Hace unos días falleció Corín Tellado, una autora con una legión de lectores que siempre se quejó de no haber recibido ningún reconocimiento literario. Era una autora de novelas populares, de las que ahora identificamos con el término “pulp”, que es como se las conoce en Estados Unidos. Una literatura ligera, que se lee con facilidad, capaz de conmover a millares de personas, y que no tenía el cuidado estilístico como una de sus prioridades. Estas obras son también conocidas como “libros de consumo”, “novelas de quiosco”, “bolsilibros”, etc. Se trataba de obras que, por su destino comercial, tenían que ajustarse a una serie de condiciones entre las que no se encontraban precisamente la prosa elaborada o la profundidad psicológica de sus personajes. Las novelas de quioscos debían ajustarse a todos los tópicos del género en que se inscribiese cada título y derrochar acción y un estilo sencillo que se leyera con rapidez. Era corriente cambiar en los propios quioscos unas novelas por otras, sin tener en cuenta los títulos en muchos casos, pues todos prometían lo mismo a sus lectores: unas horas de evasión y emoción. Constituyeron un importante entretenimiento durante muchos años. Y tras ellas pueden encontrarse algunos escritores que dieron muestra de grandes aptitudes. Corín Tellado era todo un referente. También lo era José Mallorquí, creador de “El Coyote”. E incluso Marcial Lafuente Estefanía, un nombre indispensable en el género del western.
Se le debe reconocer a esa literatura de batalla el mérito de impulsar el hábito de la lectura, y ayudar a mucha gente a acercarse a obras de mayor calidad. Por otra parte, no me parece tarea fácil la de escribir una novela a la semana, y supongo que sólo la práctica y el oficio pueden ayudar a conseguir algo así. Algunos de los escritores que se dedicaban a esta tarea eran personas de amplia cultura y, seguramente, con posibilidad de abrirse camino cultivando otro tipo de literatura, si las circunstancias hubieran sido otras.
Unos autores que trabajaron la escritura de novelas con esfuerzo, con plazos de entrega abusivos, con la dedicación de un obrero, y que aún así supieron urdir tramas capaces de enganchar al lector. Muchos de estos escritores utilizaban pseudónimos que sonaban a nombres extranjeros, pues la editorial que publicaba dichas novelas tenía fundadas razones para pensar que un hombre llamado Silver Kane vendería más que Francisco González Ledesma, pese a que se trate de un autor cuya profesionalidad y valía está fuera de toda duda y que ahora, libre ya del esclavizador pseudónimo, sigue demostrando que es un escritor de probada solvencia, especialmente en el terreno de la novela negra. Incluso fue ganador del premio Planeta en 1984. Sobre este oficio escribe en su libro autobiográfico “Historia de mis calles”, unas amargas palabras: Luego comprendí, al cabo de los años, que con aquel trabajo había estado sometido a un aprendizaje de perro, y que le debo gratitud, porque me enseñó a narrar con una cierta facilidad, a buscar efectos, a dosificar las emociones y a crear personajes con alma. Me enseñó también a sufrir, porque pocos trabajos causan tanto sufrimiento como los del escritor vendido.
Pascual Enguídanos, considerado un clásico de la ciencia ficción española gracias, entre otras muchas obras, a su saga de los Aznar, utilizó también un pseudónimo: George H. White.
Otro de aquellos autores era Curtis Garland, nombre tras el que se encontraba el escritor Juan Gallardo Muñoz y cuyas memorias se acaban de publicar ahora bajo el título “Yo, Curtis Garland” (editorial Morsa). Este hombre había quedado finalista en un concurso literario con su novela “Mañana es demasiado tarde”, novela que posteriormente mutiló y convirtió en una más de sus historias de quiosco titulándola “Sin tiempo que perder”. En el artículo en el que encuentro este dato leo también una frase que me parece acertada: renunció a la literatura para hacerse escritor.
A. Thorkent era el pseudónimo de Ángel Torres Quesada, que sigue publicando libros con su verdadero nombre y tiene un merecido prestigio entre los entendidos en ciencia-ficción.
También era muy popular Clark Carrados, que se llamaba en realidad Luis García Lecha, autor de más de dos mil novelas, que falleció en 2005. Una de sus novelas fue llevada al cine en 1968 con el título “El secreto del capitán O’Hara”.
O Keith Luger, cuyo verdadero nombre era Miguel Oliveros Tovar. O Alf. Regaldie, pseudónimo de Alfonso Arizmendi Regaldie. O tantos otros.
Yo recuerdo que me gustaban mucho las historias que venían firmadas por J. Chandley, un nombre bajo el que se encontraba, según encuentro en una interesante web, una mujer llamada María Luisa Vidal Alfonso. También recuerdo los nombres de Kelltom McIntire (José León Domínguez Martínez), o Joseph Berna (José Luis Bernabéu López). Nombres desconocidos cuya carrera parece haberse diluido tras sus pseudónimos, escritores de pico y pala, sin tiempo para pulir sus textos pero con la imaginación suficiente para conseguir que mucha gente soñara, en una época en la que no era fácil hacerlo.
Agradecimiento.