jueves, septiembre 27, 2007

En Madrid también se vive en Oruro – Medardo Fraile


Se ha publicado recientemente, en Bolivia, una nueva antología de relatos de Medardo Fraile, y la responsable ha sido la editorial Correveidile, coordinada por el autor Manuel Vargas. Se trata de un volumen que reúne diecisiete relatos de Fraile, de los cuales catorce ya habían aparecido en la última edición de cuentos completos, “Escritura y verdad” (Ed. Páginas de Espuma), y los otros tres son inéditos: “Postrimerías”, en el que un hombre que cumple sesenta y ocho años se siente de pronto angustiado por el destino que correrán sus libros y papeles cuando muera, “Amor”, que expone de un modo cargado de humor la famosa dicotomía entre cerebro y corazón, y “El sillón”, en el que un objeto materializa los sueños y frustraciones de una familia.

Medardo Fraile es uno de los autores más importantes de cuantos han cultivado el relato, un renovador del género, un gran observador que nos cuenta grandes historias y nos presenta personajes inolvidables a partir de anécdotas mínimas, de momentos aparentemente intrascendentes.

Encontramos aquí algunos de sus cuentos más famosos, como “El Álbum”, “Mecanógrafa o reina” o el hipnótico “La camisa”. Y también relatos más recientes, cargados de humor, como “Defensa” o “Lecciones de inglés”, por citar unos cuantos.

Medardo Fraile reside entre Escocia y España. Tiene relatos suyos traducidos al inglés, francés, portugués, alemán, búlgaro, polaco, iraquí, árabe y coreano. Aquí, se editarán pronto sus memorias, que muchos esperamos con verdadero interés. Y no deja de ser curioso que su única novela, la que él escribió para demostrar que sabía hacerlo y conseguir que lo dejaran en paz, se titule “Autobiografía”, lo cual le impedirá titular del mismo modo este segundo trabajo de larga extensión.
Hay que celebrar la iniciativa de esta editorial boliviana, por ayudar a difundir la obra de un autor imprescindible.

domingo, septiembre 23, 2007

Proceso de averiguación

Dice Javier Marías en una entrevista (EPS 23-09-2007):

No acepto eso de que los libros le vayan conduciendo a uno o que los personajes se rebelen frente a la voluntad del escritor. Uno conduce el libro, faltaría más. Uno improvisa, uno decide. Tú decides siempre. A mí lo que más me gusta del acto de escribir es el proceso de averiguación. Yo averiguo la novela que estoy escribiendo y sólo la entiendo cuando la he terminado.

En esta respuesta ¿No hace Marías un enunciado para negarlo a continuación? Yo creo que cuando un escritor dice eso de que los personajes se le rebelan y empiezan a tomar decisiones, se refiere precisamente a eso que Marías llama “proceso de averiguación”. El personaje evoluciona y, de pronto, el escritor (por supuesto), se da cuenta de que la historia ganaría si en lugar de emprender el camino A, emprendiese el B, porque además podría unirse luego en el D, y etc. Desde luego, es el escritor quien decide, un personaje no tiene vida propia por muy buena caracterización que llegue a adquirir sobre el papel. Por eso yo entiendo la respuesta de Marías como una ironía.

El caso contrario es el del escritor que tiene absolutamente planificado el libro, sin cabos sueltos, y se dedica a escribir la historia, sin más, sin sorpresas, algo que a mí, particularmente, siempre me ha parecido más aburrido. Me gusta que la historia vaya adquiriendo su propio sentido, su lógica, que vaya creciendo y cogiendo fuerza, siempre como si se fuera a desbocar.

martes, septiembre 18, 2007

2ª Edición del Hay Festival en Segovia


Vuelve el Hay Festival a Segovia y vuelvo a hacer las maletas. Sí, me voy otra vez.
El Festival se celebra entre el 27 y el 30 de Septiembre. El programa se puede consultar en la página oficial. Yo llegaré el viernes 28. Ya tengo entradas para nueve de los eventos.

Estará Ian Rankin, Wole Soyinka, Hanif Kureishi, Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo, Javier Cercas, Juan Gelman, Rodríguez Mallo, etc.
Una cita que se va haciendo ineludible.

martes, septiembre 11, 2007

Don DeLillo y "El hombre del salto"

La editorial Seix Barral publica el último libro del autor norteamericano Don DeLillo, “El hombre del salto”, una novela ambientada en el atentado de Nueva York del 11 de Septiembre de 2001. Con este motivo, se publican artículos sobre este autor en revistas y suplementos.
Don DeLillo es uno de los nombres claves de la literatura norteamericana, con una sólida obra a sus espaldas y el reconocimiento expreso de autores de la talla de Paul Auster, quien incluso le dedica su libro “Leviatán”, una novela que empieza, precisamente, con una explosión, quizá porque DeLillo siempre se sintió atraído por el terrorismo y las conspiraciones.

Don DeLillo nació en 1936 y no empezó a dedicarse a la literatura hasta los dieciocho años, cuando un verano trabajó como vigilante de un parking, según leo en “El Cultural” de “El Mundo”. Es autor de una obra considerable y compacta que forma ya parte esencial de la historia de la literatura norteamericana, con novelas como “Ruido de fondo”, “Libra”, “Mao II”, “Submundo”, “Cosmópolis”… y ahora “El hombre del salto”.

En el artículo de Muñoz Molina que publica “El País” aparece la siguiente declaración de DeLillo:

Muchas veces mi punto de partida es una imagen visual. Una foto, cualquier cosa. En uno de mis libros era tan sólo la imagen de dos hombres desayunando juntos. En esta novela, la imagen era un hombre caminando entre una nube de humo, de polvo y ceniza. Por algún motivo era importante que llevara en la mano un maletín. Yo tenía una idea para otra novela, pero esta imagen del hombre caminando entre el humo persistía, así que tuve que ponerme a escribir sobre ella. Y la otra novela se desvaneció en la distancia, a medida que este hombre irrumpía en ella caminando. Cuando me puse a documentarme y miré periódicos de aquellos días vi una foto pequeña de un hombre con un traje y un maletín. No sé si se había quedado perdida en mi imaginación durante más de tres años, quizás no. Lo siguiente que comprendí fue que el maletín que ese hombre llevaba en la mano no era suyo. Y eso planteaba un misterio que yo tenía que resolver escribiendo. Así que empecé a escribir. Empecé a contar esa escena. Y como suele decirse, una cosa lleva a otra, y ese hombre se convirtió en alguien que tenía un propósito, que iba a alguna parte. Al principio de la narración él no sabe adónde va y yo tampoco lo sabía. Lo descubrí al mismo tiempo que él, al final del primer capítulo.

Es uno de esos párrafos que suponen, por sí solos, toda una lección sobre el arte de narrar.

“El hombre del salto” se incorpora pues a esa nómina de libros que toman como referencia el atentado del 11-S en Nueva York, libros como “Sábado”, de Ian McEwan, “Terrorista”, de John Updike, “Mundo espejo”, de William Gibson o “Windows on the World”, de Frédéric Beigbeder. Y lo cierto es que resulta sumamente interesante observar cómo un suceso de esa magnitud va siendo incorporado, lentamente, a la ficción, como reflejo del mundo o, mejor dicho, de cómo ha cambiado el mundo. Benjamin Kunkel, en su artículo “Ojos bien abiertos”, en el que se planteaba cómo había cambiado la visión del terrorismo en la literatura a raíz de la catástrofe de las Torres Gemelas, llegaba a decir: “La sobrecogedora nueva realidad del terror llevará a aquellos que se atrevan a conducir el tema hacia un excesivo literalismo por un lado o hacia la fábula por otro”. Yo creo que esta afirmación no está siendo confirmada por la realidad, aunque sí creo que puede ser aplicable a un suceso como el Holocausto, pese a escasas excepciones. En cualquier caso, estamos ante un buen indicador de cómo la ficción se alimenta de la realidad.

