lunes, julio 28, 2008

Hablar en público

Isaac Asimov era un gran orador. Dio muchas conferencias y siempre fue capaz de encandilar a su público.
En su autobiografía escribe: “Cuando alguien da una conferencia, la presentación corre a cargo de otra persona. Hay un riesgo en ello, ya que, a menos que la introducción sea corta y concisa, puede crear problemas: si es larga y aburrida enfría la audiencia, pero si es ingeniosa, corta o larga, eclipsa al orador”.
Y añade: “Por lo general, prefiero que no haya ninguna presentación. Me gustaría entrar en un escenario vacío a la hora programada para el comienzo, avanzar hacia el podio y decir: «Señoras y señores, soy Isaac Asimov», y después empezar a hablar. Ésa es toda la introducción que quiero y necesito, pero hasta el momento nunca lo he podido conseguir. Siempre hay alguien que quiere su momento de gloria”.

A mí me gustarías ser como Asimov, pero la verdad es que me aterra hablar en público; ese tipo de actos me crean taquicardia. Me siento muy identificado con el artículo de Vila-Matas titulado "Sobre la angustia de hablar en público".
Un amigo me invitó el año pasado a presentar un libro de cine. Llevé un texto escrito y lo leí de tirón, sintiendo que me temblaba la voz. Pero lo hice y me sentí bien. Y luego me relajé y creo que la cosa no estuvo mal. Ahora bien, debo confesar, y juro que es cierto, que unos días antes llegué a ir a un cardiólogo porque pensé que la opresión que tenía en el pecho podía deberse a alguna dolencia del corazón. Y resulta que todo se me pasó después de la presentación del libro. A veces pienso en esos escritores que no dan entrevistas, que no se dejan fotografiar, como Pynchon o Salinger… Pero claro, uno es consciente de que no es Pynchon ni Salinger ni Cormac McCarthy…

A primera vista, se puede decir que el acto de la escritura es directamente contrario a las actividades sociales. Quiero decir que uno escribe en soledad, pasa muchas horas aislado, y luego tiene que exponerse ante los demás. Son cosas muy distintas. Pero claro, si uno lo piensa bien, es cierto que hablar en público no tiene nada que ver con el hecho de escribir, hablar es público es algo relacionado con el hecho de publicar. Ésa es la cuestión. Es un paso más en esa exhibición a la que el escritor decide someterse libremente. Cuando uno da el paso de publicar, debe asumir que tiene que participar en el teatro implícito en el acto de promocionar un libro, debe asumir que deja de ser un solitario y se convierte en alguien que está a gusto con la gente, que deja de hablar consigo mismo y pasa a hablar a una audiencia más o menos extensa.

Cuenta Vila-Matas que se compró el libro “Aprender a hablar en público”, de Juan Antonio Vallejo-Nájera y que, en contra de lo que esperaba, el libro aún aumentó su pánico y angustia. Yo compré hace unos años el clásico de Dale Carnegie “Cómo hablar bien en público”, que tiene el añadido, en letra más pequeña, “e influir en los hombres de negocios”. Bueno, parece “dos libros por el precio de uno”. El libro se presenta como ayuda necesaria y afirma al poco de empezar: “De una cosa por lo menos podemos estar seguros: de que el adiestramiento y la ejercitación harán desvanecerse el temor al auditorio, infundiéndonos por siempre valor y confianza en nosotros mismos. No debemos creer que nuestra situación es única. Aún aquellos que luego llegaron a ser los oradores más elocuentes de su época, se vieron al principio entorpecidos por este miedo y esta timidez ofuscadores”.

El libro es como una sesión de palmaditas en la espalda. Y eso no suele venir mal. Pero una de las cosas que recomienda al poco de comenzar es que “no leamos ni tratemos de recordar los discursos palabra por palabra”. Cuando precisamente leer un texto me parece una manera válida de salir airoso del trance. Luego da consejos sobre cómo debe prepararse la charla, señala errores que deben evitarse, técnicas para recordar ciertos datos… Pero resulta que, pese a todo, los síntomas son físicos: puede uno llevar un discurso muy lúcido y no poder evitar que le falte la respiración… Como ocurre con tantas otras cosas, parece que sólo se puede aprender a hablar en público, hablando en público. Aunque yo tomo buena nota de lo que aconseja Vila-Matas en el artículo que mencioné antes; “Junto al calmante y el humor, pensar que no hay público es la tercera solución para evitar, a trancas y barrancas, el pánico escénico”.


Nota aparte.
El viernes publicaré el último texto antes de irme de vacaciones. El blog quedará inactivo durante el mes de Agosto. Se trata de un artículo sobre Kafka que surgió a raíz del comentario que Clara dejó en mi relato “Jeep”. Nos volvemos a encontrar en Septiembre.

jueves, julio 24, 2008

Hancock

En un mundo en el que cada vez se cree menos en las cosas, se desmoronan los principios y las verdades absolutas, donde cuando alguien se muestra amable pensamos que nos quiere vender algo y se siente casi lástima por quien se atreve a conmoverse por las desgracias ajenas, no es de extrañar que hasta los superhéroes entren en crisis. El superhéroe se ha convertido en un ser solitario, desplazado de la sociedad, diferente, y esto le entristece. Ya no es alguien que está por encima del bien y del mal, vigilante, sino que, en muchos casos, se trata de una persona anodina que sobrelleva la carga de poseer unos poderes que debe ocultar a los demás. El superhéroe se ha humanizado, ha descendido a nuestro terreno.
Esta tendencia ya se ha tratado en cómics como “Watchmen” o en libros como “Muy pronto seré invencible”, de Austin Grossman, o incluso en series de televisión como “Héroes”. La visión del superhéroe se ha vuelto más humana, más realista; ya no se encuentran en un plano superior, sino que pueden estar aquejados por problemas tan cotidianos como pagar la hipoteca. Recuerdo que una de las cosas por las que prefería a Spiderman a cualquier otro superhéroe de los que iban surgiendo en mi adolescencia era precisamente que se preocupaba por cosas tan normales como los exámenes, la novia, el chulo del colegio o la forma de ganar dinero para subsistir, mientras el resto vivía en lujosos refugios dotados con los más inimaginables avances tecnológicos.

Así las cosas, llega a la pantalla “Hancock”, la historia de un superhéroe alcoholizado y mal hablado, poco amable y con mucho mal genio, que realiza su trabajo con una profunda desgana y causando enormes destrozos, hasta el punto que la gente se pregunta si no resulta peor el remedio que la enfermedad. Cada intervención suya cuesta a la comunidad grandes sumas de dinero. Hancock es un superhéroe despreciado por la gente, que lo insulta y lo abuchea.
No obstante, esto puede cambiar cuando conoce a Ray, un asesor de imagen que cree en las buenas causas, todo lo contrario que Hancock. Ray es un hombre bueno que confía en las personas y que se esforzará por conseguir que Hancock caiga simpático a la gente y se comporte como el superhéroe que es. Esto conlleva, entre otras cosas, enfundarse un traje de superhéroe y no ir por ahí volando en zapatillas. En este punto, la película alcanza su nivel álgido, el contraste de la pareja resulta muy efectivo y se alcanzan momentos de indiscutible comicidad. De hecho, creo que la película debería haber seguido explotando este tema, pues permitía hablar de muchas cosas, como el poder de la publicidad, la manipulación de los medios de comunicación, el gusto por la fama o la necesidad de ser aceptado por los demás, por poner algunos ejemplos. Sin embargo, no sé en base a qué criterio comercial, la trama se desvía hacia otros caminos que me interesaron menos y desinflaron mi entusiasmo inicial.

Pese a ello, se trata de una película muy entretenida, con espectaculares efectos especiales y buenas interpretaciones, destacando entre el elenco de actores, por supuesto, a Will Smith, que se puede decir que es el actual Rey Midas del cine norteamericano, pero sin olvidar a Jason Bateman ni a Charlize Theron.
Ha sido dirigida por Peter Berg, cuyo último trabajo hasta la fecha era “La sombra del reino”.

domingo, julio 20, 2008

Tareas pendientes

A veces, en el mes de Julio, mi familia se va a la playa y dejan que me quede entre mis libros, escribiendo, leyendo, adelantando una tarea ingente que no tiene fin. Cuando llega ese momento, pienso que debo aprovechar cada minuto. Madrugo. Me siento delante del ordenador y sólo me levanto para comer y, a última hora, para ver una película en la televisión e irme a dormir.

Sin embargo, a veces ocurre que me quedo en blanco. Empiezo a perder el tiempo. Busco un libro o pongo orden en una estantería o reviso el correo… Pero no escribo. No sé por dónde empezar… Demasiadas cosas se me amontonan y, a veces, veo que el tiempo pasa y yo no he adelantado gran cosa. Esto me desespera, me crea una gran ansiedad y, con frecuencia, en esos momentos, me siento culpable.
Pero también es verdad que yo no podría vivir sin escribir. Además, cuando no escribo durante varios días me suelo poner de mal humor. Pienso que ese fin de semana que estaré sólo me cundirá el tiempo y terminaré muchas cosas… Pero luego resulta que hay días en que no termino nada y siento que me falta la respiración.

