensibilidad resulta maltrecha por lo que va a ver.

No parece ser ésta la mejor forma de transmitir el horror. Alfonso Basallo, en su libro de cine “2001: La Odisea del Cine” dice que una simple insinuación, apenas apuntada, puede ser mucho más atractiva que una explicación (…) El poder de evocación de un gesto, de una mirada, de un paisaje, incluso de un objeto inanimado puede superar a mil imágenes. Ahí reside la superioridad del cine clásico sobre el comercial. El exceso de crudeza puede terminar por banalizar el hecho que se quiere contar.
La simple enunciación del número de años que había durado el encierro, volviendo al caso de Amstetten, ya cortaba la respiración. Pensar en las visitas del padre, en su violencia, en las violaciones… ya era demasiado. Y pese a todo, algunas de las fotos que más horror produjeron fueron las de ese tipo en bañador, en Tailandia, de vacaciones mientras sabíamos que su hija permanecía encerrada.

Jorge Semprún, en su libro “La escritura o la vida”, nos narra su experiencia en un campo de concentración alemán. Comienza hablando del día de la liberación y en lugar de intentar describirnos cuál era su aspecto en ese momento, opta por contar el efecto que tiene sobre la mirada de tres soldados que se fijan en él. Así comienza el libro: Están delante de mí, abriendo los ojos enormemente, y yo me veo de golpe en esa mirada de espanto: en su pavor. Muestra su preocupación por llegar a transmitir el horror de lo vivido: una duda me asalta sobre la posibilidad de contar. No porque la experiencia vivida sea indecible. Ha sido invivible, algo del todo diferente, como se comprende sin dificultad. Algo que no atañe a la forma de un relato posible, sino a su sustancia. No a su articulación, sino a su densidad. Sólo alcanzarán esta sustancia, esta densidad transparente, aquellos que sepan convertir su testimonio en un objeto artístico, en un espacio de creación. O de recreación. Únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad del testimonio.

miércoles, enero 28, 2009

Murió John Updike


Murió John Updike. Tenía 76 años. Murió a causa de un cáncer de pulmón. Eterno candidato al Nobel se marchó sin que se lo dieran, aunque lo merecía. Sí ganó el Pulitzer en dos ocasiones: 1982 y 1991; también el National Book Award; y otros importantes premios. Clásico indiscutible de las letras norteamericanas, autor de una extensa obra que incluye títulos como “Corre, Conejo”, “Parejas”, “Lo que queda por vivir”, “Un mes de domingos”, “El centauro”, “La versión de Roger”, “Brasil”, “La belleza de los lirios”, “El libro de Bech”, etc. Su última novela aparecida en España se titula “Terrorista”, pero al parecer estaba a punto de publicarse en EE.UU. un nuevo libro: “Las viudas de Eastwick”, continuación de “Las brujas de Eastwick”. Se le considera el cronista por excelencia de la clase media estadounidense y se le emparienta con John Cheever, con Sinclair Lewis, con Carson McCullers… El erotismo, la religión y la insatisfacción, tienen gran importancia en sus obras. También su faceta de crítico literario era muy apreciada.
La foto es de Robert Spencer para el New York Times, 2006, encontrada en la página Boston.com.

sábado, enero 24, 2009

Mostrar

El autor no debe nunca explicar cómo se sienten sus personajes. Este me parece un principio fundamental. Y una lucha constante. A veces uno se inclina a explicar las cosas demasiado. Y esto puede hacer zozobrar un texto.
Dice Medardo Fraile: “Ni una sola concesión al estilo para exhibir, fuera del tema, ingenio, humor o cualquier otro hallazgo inoportuno, poniéndose el autor en primer plano y asomando la oreja vanidosamente”.

El autor no debe inmiscuirse en la acción, hay que intentar que sean los personajes los que, a través de su comportamiento, indiquen lo que sienten o piensan.
No es suficiente con decir que Fulano estaba aterrado. El lector tiene que verlo correr, gritar, cómo le cae algo de las manos, como intenta colocarse cerca del cuchillo de la cocina, cómo sube los cristales del coche y baja los seguros…
No basta con decir que Mengano estaba triste. Hay que verlo hundido en su sillón, pasando los canales de la televisión sin ver ninguno, o asomado a una ventana, o parado dentro de su coche, o dando vueltas por el barrio hasta que se da cuenta de que se ha perdido.
Y algunas cosas sólo deben intuirse, como el dolor de una despedida:

Edna me rodeó con sus brazos y acercó sus labios a los míos. Percibí el perfume de su pelo, la suavidad de su piel. La abracé con fuerza. Luego ella se soltó, me miró a los ojos y dio media vuelta. Sabía que no nos volveríamos a ver. La vi alejarse calle abajo. Estuve allí parado, en medio de la acera, hasta que desapareció de mi vista.

En este párrafo, creo que aún se dan demasiadas explicaciones. Para que funcione, debería eliminarse también la frase “Sabía que no nos volveríamos a ver”. ¿O tal vez no?

domingo, enero 18, 2009

Trayecto literario

Hay veces, muchas veces, que los libros parecen salir a nuestro encuentro. No somos nosotros quienes los buscan, sino ellos quienes nos acorralan. Esto ocurre de un modo casi imperceptible, como consecuencia de la conjunción de diversas circunstancias, detalles que se confabulan de forma sorprendente en muchos casos.