Sólo quiero recordar, por último, que los superhéroes de cómic fueron los primeros en estar ahí.

viernes, septiembre 07, 2007

De libros

Bajo el titulo “de libros” comentaré qué me llama la atención en mis paseos por las librerías. Puedo pasar muchas horas curioseando entre los estantes, descubriendo las novedades… Y saco un pequeño papel, doblado y vuelto a doblar, y apunto títulos y autores con la intención de ver qué se dice de ellos en los suplementos, buscar a los autores en internet o, simplemente, ir comprándolos poco a poco.

Septiembre es un mes de novedades y ya van saliendo títulos muy jugosos.

Por ejemplo, Anagrama acaba de sacar el último libro de relatos de Enrique Vila-Matas, que se titula “Exploradores del abismo”. El titulo me parece excepcional. Para mí, cada nuevo libro de Vila-Matas es un acontecimiento digno de ser reseñado.
En la entrevista que publica la revista “Qué Leer”, Vila Matas cuenta que el primer relato que escribió de los incluidos en el libro narra la insólita propuesta que le hizo la artista francesa Sophie Calle: “Me ofreció la posibilidad de escribir una historia que ella misma trasladaría a la realidad, ya que se sentía bloqueada. Es decir, que actuaría al dictado de lo que yo escribiera, siempre sin matar a nadie”. Es decir, una nueva vuelta de tuerca al juego que siempre lleva a cabo este autor entre la realidad y la ficción.

También encuentro otro libro que llama mi atención inmediatamente. Se trata de “Pura anarquía”, de Woody Allen, editado por Tusquets. Su último libro hasta el momento era “Perfiles”, cuya primera edición en España es de 1980. Hace unos años, Tusquets reunió los tres libros de cuentos del autor que existían hasta entonces (“Cómo acabar de una vez por todas con la cultura”, “Sin plumas” y “Perfiles”) en un solo volumen titulado “Cuentos sin plumas”. Los libros de Woody Allen son ingeniosos, están llenos de inteligencia y de sentido del humor, de frases chocantes, de despropósitos que se van acumulando de forma caótica. Los tres libros de Allen son, probablemente, los más desgastados de mi biblioteca.
Hasta tal punto llega mi vinculación con este hombre que, de hecho, tuve que comentar uno de sus textos en el examen de selectividad. Se trataba del titulado “A media voz… muy bajito”, incluido en “Sin plumas”, en el que ridiculiza como sólo él sabe hacerlo la teoría de que las obras de Shakespeare son en realidad obra de Christopher Marlowe. Una de las primeras cosas que se pregunta es que si Marlowe escribió las obras de Shakespeare, ¿quién escribió las de Marlowe? Bueno, fue algo muy extraño escuchar cómo todo el mundo procuraba reírse bajito en pleno examen.

Por último, en esta primera entrega, quiero decir que también encontré el libro de Antonia Romero, “Peso cero”, una novela sobre la anorexia que ya tengo en mi poder.


Ah, y como esto es un circulo vicioso que se retroalimenta, pues resulta que encuentro en la página de la editorial Anagrama que están a punto de salir libros de Paul Auster, Bill Buford, Belén Gopegui, Ricardo Piglia, W. G. Sebald, Sergi Pámies… Uf.
Y también el último libro de Don DeLillo, en Seix Barral.

domingo, septiembre 02, 2007

Uvas doradas

Acaban las vacaciones y, como siempre, parecen más cortas de lo que en realidad son.
Prácticamente un mes desconectado de la vida normal. Fuera de casa. Entre Asturias y la Sierra de Madrid. Salí huyendo del calor y lo he conseguido. He agradecido la semana de frío que pasé, con el jersey a cuestas.
Pero ya se acaba. Y la rutina la tengo a la vuelta de la esquina. Me quedan unos pocos días para volver al trabajo.
Con el fin del verano llega también la revista Clarín, que en su número 70 incluye un artículo mío titulado “Sobre ideas y cuadernos”.
El final de las vacaciones se ha presentado de un modo trágico. No sólo porque en Agosto se cumplen los aniversarios de la muerte de gente como Lenny Bruce, Elvis Presley, Groucho Marx o Lady Di, sino también por la muerte casi en directo del jugador del Sevilla Antonio Puerta, porque nos dejó la actriz Emma Penella, y porque también se fueron Grace Pailey y Francisco Umbral.
Hasta José Luís de Vilallonga se ha marchado a finales de Agosto.
También habría que añadir el goteo de muertos en las carreteras, del cual hemos sido puntualmente informados con paneles electrónicos.

Sobre Umbral se han lanzado tópicos a los cuatro vientos y hemos podido ver repetidas veces el divertido episodio del programa de televisión al que acudió a hablar de su libro. La verdad es que como homenaje me ha parecido un poco triste y casi burlón. Más significativas las ausencias que las presencias.
En uno de sus textos dice, refiriéndose a Baroja, que “a uno le gustaba más el personaje que el escritor”. Pues a mí con Umbral me pasa lo contrario, me gusta más el escritor que el personaje, debo admitirlo. Su personaje siempre me resultó antipático. Sin embargo, su calidad literaria creo que está fuera de dudas (pese a algunos títulos prescindibles), y por eso mismo hubiera merecido un homenaje un poco más serio.
Dicen que murió intentando dictar un artículo, y por este motivo sus últimas palabras han quedado fuera de contexto, cargadas de misterio: “Uvas doradas”. En cualquier caso, una bella imagen.