Este fin de semana, por ejemplo, me dediqué a mover libros. Siempre he querido hacer una base de datos para saber exactamente lo que tengo, aunque suelo saberlo. No obstante, me ha ocurrido en un par de ocasiones que he comprado un libro que ya tenía. Entonces pienso que tengo que hacer una relación de mis libros. Pero eso sería un trabajo atroz, así que se me ha ocurrido fotografiar los libros. Es una base de datos fotográfica. Y así pasé varias horas, fotografiando estanterías.

Otra tarea que me ocupa bastante tiempo es elegir los libros que me llevaré este verano. Siempre llevo más libros de los que puedo leer, pero eso es otra cuestión, al menos los paseo. Hay algunos que creo que tengo claros: “Pasando página”, de Sergio Vila-Sanjuan, un ensayo sobre el mundo editorial en España, en los veinticinco primeros años de su democracia. “Vía revolucionaria”, de Richard Yates, todo un clásico estadounidense que justifica el hecho de que al autor se le compare con Cheever y su influencia se reconozca en gente como Carver o Richard Ford. Copio el texto de la solapa: «Alguien me preguntó en una fiesta sobre mi novela y le respondí que estaba escribiendo sobre el aborto. Le dije que era una sucesión de abortos de todo tipo: una obra abortada, varias carreras abortadas, una infinidad de ambiciones y planes abortados, todo lo cual conduce a un aborto real, físico, y a una muerte al final. Tal vez ése sea el mejor resumen de la novela que pueda ofrecer. Durante los cincuenta prevalecía un generalizado deseo conformista en todo el país, y no sólo en las urbanizaciones: una suerte de búsqueda de seguridad, ciega y desesperada, que se encarnó políticamente en el gobierno de Eisenhower y en la caza de brujas de Joe McCarthy. Muchos estadounidenses estaban muy preocupados por ello, pues parecía una traición absoluta a nuestro más gallardo espíritu revolucionario, un espíritu que quise ver encarnado en el personaje de April Wheeler. El título alude a que la vía revolucionaria de 1776 había llegado prácticamente a su fin en los años cincuenta”. Promete ¿verdad? Otro libro que llevaré conmigo es “Milena”, la semblanza que escribió Margarete Buber-Neumann sobre Milena Jesenská. Ambas se conocieron en el campo de concentración de Ravensbrück. Buber-Neumann es autora de un clásico de la literatura sobre experiencias en campos de concentración titulado “En las cárceles de Stalin y Hitler”, que también tengo pero cuya lectura dejaré para más adelante. También quiero este verano leer uno de esos libros que me avergüenza reconocer que tengo pendiente: “Los detectives salvajes”, de Roberto Bolaño. Libros extensos, ideales para leer cuando se tiene tiempo libre por delante. Pero llevaré otros, seguro, al menos cuatro o cinco más que aún no he decidido.

sábado, julio 12, 2008

Rosa íntima


Resulta muy difícil intentar transmitir la alegría que sentí cuando encontré en mi buzón el último poemario de Rosa Silverio, titulado “Rosa íntima”.
Rosa Silverio es una reconocida poeta dominicana, amiga de este blog y autora a su vez de un blog personal muy recomendable en el que comparte sus reflexiones, relatos y poemas. Tiene también publicados otros poemarios, como “De vuelta a casa” o “Desnuda”.

Sus poemas son desgarrados, escritos desde las tripas. Poemas rápidos por los que uno parece descender como si se tratara de una montaña rusa, con el vértigo en el estómago. Poemas que encierran historias; los engullimos como si fueran pequeños relatos que luego se despliegan en nuestro interior.
Me llama la atención la mezcla de elementos que utiliza Rosa en sus poemas. No duda en sembrarlos de detalles duros, sórdidos a veces, creando un texto que desconcierta al lector y que termina por dejarle un regusto amargo, un poso de inquietud. Poemas que golpean, que se adentran en las grietas de nuestra naturaleza en busca de las zonas oscuras que todos llevamos dentro.

La poesía de Rosa nos desvela su lado más íntimo y personal, y en ella se muestra el aspecto moral y comprometido de su escritura. En este libro nos habla de la soledad, de la vejez, del miedo… poemas de introspección que exploran sus anhelos y sus temores, sus esperanzas y desasosiegos, y que respiran melancolía y sinceridad. Un poemario de carácter biográfico, narrado en primera persona, de tono intimista, que afronta con valentía los miedos que nos acechan en la oscuridad, la incertidumbre de la evolución y las debilidades que nos pellizcan por dentro, intentando doblegarnos, y pese a las cuales seguimos erguidos, marchando hacia delante, hacia lo desconocido.

No puedo resistir copiar uno de los textos como muestra:

Interior

En mi interior hay un torrente extraño,
caudal que conduce a ninguna parte,
recodo de mis piedras y cangrejos,
de mi cuerpo triste,
de esta piel cansada
y de estas piernas que se niegan a sí mismas,
que se arrojan sin temor a la corriente
y se entierran en el fondo como un ancla.
En mi interior hay humedad que no me moja,
hay torpeza, hay basura,
hay una barca que perdió sus remos
y un mar en el que no desemboco nunca.
Graciela Barrera también habla de este libro en su blog y, además, entrevista a la autora, así que recomiendo su lectura encarecidamente.

sábado, julio 05, 2008

La carretera



La carretera, de Cormac McCarthy, editada en Mondadori, fue merecedora del Premio Pulitzer 2007 a la mejor obra de ficción. Se trata de una historia dura, desasosegante, que podría enmarcarse en el género de la ciencia ficción aunque, para mí, estaría más cercana al terror, por la sensación que me produjo, por el mordisco que me pegó en el estómago, por el impacto de sus imágenes, que todavía me persiguen.

Un padre y su hijo avanzan por una carretera que parece ser el último reducto de una civilización que ha desaparecido. Un paisaje postapocalíptico, de naturaleza muerta, frío extremo, polvo y niebla. Un padre y su hijo avanzan arrastrando un carrito de supermercado con lo que queda de sus pertenencias. Deben tener cuidado. Hay supervivientes violentos, que no dudan en robar, en matar, seres brutalizados que se alimentan de carne humana. Dentro del infierno continúa siendo cierto lo que decía Sartre: “el infierno son los otros”.
Todo es desolador. Los restos del pasado, en forma de casa abandonada, lejos de tranquilizarnos nos ponen un nudo en la garganta. Avanzamos con ellos, pensando “tened cuidado”, perdidos en una pesadilla, sabiendo que los monstruos nos acechan.

Las historias sobre el fin del mundo están de actualidad; y “La carretera” describe perfectamente la sensación de fracaso, de pérdida, el horror y el desamparo, la angustia por encontrar una salida, por llegar a un lugar en el que todavía quede algo bueno, que invaden a esa solitaria pareja que avanza sin descanso, que sólo piensa en sobrevivir y en salir de un mundo devastado y perdido para siempre, arrastrando sus cosas en un carrito de compra, como un mal chiste sobre los restos de la sociedad de consumo.

La carretera es un espacio mítico en la ficción norteamericana, metáfora del viaje de la vida, de la evolución y el cambio. Ahora, se transforma en una cicatriz, única huella de la presencia humana, pero se mantiene como símbolo de la esperanza en ese viaje angustioso que McCarthy narra con un ritmo implacable, dejándonos escenas que se nos clavan en la carne y nos hacen sangrar.