A finales de Noviembre asistí al acto de presentación de la colección Vagamundos, de la editorial Traspiés, en la librería madrileña “El bandido doblemente armado”. Allí saludé a diferentes personas, entre ellas, alguien llamado Agustín que, cuando se marchó, me aclararon que se trataba de Agustín Cerezales. La noticia me dejó noqueado. No lo había reconocido. Agustín Cerezales, el hijo de Carmen Laforet, la ganadora, en 1944, de la primera convocatoria del Premio Nadal con su novela “Nada”. Agustín Cerezales es autor de varios libros, entre ellos un muy recomendable libro de relatos titulado “Perros verdes”, reeditado hace unos años por Menoscuarto. Un libro que no tenía y en cuya búsqueda me lancé sin remedio.
Lo encontré algún tiempo después, en Madrid. Y después de esto, marché a Asturias, a Oviedo, donde pasé las Navidades.

En Oviedo, mi cuñado me habló de una librería de viejo. Y allí fui, a echar un vistazo, a curiosear entre libros amontonados y en aparente desorden. Anduve un rato husmeando, maldiciendo no haber llevado las gafas, que al parecer se han convertido en imprescindibles por mucho que me empeñe en negarlo.
El caso es que un volumen llamó mi atención. Editorial Destino. “De oca a oca”, de Cristina Cerezales. Me sonaba el libro, pero lo tenía olvidado. Creo que es la única novela que había editado Cristina Cerezales.

La coincidencia me sorprendió. El apellido Cerezales parecía saltar frente a mí. Pero no compré esa novela. Tengo demasiadas lecturas pendientes y debo controlar un poco la compra de libros, así que me fui dándole vueltas al asunto.
Al llegar a casa, abrí el periódico, fui a la sección de Cultura y leí el siguiente titular: Los enigmas de Carmen Laforet, vistos por su hija. Cristina Cerezales ha escrito un libro sobre su madre titulado “Música blanca”.
Así que la colección “Vagamundos” me llevó hasta el libro “Música blanca”, que será el próximo libro que compraré.

viernes, enero 09, 2009

Vía Revolucionaria


Ahora que está a punto de estrenarse la película protagonizada por Kate Winslet, cada vez más espléndida, y Leonardo DiCaprio, a quien no acabo de imaginar en este papel, dirigidos por Sam Mendes, tal vez sea un buen momento para acercarse al magnífico libro en que se basa: un indiscutible clásico de las letras norteamericanas.


Recuerdo que una de las cosas que pensaba conforme iba leyendo “Vía revolucionaria”, de Richard Yates, era que así es como me gustaría escribir a mí. Primera sensación, por tanto: una envidia sana que me mantenía alerta ante los recursos que el autor iba desplegando página tras página. Su manejo del tiempo, la agilidad con que nos desplazamos a un recuerdo concreto del pasado y volvemos a la acción, y unos capítulos más adelante ese recuerdo se nos vuelve a hacer palpable por el simple hecho de intercalar un trozo de diálogo, entre paréntesis, fuera de lugar, tan sólo para hacernos recordar algún detalle. Magistral. Y el modo en que la voz del personaje se inmiscuye en la descripción, haciéndose más palpable, como en el siguiente ejemplo: «Sí, por supuesto, la gente cambia, se decía a veces; imagino que lo que pasa es que me vuelvo vieja».
Todo esto hace que la acción fluya con una naturalidad excepcional. Yates conduce la historia con mano firme, señalando aquellos detalles que son relevantes, dirigiendo con precisión nuestra mirada y presentando los hechos detallada e inexorablemente. Asistimos impotentes al deambular de los personajes, a su desorientación, a su desesperación en suma.
El libro nos cuenta la historia del matrimonio formado por Frank y April Wheeler, que se encuentran en ese momento de la vida en que uno empieza a asumir sus propios fracasos, y se esfuerza por aceptar el lugar que le ha tocado ocupar en la sociedad. Una sociedad en la que la búsqueda de seguridad y bienestar conlleva cierta alienación y conformismo, lo cual queda subrayado por el hecho de que Frank trabaje en el mismo lugar en que lo hizo su padre, por una ironía del destino, ya que no era eso lo que él deseaba. Sin embargo, parece aceptar las cosas con resignación y su rebeldía le empuja a buscar consuelo en brazos de una joven secretaria. April, por su parte, se opone frontalmente a aceptar que los sueños han terminado, que se han convertido en una familia de clase media dispuesta a aceptar la mediocridad con tal de mantener una casa con jardín, se revuelve y se le ocurre una solución: se trasladarán, con sus dos hijos pequeños, a París. Allí, ella trabajará mientras Frank intentará encontrar su verdadero destino. Tanto April como Frank tienen un concepto de sí mismos que les sitúa por encima de sus amigos y vecinos. Desde este planteamiento, Yates nos recordará que no siempre es posible escapar, que perseguir un sueño puede terminar convirtiéndose en pesadilla, que no hay lugar para las grandes gestas en ese mundo manufacturado y edulcorado que envuelve la muerte de las ilusiones. Nos introduce en el hogar de los Wheeler y luego revisa los rincones, levanta los muebles y nos muestra la mugre, con una actitud de pesadumbre, de tristeza.
Yates adopta una actitud como escritor que le emparenta con gente como John Cheever, Tobías Wolff, Lorrie Moore o John Updike, todos ellos capaces de encontrar sus grandes temas en la aparente banalidad de las vidas corrientes.

“Vía revolucionaria” acaba de ser editada por Alfaguara, que también tiene prevista la edición de otra novela de Yates titulada “Las hermanas Grimes”. Espero que no se detengan ahí y podamos disponer también de los relatos de este autor, de los que existe una edición inencontrable en Emecé-Argentina con el título “Once tipos de soledad”.