domingo, agosto 05, 2007

Hasta el horizonte


Cuando vio a lo lejos la silueta del tren, saltó de la silla en la que había estado encaramado y corrió escaleras abajo hasta la calle. Hacía calor. Corría tan aprisa que sus zapatillas deportivas llegaban a levantar tanto o más polvo que las ruedas del coche de su padre. Sentía el sudor bajo los despeinados cabellos de color rojo. El tren se acercaba con rapidez, y crecía. Daniel apretó el paso con determinación. Se impulsaba agitando los brazos adelante y atrás, con los puños fuertemente cerrados. Sólo quedaban unos metros. Algo le cayó del bolsillo, la pelota de goma seguramente, pero no se detuvo. Siguió corriendo con fuerza. El tren dejó escapar su temible grito; pero antes de que produjese el segundo, Daniel ya había brincado sobre el suelo de la estación. Levantó los brazos y se puso a saltar como si fuese un boxeador que acabase de ganar el combate de su vida.
El viejo Florentino, que salía con la gorra puesta y una bandera roja en la mano, se le quedó mirando y sonrió.
Las enormes ruedas de metal llegaron a cámara lenta y, al fin, se detuvieron. No había pasajeros en el tren, en su mayoría eran trenes de mercancías los que pasaban por el pueblo. Daniel sonreía y seguía saltando. Pero, de pronto, vio algo. Se quedó quieto. Un hombre saltó al suelo desde el último vagón. Daniel miró a Florentino y comprobó que éste no se había dado cuenta de nada.
El niño se despidió del jefe de estación y volvió al camino, despacio ahora, sin apartar la vista del forastero, que era grande y fuerte y se movía con cautela. Daniel se metió las manos en los bolsillos. El hombre vestía una chaqueta de pana, unos vaqueros y unas botas de lona. Tenía poco pelo y barba. Entraron en la calle principal del pueblo, uno detrás del otro.
Su padre le había dicho una y mil veces que no se acercara a los desconocidos; y le había contado, una y mil veces también, el trágico suceso del hijo de los Juárez, no de éstos, pues la historia era antigua, sino de la generación anterior. El caso es que ese niño (que sería, si lo había entendido bien, tío de su amigo Juan Juárez) se subió en el auto de un forastero y desapareció de repente. Todo el pueblo se revolucionó y se organizaron batidas para buscarlo, pero nunca volvió a saberse nada de él. Era una historia que le asustaba mucho. Pero, por muchas vueltas que le diese, no iba a dejar de seguir a aquel extraño personaje.
Llegaron hasta el bar de Eutimio. El hombre se sentó en una mesa. Daniel se acercó a una de las máquinas y metió una moneda en la ranura. Una bola metálica apareció en el pasillo de salida y la empujó con el taco correspondiente: primero tiró de él hasta comprimir el muelle al máximo, luego lo soltó y la bola salió al terreno de juego, bing‑bang‑bing, luces y puntos en el marcador. El hombre pidió una botella de vino y un filete. El niño empujaba la máquina y hacía fuerza con las caderas pero, de vez en cuando, miraba de reojo al desconocido. Una de las veces, sus miradas se cruzaron y a Daniel le dio un vuelco el corazón y apartó la vista enseguida. Era pronto y en el bar apenas había un par de personas más aparte de ellos.
Las monedas se terminaron y la máquina guardó silencio. Al hombre todavía le quedaba mucha comida en el plato y Daniel se preguntó qué podía hacer para no llamar la atención. Comenzó a caminar entre las mesas, pensativo, balanceando las piernas, remolón, acariciando los respaldos de las sillas con los dedos. Podía esperar fuera hasta que lo viese salir, pero no quería perderlo de vista, ya que si por casualidad, aunque no era probable, el forastero se percataba de que le estaban siguiendo, podía escurrirse por la puerta trasera y darle esquinazo. Pasó junto al hombre, casi le rozó la enorme espalda, y se detuvo sin mirarlo. La mente se le quedó en blanco súbitamente. Y sin darle más vueltas al asunto se sentó en la misma mesa y quedaron frente a frente.
El hombre miró al muchacho con curiosidad y dejó de masticar un momento. Arrugó las cejas, pero no dijo nada. Llenó hasta arriba su vaso de vino y continuó triturando el filete entre sus dientes.
‑Le he visto bajar del tren ‑dijo el niño.
El hombre no contestó.
‑No llevaba billete, ¿verdad?
De nuevo sus ojos claros y pequeños se dirigieron al muchacho pelirrojo y otra vez interrumpió su comida y dejó el cubierto sobre la mesa, con fuerza, y una imagen entró en su cabeza con el ímpetu de un toro. Un fogonazo. Otro niño, varios años antes, preguntándole: "¿tienes los billetes, papá?" Era en la puerta de un teatro y él se rebuscaba en todos los bolsillos.
‑Le vi saltar desde el último vagón.
"Venga, papá, va a empezar la función". Su mujer le miraba y sonreía. "Deberían estar por aquí", decía él, y le guiñaba el ojo a su esposa. Le encantaba verla reír. "Deja de hacerle rabiar". Y ésa fue la señal para poner fin al juego. "¡Tatachán!", y los billetes en la mano.
‑Le he seguido porque creo que usted se ha escapado de la cárcel ‑prosiguió el muchacho‑. Eso, o es un espía.
Ocurrió algo de pronto, antes de que entrasen en la sala. Un gran estruendo. Y una fuerza invisible le levantó del suelo. Gritos, cristales rotos, un latigazo de calor y dolor, confusión, objetos cayendo, una nube... Al principio creyó que estaba muerto.
‑¿Por qué no te vas a jugar y me dejas en paz?
‑Es un fugitivo, ¿a que sí?
Se bebió de un trago el vaso de vino y volvió a llenarlo. Pensó que en el fondo aquel niño tenía razón.
‑SÍ, soy un fugitivo. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Delatarme?
Daniel pareció meditar.
‑No sé ‑dijo.
‑Si lo haces, no podré seguir mi viaje.
Pensar en la interrupción de su viaje, aunque fuese sólo como un juego, le puso triste y le hizo recordar su casa, ahora vacía. No podía volver allí.
‑Mira, me he acostumbrado a vivir en los trenes, a respirar el metal, a dormir arrullado por su traqueteo. En un tren, me siento libre y puedo respirar.
‑Yo nunca he subido en el tren ‑dijo Daniel.
‑Yo abandoné mi hogar y mi trabajo, subí en el primer tren que encontré y de ése pasé a otro y a otro, siempre adelante, dispuesto a llegar hasta el horizonte, hasta el fin del mundo.
‑¿Y tu familia?
El aire se volvió espeso.
‑Yo no tengo familia. ¿Quieres un helado?
Se pusieron en pie. El hombre pagó su comida y le compró un cucurucho al muchacho. Luego, salieron a la calle. El calor aturdía y el exceso de luz les obligó a arrugar los ojos. Comenzaron a andar despacio. El niño le cogió la mano.
‑No le delataré, pero quiero ver cómo lo hace.
‑¿El qué?
‑Subir a un tren sin que le vean.
Accedió. A fin de cuentas, ya había comido y nada más tenía que hacer allí. Sonrió al darse cuenta de que se encontraba más a gusto sobre un vagón en movimiento que sobre tierra firme.
Fueron hacia las afueras de nuevo. Por el camino, Daniel encontró su pelota de goma y se la guardó en el bolsillo. Caminaban como dos amigos y el hombre experimentaba una extraña sensación al notar la mano del niño entre la suya. Llegaron a la estación, la rebasaron, cruzaron las vías y siguieron adelante hasta unos árboles que Daniel conocía como "el bosque".
‑Este será un buen sitio para esperar sin que nos vean.
‑Si ‑admitió el hombre‑.¿Cuándo pasará el próximo tren?
Creía que no iba a tardar mucho pero, en realidad, no lo sabía; y le dio miedo decírselo al Fugitivo.
‑A veces vengo aquí con mis amigos y le tiramos piedras a los trenes.
‑Tendré cuidado a partir de ahora.
A pesar de la sombra, el calor seguía siendo fuerte. No se escuchaba ningún pájaro. Por un momento, una leve brisa pareció mover las hojas, pero se detuvo enseguida, sin fuerza. El hombre se recostó sobre uno de los troncos y miró al pueblo, semienterrado a lo lejos. Otro pueblo más del que desconocía el nombre. Daniel cogió un saltamontes y se lo enseñó y luego le arrancó las patas traseras y lo dejó en el suelo.
‑Yo antes trabajaba en una oficina, ¿sabes? Era cajero.
Se escuchó un silbato a lo lejos. El hombre se irguió. El niño mató al saltamontes con el pie. Y los dos miraron hacia la estación.
‑Ya está ahí ‑susurró el muchacho.
La enorme máquina se detuvo junto al andén.
Daniel miró al hombre, le miró la cara redonda, los ojos, la nariz chata, las arrugas, la piel morena, la barba encanecida. Luego le miró los hombros, ligeramente encorvados, y las manos y los largos dedos. Escuchó de nuevo el sonido del tren. El fugitivo se puso en pie, le revolvió el pelo y le sonrió. Entonces echó a correr. Sus movimientos eran torpes. Parecía hundirse en el polvo un poco más a cada paso. Avanzaba como un oso herido. Por fin, llegó junto a la vía, localizó un vagón abierto y saltó hacia él con determinación.