Cormac McCarthy no es sólo un autor de culto, sino que es uno de los escritores norteamericanos más decisivo de los últimos años. Su estilo es despojado y seco, sin lugar para la retórica. Sus libros suelen indagar en la esencia del mal, de la crueldad, del sufrimiento. Y “La carretera” no es una excepción en este sentido.
No obstante, cuando lo leía, no podía quitarme de la cabeza la película “Ladrón de bicicletas”, de Vittorio de Sica, al contemplar la relación entre el padre y el hijo. En ese mundo desolado, plagado de peligros, duro y aterrador, es la relación entre ese padre y ese hijo lo único puro que se puede encontrar, el amor filial, el lazo familiar, es la única esperanza en ese terreno muerto y oscuro.

sábado, junio 28, 2008

Jeep

Un día llaman a tu puerta y te dicen que se tienen que llevar a tu hijo porque lo van a convertir en un hombre, y no puedes retenerlo argumentando la fuerza del amor familiar porque lo que pretenden es que luche por su Patria, que es algo mucho más grande e importante; y les da igual lo que argumentes, no le piden que crea en nada, sólo que esté dispuesto a dar su vida por la Patria, no quieren su devoción, quieren que muera por la Patria, así de simple, y para eso van a convertirlo en alguien capaz de cumplir las órdenes más absurdas sin pestañear, como descargar un camión empezando por el fondo, sin pensar en lo ridículo que puede ser descargar un camión empezando por el fondo, él debe ser capaz de obedecer cosas de este tipo respondiendo con energía un ¡sí, señor!, que resulta tanto más estúpido cuanto más ridícula es la orden recibida, y tal vez un día te llegue una carta diciendo lo sentimos mucho, su hijo no estaba preparado para conducir un jeep, pero lo pusimos a conducir un jeep, así que se ha estrellado y se ha matado y ha destrozado el jeep, y lees la carta una y otra vez, intentando encontrarle un sentido, pero eres incapaz de encontrarle un sentido a todo aquello, así que lo único que te queda es arrugar la carta y llorar por él, maldiciendo ese sistema que te ha arrancado a tu hijo sin que hayas podido negarte, porque te dan un fusil y te dicen que mueras por la Patria y tú no tienes más remedio que ir y morir, es así de simple, y nadie puede impedirlo, nadie puede decir nada en contra, así que uno se queda hundido de impotencia mientras despide a su hijo y le dice, al menos, que tenga cuidado, aún sabiendo que no se puede tener cuidado en medio de una emboscada, pero se lo dices de todas formas, aunque no se te ocurrió decirle que tuviera cuidado al conducir, no pensaste en que podía ser peligroso conducir un jeep.


sábado, junio 21, 2008

Feria del Libro 2008

Un año más acudo a la Feria del Libro de Madrid. Un año más el calor es insoportable. Un año más excedí mi presupuesto. Un año más terminé para el arrastre. Un año más lo pasé en grande y un año más me dispongo a contar mi paseo y compartir mis adquisiciones.

Feria calurosa y abarrotada de gente

En primer lugar, estuve en los stands de ediciones latinoamericanas. Siempre me detengo en ellos porque encuentro libros que, normalmente, aquí no llegan. Es una pena que se pierda la oportunidad de conocer nuevos autores. Los encargados de una de las casetas empezaron a recomendarme libros. “Este acaba de salir”, “este es muy bueno”, y a veces me contaban algún detalle más, como “este es un autor muy recomendado por tal escritor”, etc. Al final, compré una novela titulada “¿Vos me querés a mí?”, de Romina Paula, editorial Entropía. Me hubiese llevado muchos más libros de allí, pero tenía intención de controlar mi presupuesto con la cabeza y no con el corazón: firme propósito que me temo no pude cumplir en su totalidad.

Al continuar mi paseo, me encontré con una cola que se perdía en el interior del parque. Era algo fantasmal. Parecía una escena sacada de una película de ciencia ficción.


Una cola fantasmal

Un poco más adelante descubrí el motivo: estaba firmando Ken Follet. Increíble dispositivo. La gente que hacía cola pasaba delante de él a toda velocidad. Apenas dejaban hueco para sacarle una foto.

Ken Follet

Asistí a un acto que empezaba a las 13:00 horas en la carpa de la Fundación Círculo de Lectores. Se trataba de una charla entre Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán sobre ficción y autobiografía, y en ella establecieron un juego divertido en el que mezclaron todo tipo de ideas, como que Vila-Matas escribe una especie de diario en prensa en el que se suele inventar las cosas y, sin embargo, en sus novelas suele poner elementos biográficos. Contó que se inventó un viaje que iba a realizar, de modo que cuando su texto apareció publicado, él estaba viviendo dicho viaje, y dijo haber forzado alguna conversación para conseguir que la realidad se ajustase a la ficción. Rodrigo Fresán, por su parte, mencionó como excelentes biografías de escritores a “David Copperfield”, “Martin Eden” y “Drácula”, aunque al final fueron las de Malcolm Lowry, Proust y Nabokov las que fueron ensalzadas como excelentes autobiografías. Y dado que el ambiente era cada vez más distendido, llegó Fresán a mencionar una autobiografía de Raphael como interesante ejercicio literario. Aunque se sintió un poco aterrado por el hecho de que la charla terminase precisamente con ese titulo, lo cierto es que así terminó la cosa.
Me acerqué y saludé a Vila-Matas. Muy amable, me dedicó el que es su último libro: una recopilación de artículos que se ha editado en Argentina y que se titula “Y Pasavento ya no estaba”.

Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán

Al salir de la carpa, emprendí el camino de regreso, despacio, mirando de reojo las casetas. Y de pronto vi que estaba firmando Angelina Lamelas, una escritora amiga de Medardo Fraile. Me acerqué a saludarla y me dedicó un libro para mi hijo titulado “Tato, el fantasma que perdió su sábana”. Pregunté por Medardo y me dijo que estaría en la Feria por la tarde, lo cual me llenó de alegría.
Por la tarde, acudí primero a la Casa del Libro, para dar una vuelta rápida, como si tuviera que cumplir con una especie de ritual secreto. Busqué algunos títulos. Encontré el libro “Parejas”, de José Manuel Martín Peña, de cuya existencia me había enterado gracias al blog de Conde-Duque. También compré el último libro de Oscar Esquivias: una colección de cuentos titulada “La marca de Creta”.

Volví a la Feria y fui a saludar a Medardo Fraile. Estuvo muy amable, como lo es siempre. Espero con ansiedad la aparición de su autobiografía. Compré su último libro, editado en Huerga & Fierro, un libro sobre cine con un titulo que me parece muy bueno: “Entradas de cine”. Y me lo firmó, claro.

Medardo Fraile

También me encontré allí, y tuve la suerte de saludar, a Ángel Zapata, uno de los mejores narradores actuales, amigo también de Medardo Fraile y con quien ya había coincidido en alguna otra ocasión.
Mi siguiente parada fue en la caseta de “Cátedra”, donde Juan Carlos Márquez, firmaba el libro de relatos con el que ha ganado la última edición del Premio Tiflos. Un libro titulado “Oficios”, cuya reseña apareció no hace mucho en el blog “el síndrome Chéjov”.

Juan Carlos Márquez

Luego anduve curioseando. Viendo la cola de gente que esperaba firmas de personajes televisivos como Buenafuente y Risto Mejide, entre otros. Gente del cine de indudable interés, como José Luis Borau, Nacho Vigalondo o Icíar Bollaín.

José Luis Borau

También me topé con un personaje infantil de ficción, el mismísimo Geronimo Stilton, firmando ejemplares de sus libros.

Geronimo Stilton

Y me dediqué a descubrir dónde estaba Juan José Millás, Soledad Puértolas, Mingote, Andrzej Sapkowski, Marina Mayoral, Antonio Gala, León Arsenal, Matilde Asensi, Javier Negrete, Almudena Grandes, Andrés Amorós o Manuel Talens.

Antonio Mingote


Juan José Millás

Soledad Puértolas

Antonio Gala


Manuel Talens

Cuando ya me iba, encontré a Rosa Montero y no pude resistir la tentación de comprar ese libro titulado “Instrucciones para salvar el mundo”.

Rosa Montero

Al día siguiente, asistí al acto de entrega de los premios que “La tormenta en un vaso” otorga al mejor libro publicado en castellano y al mejor libro traducido del 2007, que han recaído en “El padre de Blancanieves”, de Belén Gopegui, y “La carretera”, de Cormac MacCarthy respectivamente. La entrega se llevó a cabo en el café-librería “La buena vida”, un sitio con un encanto muy especial.

Belén Gopegui en la entrega de los Premios Tormenta

viernes, junio 13, 2008

El gremio de los escritores

Antonio Orejudo, en su columna del diario Público, llamada “¿Soy yo o es la gente?”, escribe el miércoles 11 de Junio de 2008 un artículo titulado “Que les den morcilla”. Habla esencialmente de los grandes cocineros, y concluye diciendo que “se parecen cada vez más al gremio nada respetable de los escritores”. Afirma que a los escritores les cuesta hablar de los colegas con admiración: “No me imagino a un cineasta escribiendo el artículo de Muñoz Molina el sábado pasado en Babelia. Y mira que era elegante. O el de Javier Marías en el dominical de El País, regañón como siempre…”

Javier Marías, en “La Zona Fantasma”, publica su artículo titulado “Las facturas de la admiración”, en el que viene a decir que cuando un escritor expresa su admiración hacia otro es siempre porque espera algo a cambio y, si no lo recibe, muestra inmediatamente su desprecio. Dice que, de joven, le dieron el siguiente consejo: “Si le dedicas un ejemplar a otro escritor, no dejes de ponerle «con admiración», se la tengas o no; porque si no se lo pones te harás un enemigo sin querer”. Pero claro, el joven Marías sólo siguió ese consejo en los casos en que sentía admiración de verdad, motivo por el cual “durante muchos años no existí para gran parte de mis mayores, españoles e hispanoamericanos”.
Prosigue explicando que, ahora que ya es un escritor maduro, los jóvenes le envían sus libros dedicados “con admiración” y, si no los lee o no le gustan, dejan de tenerle admiración. “El bloguero R me mandó un libro suyo humorístico en cuya dedicatoria me aseguraba que el humor era una forma de admiración; lo hojeé, y al ver que, en contra de lo que él creía, Dios no lo había llamado por esa senda (no tenía ni puta gracia, ni la tiene jamás), me abstuve de contestarle; desde entonces sólo me llegan ecos de sus diatribas contra mí, y me pregunto qué se hizo de la humorística admiración”. Añade que por suerte hay excepciones, pero son las menos.
Me hace gracia esa anécdota del bloguero, sobre todo porque recuerdo que Javier Marías siempre se jacta de no utilizar internet. Así son las cosas.

