
Un local abre sus puertas en una calle corriente de cualquier anodina ciudad. Un local muy especial llamado, precisamente, “The Club”. El local tiene un gran éxito, pues promete pasar una velada de felicidad plena, aunque está establecido que nadie pueda asistir a él más de una vez. Los empleados tienen prohibido comentar con nadie lo que ocurre allí dentro ni facilitar que nadie, ni siquiera un amigo o un familiar, pueda acceder por segunda vez al interior del club. Esta es la premisa principal del libro, a partir de la cual se articula una historia coral en la que cuatro personajes nos servirán de hilos conductores, presentados en el primer capítulo: Sara, vendedora de trajes de novia, Rita, la prostituta, Julia, la camarera y Simón, el portero. Estos personajes actuarán como instrumentos principales de una estructura jazzistica, interpretando incluso sus propios solos, en fragmentos narrados en primera persona. A ellos se unirán otros que adquirirán relevancia a lo largo del relato, dándole densidad.
Encontramos pues una historia que gira en torno al jazz y que incorpora a su composición elementos propios de este género, como si de una “jam session” se tratara, un poco caótica en algunos momentos, utilizando la repetición de varios motivos para dar cohesión al conjunto, y cuya lectura fluye sin problemas, hipnótica, sin tropiezos, gracias a una prosa elegante y precisa al mismo tiempo, que consigue transmitirnos la información de un modo muy visual y que no carece de humor, sin rehuir la dureza o la sordidez de ciertos momentos, pero siempre con una extraordinaria ternura hacia los personajes, pese a las luces y sombras de éstos. Valga como muestra el siguiente párrafo:
Marcadas ojeras, gafas redondas de montura fina y plateada, color blanco grisáceo, enfermizo, tos seca, pelo rizado y largo sin alopecia a la vista y ojos grises y fríos, sin reflejo alguno, eran su aspecto. Habría pagado por ser bello, por enamorar a damas imposibles, a hadas encantadas, por contraer la sífilis o la tuberculosis, pero tenía que conformarse con unas diarreas matutinas persistentes que, al menos, le ayudaban a conservar un aspecto demacrado de planta marchita que no termina de morir. Habría matado por poseer las agallas para suicidarse por amor, pero tenía que conformarse con mezclar sus fluidos y su cuerpo con poetisas de medio pelo, adictas a músicos, golfas que no llegaban a cobrarle un precio fijo.
El libro posee su propia banda sonora, y nos propone sus temas al inicio de cada capítulo, en una selecta selección de intérpretes claves en la historia del jazz. Recorremos de un modo lineal, pero plagado de contrapuntos, la historia de ese club misterioso que ofrece una dicha absoluta a sus clientes, una velada mágica que atraerá a gente de todo tipo, personajes insatisfechos que buscan ese algo indefinido y abstracto que es la felicidad, y que tendrán la oportunidad de atisbarla durante una noche cuyo recuerdo los dejará aturdidos, con el deseo de repetir la experiencia, sabiendo que tal cosa es imposible y sin sospechar que esa imposibilidad viene determinada por la propia naturaleza de lo buscado. Desde el casting del personal hasta la última sesión del club, entramos en una historia con aire de cine en blanco y negro de los años cincuenta que, no obstante, me trajo ecos de un autor tan dispar como Philip K. Dick. Una historia original, sencilla y engañosa a la vez, de cuidada arquitectura, que supone un debut espectacular de una escritora a la que hay que seguirle la pista.






