Hasta pronto. Comienzo mis vacaciones y no sé si podré hacer alguna incursión en el blog durante el mes de Agosto. Espero que os guste este relato. Os recomiendo también que visiteis esta dirección. Sé que dejo muchas cosas pendientes, pero la parada es necesaria. Un abrazo.

miércoles, julio 25, 2007

La vida de los otros


“La vida de los otros” ganó el oscar a la mejor película extranjera de 2006. Se trata de una película alemana de escaso presupuesto, con un guión muy atractivo y unas interpretaciones capaces de pegar al espectador al asiento y retenerlo ahí durante todo el metraje. Ha sido dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck, un director desconocido que debuta en el cine de un modo brillante con esta producción.
El protagonista de la historia es el capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), un profesional agente de la famosa Stassi, la policía secreta alemana de la antigua RDA. Su trayectoria es intachable, su seriedad está fuera de toda duda, lo que parece indicar que se trata de la persona ideal para encargarse de una misión un poco delicada: espiar a la pareja formada por el prestigioso escritor de obras de teatro Georg Dreyman (Sebastian Koch) y la famosa actriz, Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck). Se establece todo el dispositivo técnico necesario: se camuflan micrófonos en los lugares más insospechados, se cablea todo el apartamento y se establece un puesto de control en un piso franco situado justo encima del apartamento de la pareja. Y así comienzan a pasar los días, con la rutina de una pareja de artistas que no quiere meterse en política y entienden que el sistema se defienda de los elementos que intentan erosionarlo, y unos hombres silenciosos, como sombras, que pasan horas y horas espiando esas vidas ajenas, como espectadores ocultos que rastrean cada frase en busca de un fallo, una prueba de la deslealtad de los vigilados.
Sin embargo, lo que ocurre de un modo gradual es que el propio capitán Wiesler empezará a sentir una profunda empatía con la forma de pensar, especialmente, del dramaturgo. De este modo, cuando al fin Dreyman sienta deseos de rebelarse, Wiesler comprenderá que esta reacción está tan justificada que incluso se involucrará personalmente, poniendo en riesgo su carrera.
No se trata de un film que necesite apelar a la espectacularidad para mantener la tensión, pues dispone de un buen guión y, muy especialmente, de un excelente trabajo actoral, en el que cabe destacar a Ulrich Mühe, un actor capaz de transmitirnos toda la fuerza de sus emociones, sin grandilocuencias. Sin apenas cambiar la expresión de su rostro, consigue reflejar la tensión, el miedo, la emoción del personaje.
Es una película muy interesante, a la que el único inconveniente que se le puede poner reside en lo esquemático de su planteamiento, pese a que este funciona muy bien a nivel dramático. Es posible que, como se ha dicho, no fuera necesaria esa cercanía física entre espía y espiado a la hora de investigar a alguien, pero no cabe duda de que esa proximidad acrecienta la intensidad de la relación que se establece entre ellos.
Acabo de conocer, alertado por un comentario de Laura Díaz, la muerte de Ulrich Mühe, a los 54 años de edad, a causa de un cáncer de estómago.

domingo, julio 15, 2007

Después de la revolución


Con este impactante titulo, acaba de aparecer el estudio que sobre la cinematografía de los hermanos Taviani ha llevado a cabo Hilario J. Rodríguez, el primero que se escribe en nuestro país sobre estos importantes realizadores italianos, a quienes se les rindió homenaje en el pasado festival internacional de cine de Huesca, al que acudieron para recibir el premio “Luís Buñuel”.

Los libros de cine tienen una característica peculiar. La aventura que nos proponen no se acaba con la lectura de los mismos, sino que se puede decir que es entonces cuando empieza. Generalmente, suponen una puerta a otro tipo de experiencia: el visionado de determinados films. El libro de Hilario repasa de un modo exhaustivo todas las películas de los hermanos Taviani: “Padre padrone”, “Allonsanfan”, “Good morning, Babilonia”, “Kaos”, “La noche de San Lorenzo”, “El prado”, “Las afinidades electivas”, “La casa de las alondras”, etc. Y lo hace con su peculiar estilo, derrochando erudición de un modo ameno, mezclando su propia experiencia con datos históricos, y narrándonos los temas fundamentales de los protagonistas de su estudio como si nos estuviera ofreciendo una novela.
Resulta evidente que este libro lleva un tremendo trabajo de documentación, lo que le da una densidad considerable. La prosa de Hilario Rodríguez se alterna con las palabras de los propios realizadores toscanos, recogidas en la mayoría de los casos de entrevistas aparecidas en distintas publicaciones, creando una sensación de diálogo, de encuentro entre amigos, que hace aún más interesante la lectura.

Las películas de los hermanos Taviani, nos dice Hilario, jamás han dejado de indagar en las posibilidades del cine como mecanismo fabulador y como laboratorio de formas.
Y eso mismo hace este libro, indagar en la obra y la personalidad de los Taviani, reuniendo toda serie de informaciones, dedicando incluso un capítulo a lo que han dicho otros críticos, salpicando todo el recorrido con interesantes reflexiones que ponen de manifiesto la erudición del autor, que fluye de un modo natural, sin pedantería ni amaneramientos.

Quiero mencionar también que al final del libro se nos ofrece un breve “Diccionario Taviani del audiovisual”, compuesto con fragmentos de declaraciones hechas por estos directores a lo largo del tiempo y referidas a su propia concepción del cine. Podemos encontrar frases como las siguientes:
El cine es una divertidísima máquina de hacer trucos.
El aburrimiento es el enemigo más peligroso de toda forma de espectáculo.
Nosotros estamos a favor de los exagerados.
No nos cabe duda de que un elemento que deberíamos mantener siempre en nuestro quehacer cinematográfico es la ironía.
La verdadera autonomía de una obra: la claridad en la simplicidad.


El libro “Después de la revolución” está bellamente editado, al igual que el otro título que la editorial Calamar acaba de sacar al mercado, “Pilar Miró, directora de cine”, enmarcados en la colección “Huesca de cine”. Ambos tienen una presencia y una composición que invitan a sumergirse en ellos, en sus letras y en sus cuidadas fotografías.

martes, julio 10, 2007

Nuevo empleo

El trabajo dignifica. Uno no debe nunca avergonzarse de ganarse la vida honradamente. Y yo nunca hice daño a nadie. Nunca. Siempre intenté tomar las decisiones correctas, aunque a veces las circunstancias parecen empeñadas en ponerme la zancadilla.

Cuando me echaron del trabajo sabía que, a mi edad, ya me sería difícil encontrar un buen empleo, así que desde un primer momento supe que tendría que aceptar cualquier tipo de trabajo, y este no es de los peores, eso lo sé, por muy incómodo que me sienta, especialmente hoy, cuando veo a mi hijo dirigirse hacia mí.

Mi hijo tiene cinco años y espero que algún día llegue a ser una persona que pueda mantener a su familia sin estrecheces. Con eso me conformo. No quiero que gane el premio Nobel ni ninguna estupidez semejante, sólo quiero que pueda vivir con comodidad, y no es poco, lo puedo asegurar. Es un buen chico y, cuando me veo en sus ojos, que brillan como si fueran capaces de mirar en mi interior, siento que no merezco su admiración. Es normal que un niño admire a su padre, pero yo no lo merezco.

Ha debido venir con el colegio. Sí, veo a su profesora, que no parece haberme reconocido. Admito que siento vergüenza y que me gustaría poder huir, pero no puedo, debo permanecer aquí sentado, viendo cómo mi hijo se acerca, hasta que le llega el turno y se sienta en mi rodilla y me dice: “Santa Claus, ¿sabes que usas la misma colonia que mi papá?”

jueves, julio 05, 2007

El hombre de hielo

La editorial Edaf acaba de sacar un libro titulado “El hombre de hielo”, escrito por Philip Carlo. Se trata de una biografía de Richard Kuklinski, un asesino a sueldo despiadado que llevaba una doble vida como esposo y padre de familia.


Casualmente, tengo grabada una entrevista que le hicieron a Kuklinski en la prisión estatal de Trenton, New Jersey, y que fue emitida por el programa “Documentos TV” hace unos años.

Kuklinski se muestra frío, habla despacio y, a veces, muestra una leve media sonrisa. Da muestras en varias ocasiones de un humor sarcástico y negro. Fue acusado de asesinato múltiple y condenado a cadena perpetua el 25 de Mayo de 1988, finalizando así una carrera criminal que duró más de treinta años. Cuando le preguntan cuánta gente ha matado, se queda pensando un rato y, aclarando que se trata de un cálculo aproximado, dice: “más de cien”. Dice que esto no le preocupa en absoluto, que no le produce ninguna sensación en ningún sentido. Entonces el entrevistador le pregunta si alguno de sus crímenes le persigue y él contesta: “Nada me persigue. No pienso en ello. Si pensara en ello terminaría haciéndome daño a mí mismo”.