Por su parte, el artículo de Muñoz Molina, titulado “El integrado, el apocalíptico”, me ha parecido excepcional, debo admitirlo. En él plantea cómo, a fin de cuentas, cada uno cuenta la historia según le va. Utiliza a dos escritores muy contrapuestos: Ruiz Zafón y Juan Goytisolo. Uno, autor de bestseller, protagonista de la mayor tirada editorial de nuestro país; el otro, un autor de culto, de minorías, cuya calidad literaria ha motivado numerosos estudios. El primero afirma en una entrevista que los personajes “deben definirse a través de sus acciones y de sus palabras, no echando un rollo patatero en un párrafo inmenso”. El segundo afirma en otra entrevista que los bestsellers son “productos editoriales que siempre han existido y gracias a los cuales las casas editoriales pueden permitirse el lujo de publicar textos literarios”.

Los dos coinciden en sentirse fuera del mundillo literario, pero por razones radicalmente opuestas. Muñoz Molina, con mucho acierto, recuerda que una obra de calidad puede ser un bestseller (Lolita, Vida y destino, Bella del Señor…), y también que una historia transparente no tiene por qué estar exenta de matices que no se agoten en ninguna lectura. Y concluye que “más allá de la página y del gusto o el desaliento de escribir no hay nada seguro, ni la calidad de lo que hacemos, ni la resonancia que tendrá”.

Son textos muy interesante que reflejan el mal rollo que parece existir dentro del gremio de los escritores, donde cada uno pontifica según su propia experiencia y no duda en despreciar al de enfrente. Mal nos lo pintan. Yo espero que la cosa no sea así o, al menos, que no sea así siempre. Tiendo a pensar que en las entrevistas, a veces, uno debe improvisar y soltar cosas que, tal vez, no había meditado suficientemente. Por otra parte, parece que cuando uno habla de otros autores, lo hace pensando que, en cierto modo, está dando una información sobre su forma de escribir. Si digo que admiro a Dostoyevski, verán que soy un genio, y si hablo de Carver, dejaré claro que me gusta el realismo y el estilo despojado, mientras que otros autores nunca deben ser mencionados si no quieres que alguien te dé un tomatazo.

Quiero, para terminar, dedicar este texto a Antonio Orejudo, a Javier Marías y a Antonio Muñoz Molina, con admiración (por si acaso).

martes, junio 10, 2008

Inspiración y planteamiento

La inspiración existe, entendida como un fogonazo concreto, como una corriente de frases que, de momento, te parecen todas perfectas, aunque luego constates que no los son.
Comprendo todo lo que se suele decir sobre la inspiración, restándole importancia, aquello de que debe pillarte trabajando, que la mejor inspiración es sentarse a escribir todos los días… pero lo cierto es que existe. Aunque Faulkner dijo que él jamás la experimentó, yo creo que todo el mundo ha tenido un momento en el que se ha resuelto, como por arte de magia, el problema que quería plantear en una novela, el final de un relato, o una primera frase de la que sólo tenemos que tirar para descubrir adónde nos conduce. Son momentos que me parecen mágicos y que le llenan a uno de una felicidad un poco extraña e incomprensible.

Ray Bradbury, en su libro “Zen en el arte de escribir”, que es muy interesante por cierto, incluye un capítulo titulado “Cómo alimentar a una Musa y conservarla”. Esa Musa es, por supuesto, la inspiración, que admite que se corresponde con lo que todo el mundo llama el inconsciente. No obstante, sostiene que esa Musa debe ser alimentada a base de lecturas de todo tipo y de escritura constante: “Viviendo bien, observando a medida que vive, leyendo bien y observando a medida que lee, usted ha nutrido su Identidad Más Original. Mediante el entrenamiento, el ejercicio repetido, la imitación y el buen ejemplo ha creado un lugar limpio y bien iluminado para conservar a la Musa”.

Todo suele comenzar con una idea, o con una frase que aparece de repente y se niega a irse; y lo demás surge después, a fuerza de ir tirando del hilo.
Supongo que resulta inevitable que cada escritor le dé vueltas a los temas que le obsesionan, bien sean las drogas o la introspección psicológica, la muerte o la soledad, el sentido de culpa o el destino, la indecisión o el azar. Pero no es raro que el escritor se dé cuenta de esos temas a medida que avanza en la construcción de algo que pueda ser digno de denominarse “su obra”. Cuando se enfrenta a los textos, empieza a encontrar las concordancias, incluso las obsesiones. Y también supongo que habrá casos en los que será algún crítico, de los buenos, que los hay, quien le mostrará al escritor aspectos de su obra que él no había analizado fríamente y con distancia.

Desde hace algún tiempo, pienso que me gustaría poder escribir una historia en la que varios personajes viviesen en un mismo sitio, pero con una visión de la realidad distinta. No sé por qué me interesa este tema. Tal vez lo descubra si alguna vez llego a desarrollarlo.
En mi caso, no tengo preconcebido ningún plan. Alguna vez lo he intentado, pero me resulta aburrido, prefiero dejarme llevar, que los personajes vayan tomando sus decisiones sobre la marcha. Puedo asegurar que a veces me he sorprendido del giro que ha tomado una determinada historia. Recuerdo concretamente el caso de un relato que finalmente titulé “El Recuerdo”: yo quería que fuese la historia de un hombre que va rememorando diferentes episodios de su vida, sin embargo, sin previo aviso, se presentó “La Sombra” y empezó a hacerle preguntas al viejo y, finalmente, me enteré de que el viejo había matado a su esposa, pero la había matado por amor. Es un relato inédito, claro.

Cuando uno se enfrenta a sus escritos puede empezar a descubrir cosas de las que no era consciente, temas recurrentes como la infancia o la muerte, que le hacen pensar en sí mismo, le ayudan a conocerse. No obstante, aún así, uno no puede afirmar que esté seguro de sus conclusiones, pues ya se sabe que un escritor es el peor juez de su propia obra.
Supongo que con un blog pasa poco más o menos lo mismo.

lunes, junio 02, 2008

El humor en la literatura



Muñoz Avia, Antonio Orejudo y Mercedes Abad, moderados por el televisivo Tonino, charlaban sobre el humor en la literatura en uno de los actos que se celebraron en la pasada Feria del Libro de Valencia.

Orejudo inició la conversación dejando claro que el humor le parece un condimento esencial en la literatura, pero en su justa medida. No soporta los libros que se presentan como “graciosos”. Recalca que la mala leche es una manifestación del humor. Generalmente, parece que da más prestigio la tragedia que la comedia. La risa tiene mala prensa porque los poderosos temen a la risa. Cuenta que Francisco Umbral recomendaba que el autor no se riera en la foto de la contraportada de sus libros, recordando que el autor siempre debe parecer atormentado y que a la gente no le interesa lo que pueda contar alguien aparentemente feliz. Citó a Chesterton cuando dijo que lo contrario de divertido no es serio, sino aburrido y a Borges al afirmar que la literatura de género no goza del prestigio del aburrimiento. Por último, destacó la importancia de autores como Mihura o Jardiel Poncela, diciendo que sólo su filiación política puede explicar que no ocupen hoy en día el lugar que les corresponde.

Mercedes Abad dijo que el humor nos defiende de la pomposidad, la solemnidad, también de la cursilería. Recordó que la realidad es tragicómica y, para ilustrarlo, contó una anécdota sobre el entierro de un familiar lejano que no había sido una persona muy querida. Fue en el coche de su prima, que conducía fatal y se saltó un semáforo y un stop, lo que le hizo pensar que podía morir yendo precisamente a un entierro. Casi se perdieron por el cementerio. Cuando llegaron al fin, iban con retraso y todo se hizo muy deprisa. De pronto el coche mortuorio, la grúa y los funcionarios se fueron y los dejaron allí, preguntándose cómo iban a encontrar la salida. Y, en ese momento, el letrero de un florista en un nicho, reclamando una deuda pendiente, les hizo estallar en carcajadas. Terminó entonces afirmando que el humor nos muestra lo insignificante que es todo y, sin duda, por eso es un elemento esencial en autores como Kafka o Kundera.

Rodrigo Muñoz Avia explicó que el humor surge de la propia historia. Uno no escribe de lo que quiere sino de lo que puede. El éxito de su primera novela le ha clasificado como autor de novelas de humor, pero su segunda novela no tiene tanto humor y esto supone un factor de presión. Afirma que el humor es una manera de derribar algo, de mostrar la humanidad despojada de solemnidad. Contó que lo último que la había causado risa era la noticia de ese cura que se había atado a un montón de globos de helio y había desaparecido en el cielo. Algo muy surrealista. A fin de cuentas, el humor y la tragedia no es raro que anden unidos.
Pese a que su libro se encuentra en la estantería de literatura de humor de muchas librerías, coincide con Orejudo en que es una estantería que le produce horror a un autor, sin duda por el encasillamiento que conlleva.

Concluyeron que parece que esté mal visto leer por placer, que da mala conciencia divertirse. Hay que leer una serie de libros que dan prestigio y que, si no se han leído, parece que uno sea menos inteligente. Y muchos de esos libros son, por supuesto, aburridos.

La charla fue distendida, como puede verse. En general, he de admitir que a mí también me causan rechazo los libros supuestamente “de humor”, los de portadas estrafalarias. Pero no he tenido problema en comprar algunos. Me viene ahora a la cabeza “Speaking in silver” que me parece muy ocurrente. También leí en su día el libro de Muñoz Avia "Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos" (cuya portada también me disgusta). El libro de Muñoz Avia es ameno y está cargado de mala leche. El asunto de la búsqueda de la felicidad y de cómo uno puede llegar a obsesionarse por cosas nimias, resulta muy atractivo, más en los tiempos actuales, en los que parece obligatorio ser feliz y divertirse todo el tiempo. El personaje principal del libro tiene, no obstante, algo de ridículo que lo enmarca en el terreno de las clásicas novelas de humor. Sus desventuras, su agobio, su ir de aquí para allá y sus obsesiones me recuerdan a Woody Allen. Los libros de Allen ocupan un lugar relevante en mi biblioteca personal, así como las memorias de Groucho Marx. Mihura, Jardiel Poncela, Muñoz Seca, Alfonso Paso, Edgar Neville o Gómez de la Serna son autores a los que me acerqué en uno u otro momento y cuyo concepto del humor resulta ineludible para quien quiera analizar la evolución del género en nuestro país. Rafael Azcona también debe figurar en esta relación y Eduardo Mendoza, cuya obra “El misterio de la cripta embrujada” recuerdo como un auténtico acontecimiento en el momento de su publicación y que ha escrito también otros libros que pueden considerarse obras claves del género.

El humor no es que esté mal visto, es que suele ser ninguneado en los ambientes que se consideran cultos. No abiertamente, por supuesto. Lo primero que uno oye cuando pregunta por el humor en la literatura es que es esencial y que no se debe olvidar que “El Quijote” es un libro de humor. También se suele destacar la vena humorística de Quevedo, El arcipreste de Hita, Fernando de Rojas o la picaresca en general… pero ahí parece estancarse el tema, como si se produjera un salto en el que los principales autores humorísticos que uno recuerda son extranjeros: Voltaire, Moliere, Swift, Sterne... El humor parece perder relevancia en algún momento, algo que se sabe que está ahí pero a lo que no se le suele prestar demasiada atención. O eso me parece a mí.

domingo, mayo 25, 2008

Augusto Monterroso y Liu Hsia

Augusto Monterroso falleció en México el 8 de febrero de 2003, víctima de un fallo cardíaco. No necesita presentación. Uno de los escritores más interesantes que puede uno encontrar, ejemplo de concisión y elegancia, autor de piezas ya clásicas, de relatos que han sido traducidos y antologados hasta la saciedad, como “Mr. Taylor” o “Primera dama” (sí, también “El dinosaurio”, sí), relatos que pueden quedarse en la mente de quien los lee por mucho tiempo, quizá para siempre, como me pasó a mí con “Leopoldo (sus trabajos)”, cuando lo leí en la vieja edición de Alianza Editorial que todavía conservo, siempre a mano. Autor también de la novela, “Lo demás es silencio”, del libro autobiográfico "Los buscadores de oro", y de numerosos artículos.

Recientemente, su viuda, Bárbara Jacobs, ha donado a la Universidad de Oviedo, la biblioteca y documentos personales del autor, lo cual es todo un acontecimiento. Unos 14.000 volúmenes cuya clasificación necesitará, se estima, unos dos años. (Más información)
El mismo día de la muerte de Monterroso, la escritora taiwanesa Liu Hsia, conocida por su seudónimo Hsing Lin Tzu, murió tras haber sido herida por su criada indonesia que padecía problemas mentales. Hsing Lin Tzu era autora de una treintena de obras que abarcan la novela, el relato, la biografía y el reportaje, así como múltiples artículos. Obtuvo un premio nacional de arte y literatura en 1982. Sufría artritis reumática desde los 12 años, por lo que debía usar una silla de ruedas. Era asesora presidencial y creadora de la Fundación de Acción Social Edén.

La muerte de Monterroso, como no podía ser de otra manera, ocupó al menos cuatro páginas en los periódicos; la de Hsing Lin Tzu, o Liu Hsia, una necrológica de unas pocas líneas, y en algunos periódicos ni siquiera eso.

Sin embargo, desde ese día, he buscado información sobre esta escritora, no me pregunten por qué. Tal vez quiero pensar que el hecho de que muriera el mismo día que Monterroso debe significar algo. Pero lo cierto es que poco hay en la red sobre Liu Hsia. Artículos de breves líneas que repiten los mismos datos escasos. Murió a los 61 años de edad. La sirvienta que la asesinó era indonesia, tenía 32 años y se llamaba Vinarsih. Se desconoce el motivo de la agresión.

El artículo más extenso que he encontrado se encuentra en taipeitimes.com.
Y poco más. Una desconocida para el mundo occidental. Supongo que no será así en ese internet paralelo de caracteres chinos que nos resulta tan inaccesible y cuya actividad es superior a la nuestra. De hecho, el blog más visitado del mundo es el de la china Xu Jinglei, actriz y directora, que contabilizó el año pasado más de 100 millones de visitas.

Me pregunto si allí alguien comentó la coincidencia, el modo en que esta escritora y el maestro guatemalteco quedaron unidos por la fecha de su muerte.

El caso es que si algún día se traduce un libro de esta escritora, saldré corriendo a comprarlo, para comprobar si los caprichos del destino encierran algún secreto. Y supongo que poca gente entenderá de dónde nace mi interés por esta escritora. Son cosas que normalmente uno no le cuenta a nadie. Ustedes, sin embargo, ya lo saben.




Foto de Monterroso en la página de editorial Alfaguara.
Foto de Liu Hsia obtenida en
taiwaninfo.nat.gov.tw.

lunes, mayo 19, 2008

Jack, el oso

La adolescencia es una cantera inagotable de historias, no sólo para el cine, sino para la ficción en general. Y esto es así por cuestiones elementales, ya que se trata de un periodo de aprendizaje, de cambios importantes, el momento en que uno abandona el mundo de la niñez, con toda la imaginería que éste conlleva, y se interna en el mundo de los adultos, con paso dubitativo pero inexorable. A este respecto, la película “Jack, el oso”, dirigida por Marshall Herskovitz en el año 1993, supone una aportación muy interesante y que pasó injustamente desapercibida.

John Leary (Danny DeVito) presenta en televisión un ciclo de películas de terror. Lo hace disfrazado de ser siniestro. John tiene dos hijos, Jack (Robert J. Steinmiller, jr.), de doce años y Dylan (Miko Hughes), de tres, de los que debe cuidar solo, ya que su mujer murió en un accidente de tráfico. Sin embargo, John es un hombre que quiere seguir siendo un niño, se siente bien entre niños y no tiene reparo en jugar con los muchachos del barrio que acuden a su casa, no para buscar a su hijo, sino para buscarle a él y pedirle que haga de monstruo. John siempre dice en este momento que los monstruos no existen, que sólo existen en los lugares más oscuros del corazón del ser humano, pero cuando parece que va a volver a su casa, simula una transformación y sale corriendo en pos de los pequeños.

Jack, el hijo mayor, por la noche, sin que nadie le vea, se escabulle hasta la habitación de su padre y allí ve películas de terror: “La mosca”, “La invasión de los ladrones de cuerpos”… Unos monstruos que agitan sus noches, aunque no tanto como lo harán los monstruos de verdad, los que irá descubriendo a su alrededor. El mal, encarnado en la figura de su vecino Norman Strick (Gary Sinise), agitará su mundo.