Utilizó los métodos más variados. Cuando salía de casa solía llevar tres pistolas y un cuchillo. Nunca creyó tener elección y llega a decir que, en realidad, le hubiera gustado ser distinto y tener una actitud mejor en la vida. Pero cuesta creerle.

Tuvo una infancia infeliz. Sus padres le pegaban. Aunque se crió en el catolicismo, se dio cuenta de que no creía en ello. De niño se metían con él, hasta que descubrió que era mejor dar que recibir y que si haces daño te dejan en paz.
En 1960 conoció a la que se convirtió en su mujer, Bárbara Pedrin, con la que tuvo tres hijos y que lo define como un hombre romántico y un buen padre. Dice que enterarse del trabajo real de su marido fue una conmoción, que no podía imaginarlo siquiera, aunque reconoce que no le hacía preguntas cuando tenía que salir de casa por motivos de trabajo.
En la solapa del libro se cuenta que tenía ataques de furia y que le decía a su hija Merrick que si alguna vez mataba a su madre, luego tendría que matarles a ellos también, para no dejar testigos, aunque le decía que a ella sería a la que más le costaría matar. Desde luego, en la entrevista que estoy comentando no se deja entrever ningún episodio violento dentro de la familia, pero al parecer sí que tuvieron lugar.

Ganaba mucho dinero. Por un “trabajo” cobraba al menos cinco cifras “tirando más a la mitad de arriba”. Cuenta que, en cierta ocasión, un hombre suplicaba, “por favor, por Dios”, una y otra vez, así que le dijo que le daba media hora para rezar y que si Dios bajaba, le daría el plazo que pedía… Pero Dios nunca se presentó… Y eso fue todo… Y, por fin, reconoce: “No estuvo muy bien. Es algo que no debería haber hecho”.


En realidad, admite que lo que más le gustaba era estar en casa, con su familia. Se muestran escenas de videos caseros, escenas normales de una familia feliz. Era como si llevase dos vidas diferentes. Su intención era mostrarles a sus hijas “el lado bueno de la vida, no el malo”.

Cuenta que una Nochebuena tuvo que salir a cobrar una deuda. El tipo no quería pagarle, así que lo mató con una pistola. Estaban dentro de un coche y le disparó. “Fue muy ruidoso, me estuvieron pitando los oídos un buen rato”. Luego regresó a casa y se puso a preparar los juguetes de Navidad para los niños. En la televisión dijeron que se trataba de un asesinato relacionado con la Mafia. “Aquella fue la primera vez que supe que estaba relacionado con la Mafia”, sonríe. El entrevistador le pregunta cómo se sintió y él se queda un momento en silencio, como pensando, y al fin dice: “Estaba enfadado porque no podía montar el maldito vagón”.

Su mujer, en un momento determinado, dice: “Somos la familia de Richard Kuklinski y ya no somos nosotros mismos”.

El apodo de “Hombre de Hielo” se lo ganó por el hecho de congelar algunos cuerpos con el fin de despistar a la policía sobre el momento en que cometió los crímenes. En 1983 mantuvo el cuerpo de Louise Masgay congelado durante dos años, pero cuando lo encontraron, se dieron cuenta de que había hielo en su interior. Fue un error. Si hubiera esperado unas horas más nadie se habría dado cuenta de lo que ocurría.

Pero lo cierto es que, con cincuenta años, Kuklinski se sentía cansado y comenzó a cometer errores. También era más despiadado. Mató a varios de sus socios. La policía sospechaba de él y el agente Dominick Polifone, consiguió infiltrarse y reunir pruebas en su contra. El motivo que dio para sus crímenes fue que se trataba de “cuestiones de negocios”.

Reconoció que no había muchos métodos de asesinar que no hubiera probado. El que le parecía más eficaz y “limpio” era el cianuro. Lo había utilizado de todas las maneras posibles. “¿Alguna vez utilizó una sierra eléctrica?”, le pregunta el entrevistador. “Para matar no, para cortar un cuerpo con el fin de deshacerme de él, sí”. “¿Y qué sentía? ¿Qué sentía al cortar un cuerpo humano?”. Kuklinski se encoge de hombros y dice: “Es sucio”.

Al final de la entrevista, por fin, Kuklinski se derrumba. Ha conseguido mantener una distancia segura con los hechos, con su narración, incluso ha sonreído en varias ocasiones, pero al fin, dice: “Nunca he lamentado nada de lo que he hecho, excepto hacer sufrir a mi familia. Eso es lo único que lamento. No busco el perdón y no me arrepiento…” Se queda un momento en silencio y rectifica: “No, no es verdad. Quiero que mi familia me perdone”. Aquí se emociona y respira hondo. “No podré terminar esto. Nunca me había pasado. Este no soy yo. Sufro por mi familia. El Hombre de Hielo llorando, no es algo muy macho. He herido a personas que lo son todo para mí. Las únicas personas que significaron algo para mí”.

Richard Kuklinski falleció en prisión, el 6 de Marzo de 2006, a los 81 años de edad.

En YouTube se puede encontrar esta y otra entrevista en varias partes. Yo dejo aquí un montaje con algunas imágenes de este hombre.



lunes, julio 02, 2007

Sobre la lectura

Mientras leía este pequeño libro, me iba provocado las mismas sensaciones que en él se iban describiendo. Desde luego, no es otra la magia de la literatura. "Sobre la lectura" es el prefacio que Proust escribió para su traducción de "Sésamo y lirios" de John Ruskin, según se nos informa en la solapa.

En sus 68 páginas Proust nos habla del placer de leer, de ésa ansiedad que todos hemos experimentado ante la perspectiva de continuar la lectura de un libro interesante. Nos habla en primer término de los sitios en los que leía, no nombra títulos o contenidos en esta primera parte, sino los lugares donde se instalaba, "cerca del pequeño fuego de troncos", donde era interrumpido por la cocinera cuando entraba para colocar los cubiertos en la mesa, y finalmente por sus padres cuando le dirigían la frase fatal: "venga, cierra ya el libro, vamos a comer"; o en su habitación, que describe con detalle, o en el parque, a un kilómetro del pueblo, escondido en cualquier enramada donde "el silencio era profundo, el peligro de ser descubierto casi nulo, la seguridad la hacían todavía más dulce los gritos lejanos que, desde abajo, me llamaban en vano". Para terminar esta primera parte hablándonos de la frustración que representa el final del libro: "Aquellos seres a los que habíamos prestado más atención y ternura que a las personas de carne y hueso, no atreviéndonos nunca a confesar hasta qué punto los amábamos, e incluso cuando nuestros padres nos sorprendían leyendo y parecían reírse de nuestra emoción, cerrando el libro con una indiferencia afectada o un aburrimiento fingido; aquellas personas por las que habíamos temblado de emoción y sollozado, no volveríamos a verlas, no volveríamos a saber ya nada de ellas".