Es la voz en off de Jack la que nos irá narrando los acontecimientos, consiguiendo un efecto de cercanía en el espectador. Todo lo iremos viendo a través de sus ojos. El despertar a un mundo desconocido, lleno de nuevas sensaciones, como el amor, representado en su compañera de clase Karen Morris (una jovencísima Reese Witherspoon). Nos presentará a sus vecinos y sus extravagancias y nos recordará algunos de los acontecimientos que ha vivido el barrio, como el partido de béisbol que los une en un improvisado desfile. Jack es, también, quien tiene que asumir las responsabilidades que su padre descuida. Las aventuras infantiles, con espadas e investigaciones, irán transformándose en aventuras más crueles y duras. Sin embargo, lo que prevalecerá por encima de todo, es el amor que se tienen unos a otros.

La exploración que lleva a cabo “Jack el oso” es, sobre todo, interior, anímica, centrada en los sentimientos, en las debilidades y fisuras del ser humano. No nos encontramos ante una película que centra el paso a la edad adulta exclusivamente en relaciones sexuales o, más extremo aún, en experiencias delictivas o peligrosas incursiones con drogas, al estilo de películas como “Kids” (Larry Clark) o “Thirteen” (Catherine Hardwicke), sino en una historia que nos habla del mal, de nuestra responsabilidad con nuestros hijos, de los peligros que se encierran en nuestros semejantes, en fanáticos que pueden residir en la casa de enfrente, de los lazos afectivos que se establecen en una familia y del dolor y la angustia que nos invaden cuando las circunstancias nos sobrepasan.

Danny DeVito realiza una interpretación muy compleja, que oscila entre la diversión y la amargura con eficacia. También los niños componen unos personajes que nos conmueven. El titulo proviene de la canción que su madre le cantaba a Jack cuando era pequeño. En cierto modo, la muerte de la madre representa el fin de la niñez para Jack. La película se basa en un libro de Dan McCall, basado en sus propias experiencias.
Se trata pues de la historia de una transformación por la que todos pasamos. Cuando empezamos a mirar el mundo de otra manera, cuando tomamos conciencia de que hemos de adoptar un sitio en ese mundo y todo lo que hasta ese momento habíamos creído que era inamovible, se desmorona sin remedio.
Este texto fue publicado en la revista "Versión Original", en el número 150 dedicado a la adolescencia.

martes, mayo 13, 2008

Dos Años

Este blog cumple dos años. El tiempo pasa deprisa. El aniversario es un buen momento para hacer una especie de balance, para tomar aliento.
Es evidente que el blog sólo me ha proporcionado alegrías, de modo que la experiencia es más que positiva. Creo que he conseguido crear un espacio personal, en el que voy plasmando todo aquello que me interesa. Yo jamás he escrito un diario, aunque lo intenté alguna vez, pero a través del blog voy hablando de mí.
Como decía Piglia, uno encuentra su vida en los textos que lee, los interioriza, los hace suyos y les aporta su visión personal. Lo mismo se puede decir del autor de un blog, quien va uniendo temas que, en principio, no tienen nada que ver entre sí, o episodios personales, momentos concretos que pueden verse de pronto fusionados en nuestra experiencia. Y así, los textos, los posts, van creando a su vez una nueva narración.

Pero, sobre todo, el blog tiene sentido gracias a sus lectores. Y algunos llevan conmigo desde el principio de la aventura. Se establecen relaciones estrechas, te sientes amigo de gente a la que no has visto nunca y, tal vez, nunca llegues a ver. Otros, ya hemos tenido la suerte de ponernos cara, de estrecharnos la mano, señal de que la aventura avanza.

También es cierto que el blog acaba devorando tu tiempo. Es absorbente y uno termina escribiendo casi exclusivamente para él, lo cual, para alguien que aspira a escribir también otras cosas, puede convertirse en un pequeño problema. Supongo que muchos de los que empezaron la aventura al mismo tiempo que yo, más o menos, se enfrentarán ahora con los mismos problemas, los mismos dilemas.

No obstante, la experiencia es positiva y sigo adelante, expectante ante lo que pueda encontrar en el camino, agradecido por lo ánimos y el apoyo de todos los que me leéis. Gracias, amigos, por estar ahí.

miércoles, mayo 07, 2008

Hugo Claus y Sylvia Kristel

El pasado mes de Marzo falleció el escritor Hugo Claus. Debo reconocer que no es un autor al que haya seguido, aunque se trata de un autor belga de importancia indiscutible. Tengo un libro suyo por alguna parte: “El asombro”, aunque no lo he leído. Me temo que los libros no leídos de mi biblioteca son ya demasiados. Hugo Claus fue provocador, duro, de opiniones contundentes y afilado sentido del humor, candidato al premio Nóbel en varias ocasiones; su obra abarca no sólo la novela, sino también poesía, pintura, teatro, cine…
Incluso su muerte se presta a la polémica, pues solicitó la eutanasia y, de este modo, él mismo determinó el momento de su final, tal como se explicó en la nota oficial que se mandó a la prensa por su editorial, en nombre de la familia. La eutanasia es legal en Bélgica. Claus padecía la enfemedad de Alzheimer.

En una entrevista publicada por “El Mundo” , en el año 2000, firmada por Paula Izquierdo, encuentro las siguientes declaraciones:

Si miramos desde muy cerca las cosas resultan mucho más sorprendentes de lo que parecen. Y cuando uno escribe, sobre todo si escribe de una forma poética, de pronto se producen algunas correspondencias entre lo que se escribe y lo que luego ocurre.

Yo, a mi venerable edad, sigo escribiendo todos los días. Aunque sé que no tiene ningún sentido. Porque si todavía no he dicho lo que tenía que decir, lo que debería hacer es abandonar. Cada vez que uno acaba un libro, por lo menos a mí me pasa, cree que no ha conseguido escribir lo que quería, de modo que vuelvo a empezar.

Sin embargo, debo reconocer que lo primero que me vino a la cabeza cuando me enteré de la muerte de Hugo Claus fue que estuvo casado con Sylvia Kristel, la inolvidable protagonista de “Emmanuelle”. Tanto la actriz como la mítica película suponen un episodio muy importante para mi generación. Yo recuerdo que conseguí entrar a verla, con amigos del instituto, siendo aún menor de edad. En el cine había gente sin butaca, en los pasillos. Era la época del destape, el primer logro de una libertad recién recuperada tras la muerte de Franco.
La carrera de esta actriz quedó marcada por “Emmanuelle”. Aunque intentó huir del encasillamiento interviniendo en películas muy diferentes, lo cierto es que siempre será recordada por su interpretación en aquel film, basado en la novela del mismo titulo firmada bajo el pseudónimo de Emmanuelle Arsan, perteneciente en realidad a Maryat Andrienne, esposa de un funcionario de la UNESCO destinado en Bangkok. Kristel ha sobrevivido a un cáncer de garganta y de pulmón, vive alejada de los excesos y dedicada a la pintura. En 2004, dirigió el cortometraje “Topor et moi”, que fue premiado en el Tribeca Film Festival de Nueva York. En 2006 publicó su autobiografía, titulada “Nue”; en inglés apareció con el titulo “Undressing Emmanuelle: A Memoir”. En ella, entre otras cosas, confiesa que fue violada por su padre a la edad de nueve años y que, en realidad, siempre ha tenido un problema de frigidez.

miércoles, abril 30, 2008

John Fante


Cuando a uno le preguntan por su libro favorito, resulta muy difícil dar una contestación clara y contundente. De hecho, la respuesta suele cambiar de una vez a otra. Es lógico. Sin embargo, sí hay títulos que han quedado unidos a nuestra biografía, que se nos metieron en las tripas y nos agitaron desde dentro, libros que nos ayudaron a ser como somos. En mi caso, hay un libro en particular que forma parte de mi manera de enfocar la literatura. Un libro muy especial en mi vida, que siempre procuro tener cerca y que hojeo de vez en cuando. No entiendo por qué no hablé de él antes. Quizá quería escribir algo tan brillante que no escribí nada, a veces pasa. El libro se titula “Pregúntale al polvo” y su autor se llama John Fante.
La edición que tengo es de abril de 1989, de Empúries/Paidós. Está gastada, llena de papelitos señalando determinadas partes del libro. No está subrayado porque yo, hasta hace poco, no escribía en los libros. Ahora sí lo hago. Y me arrepiento de no haberlo hecho antes, pero esa es otra cuestión.
Como mucha gente sabrá, el libro viene avalado por un excelente prólogo de Charles Bukowski. Yo leí el prólogo de pie, en la librería, y ya no pude salir de allí sin aquel libro. Bukowski comienza con una frase certera: Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Y cuenta que iba a la Biblioteca Municipal del centro de Los Ángeles y nada de lo que allí encontraba le satisfacía. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Hasta que un día, por fin, encontró un libro que consiguió interesarle. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto. El entusiasmo de Bukowski resulta contagioso. Su texto nos incita a imaginarlo dando saltos de alegría por el gran hallazgo de aquel libro. Y, por supuesto, tiene su sello personal. Fante tuvo sobre mí un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo le gritaba: “¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!”.


Arturo Bandini es el alter ego de Fante, la voz protagonista no sólo de “Pregúntale al polvo”, sino también de “Espera a la primavera, Bandini”, “Sueños de Bunker Hill” y “Camino de Los Ángeles”. Sus libros están publicados por la editorial Anagrama, incluyendo “Un año pésimo”, “La hermandad de la uva” y “Al oeste de Roma”. Todos ellos tienen una fuerte inspiración biográfica.
En “Pregúntale al polvo”, Bandini es un joven aspirante a escritor que no tiene dinero y pasa hambre, pero está firmemente decidido a alcanzar su meta. Es un soñador que, constantemente, se da de bruces con la realidad. Sus aventuras, su constancia, sus luchas internas, su educación católica, su amor por Camila, la bondad con la que contempla lo que le rodea, su sentido del humor… todo nos arrastra con un ritmo rápido, sin interrupciones, en el que los diálogos, las descripciones y las reflexiones fluyen de un modo magistral. El estilo de Fante es directo y elegante, una combinación perfecta que siempre me ha llenado de envidia. Así que, como le pasó a Bukowski, también yo he querido siempre llegar a escribir como Fante. Su estilo, su forma de enfocar la historia, han tenido una influencia decisiva en mis preferencias literarias.

He aquí un ejemplo del estilo de Fante en “Pregúntale al polvo”:

Daban asco aquellas naranjas. Ya sentado en la cama, hundí las uñas en la fina corteza. La carne me temblaba, se me hacía agua la boca y la vista se me nublaba sólo de pensar en ellas. Cuando mordí la pulpa amarillenta, me sentó igual que una ducha fría. Oh Bandini, dirigiéndome al reflejo del espejo de la cómoda, ¡cuántos sacrificios por el arte! Habrías podido ser un rey de la industria, un príncipe del comercio, un gran jugador de béisbol de primera división, el pichichi de la Liga Americana, con una media de 415, ¡¡pero no!! Hete aquí viviendo como un gusano día tras día, genio del hambre, fiel a una vocación sagrada. ¡Tu valentía es envidiable!

John Fante nació en Denver, el 8 de Abril de 1909, y murió en California, el 8 de Mayo de 1983. Su familia era de origen italiano. Escribió guiones de cine. Comenzó a publicar novela en 1938. En 1955 le diagnosticaron diabetes. A causa de esta enfermedad, en 1977 se quedó ciego y, poco después, tuvieron que amputarle una pierna.

Para finalizar, no me resisto a copiar también el principio de “Pregúntale al polvo”:

Cierta noche me encontraba sentado en la cama del cuarto de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que decidir algo sobre la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota; la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir.

sábado, abril 26, 2008

De libros

Nuevo paseo literario. Curioseando por las librerías. Varios libros llaman mi atención, como siempre. Y aprovechando que acaba de celebrarse el día del libro y que se ha inaugurado la Feria del Libro en Valencia, comparto mis intereses.


“Los buenos deseos”, de Yiyun Li. Publicado por Lumen. Un libro de relatos de una escritora de origen chino afincada en EE. UU. que ha cosechado no pocos premios y que, en breve, verá cómo algunas de sus historias son adaptadas al cine. Dos películas dirigidas por Wayne Wang, la primera de las cuales acaba de estrenarse y se titula “Mil años de oración” y la otra (no creo que tarde en llegar) se titula “The princess of Nebraska”. Las críticas que he leído sobre este libro son muy elogiosas.




“Naturaleza infiel”, de Cristina Grande. Una escritora que, hasta el momento sólo tenía dos colecciones de relatos en el mercado, muy recomendables por cierto, y que irrumpe en el mundo de la novela con la historia de Renata, una historia de deriva que es reflejo de una generación. La critica está celebrando la aparición de este libro y lo elogian en todos los suplementos. La cadena Fnac la señala como Nuevo Talento Fnac Abril 2008.




“Los príncipes valientes”, de Javier Pérez Andújar. Lo saludan como la mejor novela de su generación (que es la mía). Un libro ambientado en una época muy concreta, la evocación de una infancia en los años finales del franquismo, un despliegue de memoria, de cultura, en el que tienen cabida los clásicos, las series de televisión y los cómics. Un libro que está avanzando con discreción, pero imparable. Puede ser toda una revelación.




“Espejos”, de Eduardo Galeano. Seguro que este escritor uruguayo no necesita presentación. Galeano tiene una gran cantidad de seguidores. Sus historias son de una intensidad que contrasta con su brevedad. Nunca defrauda. Un amigo, buen lector, corrió a decirme que lo comprara enseguida, que era lo mejor que había leído en mucho tiempo. En este libro, el autor, según sus propias palabras, pretende “la aventura delirante de querer contar la historia del mundo”.




“Objetos frágiles”, de Neil Gaiman. Hace tiempo que quiero leer algo de este autor que se dio a conocer en el mundo del cómic y cuya imaginación y originalidad es elogiada por gran cantidad de admiradores y autores contemporáneos. Así que la publicación de un libro de relatos es la mejor ocasión para acercarse a él. Y, cuando leo, al principio de la sinopsis, que “en esta recopilación de historias los narradores y el arte de la narración tienen el papel protagonista”, ya no necesito más para saber que he de comprarlo. De hecho, éste ya lo he comprado. Y les copio el final de la contraportada: “Estos relatos -varios de ellos merecedores de premios Hugo y Locus- conforman este extraordinario libro que nos sumerge en el universo particular de Neil Gaiman: tierno, gótico, infantil, fantástico, cargado de un oscuro sentido del humor y, sobre todo, de una imaginación fuera de lo común y un talento que lo convierten en un escritor excepcional”.

domingo, abril 20, 2008

Barreras

Camino con dificultad, arrastrando la mitad de mi cuerpo. También me cuesta hablar. La mitad de mi rostro se encuentra paralizado. Cuando intento abrir la boca, la parte izquierda de mis labios se queda inmóvil y todo mi rostro se desencaja ya que la mitad de mi expresión intenta estimular a la otra mitad y una ceja sube y la otra se queda igual y un ojo se abre y el otro se queda quieto. No es extraño pues que las palabras me salgan a medias, también mutiladas, surgen con dificultad, a trompicones. Algunas personas me vocalizan como si creyeran que soy sordo o que estoy idiota y no comprendo las cosas que me dicen. No les culpo. No es ilógico que supongan que dentro de un cuerpo desarticulado debe encerrarse un cerebro igualmente ruinoso. En ocasiones me dejo llevar, me sumerjo en su ignorancia con la misma amargura con que supongo darán el último paso los suicidas que se arrojan desde el puente a las frías y revueltas aguas del río. A veces, algún gracioso me intenta imitar, habla como yo, me ridiculiza y se ríe. Me concentro en su risa, me cubro con su desprecio. Intento borrar de mi mente otras imágenes más terribles, otras sensaciones, otras palabras, como el día en que sufrí el derrame o la sentencia de mi médico la semana pasada. Cuando llego a casa y me acuesto en la cama, esas risas continúan resonando en mi cabeza. También me duelen las frases de lástima, las explicaciones que algunas madres dan a sus hijos cuando éstos me señalan con el dedo, las miradas lánguidas, sobre todo de la gente cercana, de quienes me conocieron antes del ataque. Me gustaría gritarles, mandarlos al infierno, pero agacho la cabeza y paso de largo, en silencio. El que no tiene nada no tiene derecho a despreciar la mierda. Es triste quedar atrapado en un cuerpo roto, desde luego. Lloro muy a menudo, aunque intento sobreponerme, seguir adelante, superar los obstáculos, darme de hostias con los rituales, con la cotidianidad, con el menosprecio, con la lástima, con las burlas, con esto, con lo otro, día tras día, sintiendo el irrefrenable impulso de ponerme a gritar hasta caer inconsciente. Ahora, sin embargo, parece que ya todo da lo mismo, que carece de importancia, pues mi batalla está perdida. Me he encontrado con un viejo amigo a quien hacía tiempo que no veía. Me ha visto cojear y se ha acercado a mí y me ha preguntado qué me había pasado en la pierna. Luego me ha mirado el rostro, se ha fijado más detenidamente en mi brazo caído, y su expresión se ha ensombrecido de repente. He tratado de sonreír, pero creo que ha sido peor el remedio que la enfermedad, como suele decirse. Mi amigo ha intentado actuar como si nada ocurriera, como si tal cosa. Me ha dicho que se alegraba de verme y se ha preguntado cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que nos habíamos visto. Ya apenas lo recordaba. En cualquier caso, seguro que yo todavía no había sufrido el ataque. Afortunadamente no llegó a decir que por uno parece que no pasan los años. Me habló un poco de su trabajo, del estrés, se quejó lo normal y luego recordó algún momento del pasado en que él y yo habíamos reído juntos. Procuraba no mirarme directamente, miraba mucho al cielo, como si temiera que fuera a ponerse a llover de un momento a otro, pese a que el sol brillaba con fuerza y le deslumbraba implacable y le obligaba a parpadear y a mirar a otro lado, más allá de mi silueta torcida, por supuesto. Por fin, guardó un momento de silencio y creí que había llegado el momento de decir algo. A veces ocurre que uno se salta las buenas maneras y estalla como una bomba de relojería. Traté de erguirme al máximo y hablé, con mi voz trémula y pastosa de palabras doloridas.
Uno cree que no puede morir sin haber hecho nada en esta vida. La vida sin sentido es algo corriente, te lo aseguro. Tengo una familia que me necesita y un montón de proyectos en la cabeza, pero no podré llevarlos a cabo porque mi tiempo se agota sin remedio. Nadie puede pararlo. Esa es la realidad. Tu y yo fuimos al colegio juntos y ahora yo me voy y tu te quedas. No sé por qué. Nadie lo sabe.
Eso le he dicho. No se ha reído. Su rostro se ha vuelto blanco y sin duda su lengua le ha caído garganta abajo. Parecía una estatua cuando decidí seguir mi camino y empecé a arrastrar la mitad de mí mismo hacia delante, hacia ninguna parte, hacia el final.