Después de esta primera parte, nos habla Proust por primera vez de Ruskin y de sus conferencias y de las teorías que en ellas se contienen, para seguidamente proceder a refutarlas. Mientras Ruskin sostiene que la lectura es "una conversación con hombres mucho más sabios y más interesantes que todos aquellos que podemos tener la ocasión de conocer en torno nuestro", Proust nos dice que "la lectura no puede compararse sin más a una conversación". En esta segunda parte sí que nombra a autores como Gautier, Maeterlink, Shakespeare, Schopenhauer, Molíere, Víctor Hugo o Balzac, pero lo hace de pasada, apoyándose en ellos para demostrar que la lectura nos produce un estímulo que proviene de otra mente, quizá muy lejana en el tiempo, pero que recibimos en perfecta soledad y se instala en nuestro interior enriqueciendo nuestro conocimiento, siempre que no caigamos en los peligros que nos tiende la simple erudición. Finalmente, hace una defensa de los libros clásicos afirmando que "la preferencia de los grandes escritores recae en los libros antiguos".
"Sobre la lectura" es un libro denso que destila amor a la literatura, un libro breve que provoca el placer que describe. Una pequeña joya cuyo rescate se agradece.

viernes, junio 29, 2007

Un extraño encuentro

Me encontraba en una macro-librería, hojeando el libro de Amos Oz, “La historia comienza: ensayos sobre literatura”, cuando alguien se me acercó y me preguntó si conocía a ese autor. Se trataba de un hombre joven, muy amable, con la cabeza rapada y ciertos ademanes nerviosos. Me explicó que él había leído una novela corta de Oz y que le había dado la impresión de que yo tenía cierto “olfato” para los libros. Yo quedé extrañado, pero le presté atención. Me dijo que, de esta forma, alguien le había recomendado una vez a Ismael Kadaré y me preguntó por algún libro realmente interesante. No sabía muy bien qué decirle, le hablé de Vila-Matas, de John Updike… Y él me explicó que uno de sus autores favoritos era Philip Roth. A su juicio, la mejor obra de Roth era “El pecho”, pues suponía un verdadero paso adelante en su narrativa, “La metamorfosis” de Kafka y “La nariz” de Gógol, reescritos bajo su propia mirada, del mismo modo que “El lamento de Portnoy” era una especie de reescritura de “El guardián entre el centeno”, de Salinger. Hablaba deprisa y, cuando yo decía algo, él hacía un pequeño aspaviento y decía “coincido con usted”. Me habló de la ceremonia de los premios “Príncipe de Asturias” del año pasado, en la que los finalistas fueron precisamente Amos Oz, Philip Roth y Paul Auster, que fue el galardonado. Aún no se había fallado el premio de este año, que como todos sabrán, ha sido para Amos Oz.

Me recomendó un librito de Oscar Wilde titulado “La decadencia de la mentira”, según él una pequeña obra maestra. Y, por último, me explicó que andaba buscando un libro de Marcel Proust titulado “Sobre la lectura”, editado por Pre-Textos. Le dije que lo tenía, que era un libro que fue publicado hacía ya algunos años y que, en mi opinión, le iba a resultar difícil encontrarlo. Él ya lo suponía. Hablamos un poco más sobre este libro y luego me dijo “bueno, ya no le entretengo más”, y se marchó. Tan de repente como había aparecido.

Me pareció un encuentro extraño. Me pareció aún más extraño que el libro de Proust hubiera saltado frente a mis ojos, así que pensé que lo mejor sería publicar aquí lo que escribí sobre este ensayo cuando lo leí. Pero eso será en una próxima entrada.

lunes, junio 25, 2007

Parpadeos


Eloy Tizón es uno de los autores más solventes del panorama literario español. Su importancia es indiscutible y viene avalada por la calidad de su trabajo. Yo no recuerdo que Tizón participe en tertulias o que se prodigue como articulista y, sin embargo, sus lectores le son fieles, saben que en sus libros encontrarán todo aquello que un buen lector le suele exigir a la buena literatura. De un tiempo a esta parte, internet le está demostrando que sus seguidores son legión y que le tienen en muy alta estima. Supongo que es un reconocimiento que debe agradecer bastante, pues no hay mejor elogio que el que dan los lectores, al margen de vanidades, rencillas o asuntos extraliterarios.

En el blog “El síndrome Chéjov”, se escogió, por votación popular, su libro “Velocidad de los jardines”, como uno de los mejores libros de relatos de los últimos veinte años. Este libro ya formaba parte de la lista de “los 100 libros más significativos de los últimos 25 años” establecida en su día por “El País”, así como uno de “los mejores libros de cuentos de la literatura española del siglo XX” seleccionada por la revista “Quimera”. Su novela “Seda salvaje” quedó finalista del premio Herralde de 1995. Por otra parte, el colectivo del blog “La tormenta en un vaso”, escogió recientemente su libro “Parpadeos” como el mejor del año 2006 en castellano.

“Parpadeos” es un libro de relatos muy recomendable, escrito con esa prosa exquisita y reposada que caracteriza a Tizón, dotada de un ritmo ágil que ameniza, aún más si cabe, unas historias que nos hablan del interior del ser humano, del modo en que nuestro mundo se suele sustentar en aspectos muy frágiles que, si se quiebran, nos dejan perdidos, desamparados. Y eso puede ocurrir en una fracción de segundo, en un parpadeo.

El libro está dividido en dos secciones: “Animales en casa” y “Parpadeos”. Todos los relatos de la primera parte contienen la presencia de algún animal, bien un pájaro que llora, un león o un ser inclasificable de pelo amarillo. Me ha gustado especialmente “El pez volador”, en el que se narra, con gran economía de medios, lo decepcionante que suele ser el abandono del mundo infantil, donde la magia es posible. También “Los invasores”, una exploración de una mente perturbada. Y “El inspector de equipajes”, en la que toda una vida transcurre en unas pocas páginas. Por otra parte, en la segunda parte, la incorporación de elementos de la cultura popular le da a los relatos un tono frívolo que, sin embargo, no resta importancia a los temas que en ellos se aborda, más bien al contrario, los intensifica. Temas como la soledad, la muerte, el vacío… Mr. Spock solo en su nave, un robot enamorado y consciente de su inminente final, Heidi que se ha hecho mayor y lucha por abrirse camino en el mundo, como todos. Un mundo injusto e imperfecto en el que puede ser una ocupación como cualquier otra especializarse en hacer agujeros, quizá buscando algo.

En este libro, la prosa de Tizón es vertiginosa y viene salpicada por pinceladas de humor. Formalmente, es un libro muy atractivo, en el que el autor nos habla directamente. Nos coge por la solapa y nos habla de momentos significativos, de personajes anodinos; y también de grandes héroes, de androides, de agujeros, de equipajes. E incluso de un fantasma a quien alquiló un piso en cierta ocasión.

miércoles, junio 20, 2007

Ousmane Sembene


El sábado, 16 de Junio, venía en el periódico la noticia del fallecimiento del senegalés Ousmane Sembene, a los 84 años de edad. El mundo del cine ha perdido a un interesante realizador, pero el mundo en general ha perdido a un ser humano excepcional, defensor incansable de los derechos de su pueblo.
Yo descubrí a Sembene hace unos años, gracias a Hilario J. Rodríguez, que me llevó a ver “Emitaï” en un ciclo que programó fugazmente la Filmoteca de Madrid. Estaba rodada en un estilo muy rudimentario, pero su mensaje era demoledor. El hombre blanco aniquila al hombre negro porque ni siquiera se ha preocupado por entenderle. Está ambientada en el año 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, en un pueblo de Casamance. Los hombres jóvenes del poblado son reclutados por el ejército francés. La armada colonial quiere requisar la cosecha de arroz para los soldados. Los ancianos consultan a los dioses, y ofrecen sacrificios de animales, y no saben qué deben hacer. El hombre blanco interpretará el titubeo como una táctica de dilación, como un acto de resistencia a sus deseos, mientras los hombres de la tribu no se explican por qué los dioses no atienden sus plegarias.
La última película de Sembene ha sido “Mooladé”, y ésta sí que ha tenido mayor distribución comercial en nuestro país. Fue galardonada con el premio “Una cierta mirada” en el festival de Cannes de 2004 y el gremio de críticos estadounidenses la declaró “Mejor película extranjera”. “Mooladé” es un film valiente que se opone a la práctica de la mutilación genital femenina. En la película, cuatro niñas escapan del ritual de la ablación y se refugian en la casa de Collé, una mujer de fuerte carácter que ya se opuso a que la tercera de sus hijas fuera sometida al brutal rito. Y Collé evoca la “Mooladé”, coloca una cinta en la puerta de su casa que nadie puede traspasar hasta que ella misma no pronuncie las palabras sagradas que pongan fin a la protección. Esto, obviamente, desestabiliza la convivencia de la comunidad.
El cine africano es poco conocido y carece de medios. Cuando alguien se dedica en África a rodar cine lo hace asumiendo que va a tener que luchar mucho para sacar adelante sus proyectos. Sembene aceptó el reto y, además, se dedicó a denunciar los problemas que asolan a una sociedad cargada de sufrimiento.
Quiero cerrar este comentario con las palabras que se citan en la nota necrológica del periódico:
“Me gustaría que los africanos leyeran más y fueran más al cine, pues eso influiría en sus vidas. En Occidente la gente sólo conoce de África su miseria y sufrimiento. Pero hay otra África que lucha a diario y vence”.