domingo, abril 13, 2008

Taxi Driver


En este texto me dispongo a contar una de esas películas que se te meten en las tripas y ya no te abandonan. Vi “Taxi Driver” en el cine Artis (ya desaparecido). Yo tenía esa edad en la que se cree uno que ya es adulto y está convencido de poder entender el mundo. Nunca más en la vida de una persona, ni antes ni después, se vuelve a creer semejante despropósito. Había poca gente en la sala. Era una película dura, extraña, polémica, y, por tanto, verla era, en cierto modo, un rasgo de reafirmación personal. Recuerdo que una de las escenas que más se comentaba era aquella en la que Travis (Robert de Niro) limpiaba sus botas camperas con grasa de caballo. Por entonces, muchos jóvenes usaban botas camperas y las limpiaban con grasa de caballo. No sería de extrañar que la demanda de este producto se hubiera multiplicado a raíz del estreno del film. También se hablaba, por supuesto, de la Magnum 44, la pistola que empleaban en África para cazar elefantes, nada menos. Y, por supuesto, del momento en que Travis ensaya delante del espejo: ¿Con quién hablas?, ¿Te diriges a mí? Aquí no hay nadie más, de modo que debe ser a mí.... Después, la he vuelto a ver muchas veces, recurro a ella en los momentos especialmente melancólicos, para acompañar mi tristeza con la del taxista neurótico.

El film comienza con un taxi surgiendo de la niebla, "un ataúd de metal", como lo definió Paul Schrader, autor del guión de la película. Es una aparición fantasmal. En su interior, los ojos de Travis observando la realidad que le rodea, una realidad que aparece difusa tras el cristal mojado por la lluvia. Acompañado todo por la música suave, profunda y monótona de Bernard Herrmann, como un réquiem secundado por otros sonidos tales como el limpiaparabrisas, el taxímetro o la sirena de la policía que se deja escuchar intermitente durante toda la cinta.
Seguimos a Travis y somos testigos de su solicitud de trabajar en el turno de noche, alega que no puede dormir, quiere trabajar incluso en días festivos. Nos damos cuenta de la soledad que atenaza al personaje. Nos enteramos de otras cosas: ha servido en infantería de marina, se licenció en mayo del sesenta y tres, y le resulta muy difícil comunicarse con los demás. Seguidamente vemos su apartamento. Lo primero que se nos muestra es un petate militar colgado de la pared. Puerta y paredes agrietadas pintadas de blanco, desnudas, una bombilla encendida, un espejo junto a una cocina desordenada, la puerta de la calle atrancada con una barra de hierro, la cama desecha, el televisor, latas de bebidas por todas partes, arrugadas, ventanas enrejadas y Travis inclinado sobre una endeble mesita de camping, escribiendo un diario. Escuchamos su voz en off, que ya no nos abandonará en ningún momento. Gracias señor por la lluvia que ha limpiado de basura las calles... Parece dirigirse a Dios, esto recalca el carácter místico de la película. Travis es un ser asustado, solitario, incapaz de comunicarse con otros seres humanos, asqueado del entorno, por la noche salen bichos de todas clases. Todo está narrado con un tempo lento, desde el punto de vista de Travis, podríamos decir que estamos realizando un viaje al interior de la mente perturbada de un hombre.
Travis pasa su tiempo libre en un cine porno. Travis está solo, atrapado, alienado. Pero hay un momento en que está a punto de salvarse, de salir de su agujero. Cuando conoce a Betsy (Cybill Shepherd), la idealiza, piensa que ella no es como las demás. La suciedad no podía alcanzarla a ella, a ella. Betsy trabaja para la campaña del senador Palantine (Leonard Harris). Travis la invita al cine y, atrapado por su rutina, por los límites ruinosos de su existencia, por sus monótonas y defensivas costumbres, ajeno ya a otras realidades, ajeno a otras personas, la lleva al cine porno. Ella se ofende y se aleja de él. Travis la llama repetidamente, le ruega que le dé otra oportunidad. Es que yo no sabía los gustos de usted, puedo llevarla a otros sitios. Hay una escena en la que él está hablando con ella por teléfono, dándole todo tipo de explicaciones y, entonces, la cámara se aparta y nos enfoca un pasillo desolador, solitario, al que será abocado Travis al perder definitivamente a Betsy. Es como las demás, fría y distante.
Aparece fugazmente una joven prostituta (Jodie Foster), casi una niña, que es sacada de su taxi por un chulo (Harvey Keitel) de aspecto desagradable. El chulo deja un billete arrugado en el taxi de Travis y le dice: no has visto nada. Este billete será conservado por el taxista, como un modo de decirnos que este encuentro le ha afectado profundamente y, tarde o temprano, tendrá sus consecuencias. Hay otra escena con función detonante, interpretada precisamente por el propio Martin Scorsese. Aquella es mi mujer, pero esa no es mi casa. Un tipo nervioso va a matar a su mujer con una "magnum 44". Tampoco olvidará Travis lo que escucha sobre tal arma.
Todavía encontramos otro intento por salvarse, una petición de auxilio. Travis habla con un compañero taxista al que llaman "Mago" (Peter Boyle). Le cuenta que está asqueado, que quiere salir, hacer algo. Pero la filosofía de Mago no podemos decir que sea precisamente tranquilizadora: un hombre elige un oficio y, ese oficio, le convierte a uno en lo que es. Es decir, no hay salida.
Todo empieza a precipitarse. Travis está más nervioso. Por primera vez le vemos tocar el claxon con el gesto crispado. Resignado, confiesa: soy un hombre solitario. Decide comprar armas. Compra cuatro pistolas. Empieza a prepararse físicamente, vemos heridas en su espalda, secuelas de su pasado. Lo vemos disparar. Se comporta cada vez de un modo más extraño. Su conversación con uno de los responsables de la seguridad del senador Palantine durante un mitin es propia de un loco.

Travis quiere cambiar la sociedad, asestarle un golpe, descargar su ira. Escuchad, imbéciles de mierda. Aquí hay un hombre que va a cortar por lo sano. Necesita darle salida a la agresividad reprimida. Intenta incluso asesinar al senador Palantine, pero no le es posible.
Entonces decidirá rescatar a la joven prostituta. No puede cambiar el mundo, pero puede salvarla a ella. La mente de Travis, perturbada, arrinconada por una sociedad que le asusta, intenta rebelarse, y lo hace de un modo violento. La rabia acumulada por su insatisfacción estalla al fin, se produce una sobrecogedora huida hacia delante. La escena final es una especie de vía crucis de violencia, inexorable, serena incluso, implacable y, desde luego, escabrosa. Llegar al cuarto de la joven prostituta le va a suponer un gran esfuerzo. Un reguero de sangre queda a su paso. Sangre por todas partes. Finalmente intenta suicidarse, pero ya no le quedan balas. Cuando llega la policía, todo ha terminado.
Cuando la veo, me doy cuenta de que "Taxi Driver" refleja, con un planteamiento magistral, el germen de la violencia, el aislamiento, la anulación del individuo en un sistema social que lo engulle sin esperanza. Claro que tiene una lectura fascista, pero yo la veo como una historia existencialista, un film sobre la insatisfacción, la alienación y la angustia. Nos metemos en la mente del protagonista y llegamos a entender la sordidez que le rodea. Su rabia, sus reacciones, llegan a resultar patéticas.