jueves, junio 14, 2007

Zodiac

David Fincher es uno de los más interesantes directores de la actualidad. Su filmografía mantiene una línea muy coherente. Sus películas se inscriben en el género del “thriller”, pero huye de la superficialidad que normalmente se le suele atribuir a dicho género indagando en la mente de sus personajes. Se puede decir que Fincher explora los demonios que el ser humano lleva dentro. Su primer trabajo, “Seven”, utilizó unas técnicas e innovaciones que fueron, de manera inmediata, imitadas hasta su agotamiento. Pero “Seven” continua siendo un referente, un clásico, y no creo estar exagerando, en el que se exponen con toda crudeza las peores pesadillas. Más tarde, “The game”, jugaba con la realidad y la ficción, con el deseo de buscar un poco de emoción y la angustia que supone perder nuestra seguridad. Algo similar ocurre en “La habitación del pánico”, donde el mecanismo que debe servir para protegernos, acaba convirtiéndose en una trampa asfixiante. Mención aparte merece “El club de la lucha”, un titulo complejo, basado en una obra que bien podría ser la novela de referencia de nuestra época, que supone, desde mi punto de vista, una obra maestra sobre la que se podría hablar largo y tendido. Y en este repaso a su filmografía obviaré también, como casi todo el mundo, “Alien 3”.
Nos llega ahora su último trabajo: “Zodiac”, la narración centrada en el asesino más enigmático de la historia criminal de EE.UU. Una película en la que Fincher nos cuenta la historia de una obsesión.

A finales de los años sesenta, un asesino siembra el pánico en San Francisco. Se trata de un asesino despiadado, meticuloso, que no deja pistas y cuyos crímenes parecen carecer de móvil, un psicópata, un asesino en serie que, al igual que hizo en su momento Jack el Destripador, envía cartas jactándose de sus actos y se denomina a sí mismo con el sobrenombre de “Zodiac”. Además, sus notas suelen estar cifradas, con lo que el misterio y la fascinación se ven incrementados. Envía estas cartas a un periódico en cuya redacción trabajan dos personajes cruciales para la historia: Paul Avery (Robert Downey Jr.) y Robert Graysmith (Jake Gyllenhaal). El primero se encarga de escribir los artículos sobre el asesino mientras que el segundo, simple dibujante, adquirirá el protagonismo a partir de la segunda parte de la película, cuando admite su obsesión por el caso y se da cuenta de que nadie tiene tanta información como él sobre los crímenes. Se trata del reflejo de aquello que nos lleva a perseguir algo con un afán que puede llegar a ser irracional, hasta el punto de poner en peligro nuestra propia estabilidad con tal de alcanzar el objetivo fijado.
Tenemos pues un film con dos partes bien diferenciadas. La primera se centra más en el asesino, en la escenificación de algunos de sus crímenes, sobriamente relatados; así como en los policías que se encargan del caso, como el detective Dave Toschi (Mark Ruffalo), profesional dotado de un olfato especial con el que compensa la falta de medios a su disposición. La segunda parte se centra en la figura del dibujante Robert Graysmith, que emprende una investigación particular, persiguiendo su intuición, rastreando los mínimos indicios, de un modo caótico. Estamos, sin duda, ante uno de los mejores trabajos de Fincher, una cinta que vuelve a redefinir el género. El trabajo de los actores es impecable y, pese a que la mayor parte del tiempo nos encontramos en sitios cerrados, con gente hablando, y que la duración de la película es de dos horas y media, puedo decir que el interés se mantiene todo el tiempo. En definitiva, una obra maestra.

domingo, junio 10, 2007

Feria del libro 2007


Como todos los años, he ido a la Feria del Libro de Madrid. Ayer pasé allí todo el día. Mañana y tarde. Mochila al hombro. Curioseando por las casetas. Me entretuve especialmente en unos stands dedicados a ediciones latinoamericanas. Por la mañana, encontré a Care Santos, flamante finalista del Premio Primavera y a quien tengo la suerte de conocer. Me presentó a Esther García Llovet, una escritora a la que aprecio por haber escrito un libro de relatos magistral titulado “Coda”.
Mi lista de compras ha sido:
“Léxico editorial”, de Mario Muchnik (firmado)
“La soledad de los aviones”, de Sergio Galarza
“Tres fronteras”, de Edgardo Cozarinsky
“La muerte de Venus”, de Care Santos (firmado)
“Días aún más extraños”, de Ray Loriga (firmado)
“Aunque no entendamos nada”, de Vila-Matas
“Bolaño por sí mismo”, entrevistas escogidas en edición de Andrés Braithwaite
Sí, sí, lo sé. La ruina. Pero qué le voy a hacer. Es una adicción.
Por cierto, hice algunas fotos, para mostrar el ambiente.



La Feria, abarrotada de gente. Y un calor impresionante.


Antonio Gala, una vez más, era uno de los autores con más cola de gente esperando su firma. Luego estaban los televisivos: un grupo de jóvenes que al parecer debían su fama a un programa de radio llamado "Ponte a prueba" o Iker Jiménez y Carmen Porter, artífices del programa de misterio "Cuarto Milenio". En un tercer grupo estarían los políticos y los periodistas, como Santiago Carrillo, Isabel San Sebastián, Esperanza Aguirre...


Este año también estuvo Leopoldo María Panero, un clásico. ¿Puedo hacerle una foto? le pregunté. ¿Es para algún periódico? me preguntó. No, respondí, es para internet. Y dijo: Ah, vale, tengo muchas páginas de internet dedicadas a mí.


A mediodía me fui a la Gran Vía y decidí descansar viendo una película. Me decanté por "Zodiac", de David Fincher.

Benjamín Prado

Luego regresé. Un poco tarde. Y volví a pasear entre libros y gente, más gente aún si cabe que por la mañana.

Álvaro Pombo, Premio Planeta

Por último, asistí al acto de presentación de 451 editores, a cargo de Javier Azpeitia, Fernando Marías, Marta Sanz, Martín Casariego y Giralt Torrente. Al acto le siguió un vino y unos canapés que debo admitir estaban fantásticos.

A la salida de la Feria, nos despidió un hada.

miércoles, junio 06, 2007

El reencuentro

Mi padre es el menor de cuatro hermanos. El mayor murió. El tercero, vive cerca de nosotros y mantenemos cierto contacto. El segundo, Antonio, estuvo desaparecido treinta y dos años.
Antonio perteneció a la CNT, por lo cual sufrió largas jornadas de torturas en manos de la policía franquista y seis años de cárcel en lo que ahora es el rehabilitado monasterio de San Miguel de los Reyes, en Valencia. Cuando salió, había cambiado. Creía que le seguían y estaba asustado. Esto, unido a la difícil situación económica de aquellos tiempos, le impulsó a decidir marcharse de la ciudad, rumbo a Barcelona y, probablemente, continuase hacia Francia. Después de su marcha, se recibieron un par de cartas y luego, el silencio.
Nosotros siempre creímos que había muerto. Pero un día, mi tío José encontró una nota que alguien había echado por debajo de su puerta. La nota era del desaparecido tío Antonio, y explicaba que estaba viviendo en Alicante. Esta noticia nos produjo a todos una gran conmoción. Sin perder tiempo, preparamos la marcha al encuentro de aquel hombre al que yo sólo conocía por unas escasas y descoloridas fotografías. Durante el trayecto, elaboramos toda una serie de posibilidades sobre lo que nos íbamos a encontrar, nos preguntábamos si se habría casado, si le habrían diagnosticado una enfermedad incurable... no sé. El caso es que la idea del reencuentro con aquel familiar nos provocó una inexplicable emoción, emoción que fue acrecentándose conforme fuimos llegando a la dirección que nos había facilitado, al edificio señalado, a su piso, a su puerta.
Debo reconocer que no hubo gritos ni lágrimas, lo cual movió a mi tío José a comentar que, sin duda, nos hubieran echado del programa "Quien sabe dónde". El humor siempre ha sido una buena manera de aligerar la tensión de ciertas situaciones. Aquel hombre tenía setenta y ocho años, pero se conservaba bien de salud, a excepción del hecho de que su paranoia se había acentuado, y esta era la causa que le había impulsado a reencontrarse con sus hermanos y a pedirles ayuda para luchar contra sus perseguidores. También su situación económica era bastante precaria. Su casa era pequeña y desordenada, pero allí, los tres hermanos, revivieron su pasado, los amigos en común, la infancia, las circunstancias que provocaron la marcha de Antonio, los tres volvieron a ser niños por unas horas.
Este hombre, durante todos los años transcurridos, no había hecho otra cosa más que huir inútilmente de un pasado atroz, de unos hombres de uniforme, de una comisaría oscura donde lo golpearon día y noche. Un médico se encargaba de decir cuándo debían parar de pegarle, para que no se muriese por los golpes.
Intentamos establecer un contacto con él, pero a la tercera visita se mostró incómodo. No quería saber nada de nadie. Dijo que se marchaba de viaje, que alguien entraba en su casa por las noches y le cambiaba las cosas de sitio. La siguiente noticia, apenas unos meses más tarde, fue que estaba en un hospital, muriéndose.
Resulta curioso cómo nos ata el pasado. El pasado parece encerrar las claves de nuestra existencia actual, nos explica. Por eso este tipo de encuentros nos resultan tan emotivos, porque son encuentros con el pasado, con nuestro pasado, compartido con una persona que se había perdido del mismo modo que se pierden los recuerdos. En la mayoría de los casos se tiene la impresión de que esa persona que vuelve directamente desde un determinado punto de nuestra infancia o juventud, encierra en su poder alguna clave sobre nosotros mismos.


jueves, mayo 31, 2007

La Gran Novela Americana

Es posible que “La Gran Novela Americana” sea uno de estos tres títulos: “Cien años de soledad”, “Rayuela” o “Los detectives salvajes”.
Sin embargo, los escritores estadounidenses parecen realmente obsesionados con la idea de escribir una “Gran Novela Americana”, tanto que suelen anunciar una nueva cada dos o tres años. De hecho, sería más exacto hablar de “La Gran Novela Norteamericana”, una especie de obra definitiva, globalizadora, que refleje los ideales y el modo de vida de EE.UU.
Por encima de todo, su extensión debe ser considerable, como si la citada Gran Obra tuviera necesariamente que ser un novelón decimonónico de cerca de mil páginas. Todo libro gordo resulta, a priori, un intento de Gran Novela.

Podemos citar varios ejemplos de novelas candidatas a ocupar el cacareado pedestal. Para mucha gente, dicho titulo le corresponde sin ninguna duda a “Moby Dick”, aunque también hay quien se decanta por “Lo que el viento se llevó”. Hay otros candidatos, como “Llámalo sueño”, de Henry Roth, o “El ángel que nos mira”, de Thomas Wolfe. También Truman Capote consideraba su “A sangre fría” como merecedora del codiciado titulo.
Cuando, hace unos años, Tom Wolfe publicó “La hoguera de las vanidades”, ya se habló de esta obra como la Gran Novela Americana. Últimamente, ha habido varias nuevas candidatas: “El día de la Independencia”, de Richard Ford; “Pastoral Americana”, de Philip Roth; “Submundo”, de Don DeLillo; “Empire Falls”, de Richard Russo; “Las correcciones”, de Jonathan Franzen; “Middlesex”, de Jeffrey Eugenides; “La broma infinita”, de David Foster Wallace o “Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay”, de Michael Chabon.

Uno de los casos más llamativos es el de Harold Brodkey. Harold Brodkey publicó “Primer amor y otros pesares” en 1954. Rápidamente le llovieron los elogios, lo compararon con Salinger. Una fama abrumadora le cayó encima, así que se puso a la tarea de escribir “La Gran Novela Americana”. Se dice que en 1959 ya se hablaba de la redacción de “El alma fugitiva”. Sin embargo, no se supo nada de esta obra durante treinta años. En ese tiempo, el autor mantuvo una sección en The New Yorker, llamada “Talk of the town”, donde publicaba artículos de tono autobiográfico. También iba publicando relatos aquí y allá. Toda una leyenda se fue forjando a su alrededor. Algunos críticos que tuvieron acceso al manuscrito de esa novela no escatimaron elogios: compararon a Brodkey con Whitman, con Proust, Joyce, Faulkner... Pero la novela no parecía terminarse nunca. En 1988, se publicaron sus relatos en un voluminoso libro titulado “Cuentos a la manera casi clásica”, que ha quedado un poco deslucido por el papel que interpretó de anticipo de la genial obra que no terminaba de llegar. Lugar injusto sin duda, ya que se trata de una colección de relatos magistral. Cuando por fin se publicó “El alma fugitiva” todo el mundo se abalanzó sobre ella y, claro, lo largamente esperado pocas veces cubre todas las expectativas, así que, aunque fue un libro elogiado en diferentes medios, su repercusión no fue todo lo impactante que se suponía. Aún así, Brodkey volvió a estar en primera fila de la popularidad, recogiendo las mieles de un éxito hueco que resultó también breve, pues dos años después de la publicación de la novela, cayó enfermo de sida. Tenía los días contados. Y a un escritor en este caso, como en tantos otros, lo único que se le ocurre hacer es escribir, de modo que Brodkey comenzó la elaboración de un libro memorable: “Esta salvaje oscuridad”, con el subtítulo “La historia de mi muerte”. Una reflexión sobre la muerte y sobre la vida y sobre la literatura y la inmortalidad.

En realidad, yo creo que un conjunto de cuentos, como “Catedral”, de Raymond Carver o cualquiera de los libros de John Cheever; o un libro de poesía, como la “Antología de Spoon River”, de Edgar Lee Masters o “Canto a mí mismo”, de Walt Whitman o “Aullido”, de Allen Ginsberg; o incluso una obra de teatro como “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, de Edward Albee o “Muerte de un viajante”, de Arthur Miller, cumplirían dignamente el papel de obra cumbre de la cultura norteamericana. ¿Por qué no? ¿Por qué ese afán en buscar una Gran Novela y no simplemente un Gran Libro?
Lo cierto es que La Gran Novela Americana es una quimera, un objetivo inalcanzable, pese a lo cual los escritores estadounidenses se afanan a él con el ahínco con que Sísifo empujaba una y otra vez, montaña arriba, la enorme roca que habría de caer tan pronto alcanzase la cima.
Aunque también es posible que alguien lo haya logrado en secreto, quién sabe, tal vez Joe Gould, el vagabundo que siempre llevaba un maletín en el que portaba las notas de su manuscrito “Historia oral de nuestro tiempo” y cuyo retrato popularizó el periodista Joseph Mitchell, lo haya conseguido.

lunes, mayo 28, 2007

Premios La Tormenta en un vaso

El sábado 26 de Mayo se celebró la entrega de la I Edición de los Premios otorgados por el colectivo del blog "La tormenta en un vaso", en dicho blog se pueden ver fotos del acto. Además, se ha colgado en YouTube un video del evento y lo podeis ver en esta dirección: http://literaturastv.blogspot.com/.