viernes, noviembre 14, 2008

Encuentros

Desde que terminé el servicio militar, hace ya más de veinte años, nos habremos encontrado unas cinco veces. Esto quiere decir que nos vemos, aproximadamente, una vez cada cinco años. Vamos cambiando, nuestro pelo se va volviendo cano, o va cayendo, y de año en año ganamos kilos de más. Pero la alegría de nuestros encuentros es sincera. Son breves, porque él va conduciendo o voy conduciendo yo, y apenas nos da tiempo a intercambiar un par de frases, pero cuando se aleja me queda una sonrisa en el rostro que perdura bastante tiempo. El otro día lo volví a ver. Un taxi se detuvo a mi lado, bajó la ventanilla y escuché su saludo: “¡Qué pasa, pues!”

Hicimos la mili en Zaragoza, y allí se escuchaba mucho el “pues” como muletilla, de modo que el saludo es una referencia a lo que nos une: nuestra estancia en el cuartel de artillería antiaérea de Garrapinillos. Él era el peluquero. Recuerdo perfectamente cuando lo designaron para ese puesto. Era un muchacho alto, de ademanes bruscos, que no quería ser peluquero de ninguna forma, pero en aquella situación pocas cosas eran discutibles. Sin embargo, al poco tiempo, cuando paseabas con él por el cuartel, decía: “¿ves a ése?” y a continuación exclamaba: “A ése le corté el pelo yo; ¿a que está bien?”
Era una persona que siempre veía el lado positivo de las cosas. Siempre lo he visto con una enorme sonrisa iluminándole la cara.

Cuando iba de permiso a casa, su madre le contaba a todo el mundo que era peluquero y se pasaba el fin de semana cortando el pelo a los hijos de las vecinas. Nos lo contaba riendo. Yo pensé que era posible que se pusiese a trabajar de peluquero al acabar la mili, pero no fue así. La primera vez que lo encontré conducía un camión de reparto de refrescos. Me lo enseñó con orgullo, siempre contento, siempre riendo.

Ahora conducía un taxi. Me asomé y vi su rostro sonriente. Le estreché la mano. Me dijo que había cambiado el camión por el taxi. Le dije que mi hija mayor cumplía ese mismo día quince años. Nos alegramos de vernos y nos separamos. El semáforo se puso en verde y lo vi alejarse. Quedé mirándolo, con media sonrisa en la cara, con ganas de haber charlado más rato con él, preguntándome cuándo volveríamos a vernos.
Luego, no sé por qué, me dio por pensar que llegará un momento en que ya no nos encontraremos más, y probablemente no seremos conscientes de ello.

15 comentarios:

josé antonio ruiz dijo...

Buf, estaba visitando mis enlaces favoritos, a voleo (¿zapeaba?), a punto de acostarme (mañana, aunque sábado, madrugo) y me ha encantado leer tu relato. Un saludo, gracias por el texto y buenas noches.

conde-duque dijo...

Bonita historia.
En Garrapinillos -sólo por el nombre- la mili tenía que ser un espectáculo, ¿no? Seguro que el anecdotario daría para una novela por entregas. O para varias entradas de blog. (Yo sólo doy pistas).

Clarissa dijo...

Últimamente he oído que la gente está cambiando el contar sus viejas historias de la mili por contar sus nuevas historias con la hipoteca... (quiero decir que antes la gente se encontrava y hablaba de la mili y ahora se encuentran y hablan de la hipoteca...) Celebro que tu todavía no te hayas pasado a la nueva moda...

Antonia Romero dijo...

Miguel, estoy pensando mucho en ti en estos días, ya sabes que la esperanza es lo último que se pierde. Ya queda menos para el desenlace.
Me entantaron tus recuerdos.

Un abrazo... y mucha suerte.

Francisco Machuca dijo...

Siempre nos domina una sensación de irrealidad:nada parece ser lo que era en otro tiempo.Quizá sea ésa la única experiencia verdadera de nuestro pasado:siempre que volvemos a visitarlo,él,(o nuestra memoria)ha cambiado.Tenemos tantas autobiografías como momentos en los que recordamos.Somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese momtón de espejos rotos.La memoria se convierte en un medio,muchas veces taimado y engañoso,para navegar por el mundo de las verdades nunca dichas.Nadie vive de manera estable en el presente.Habitamos tiempos mezclados,una encrucijada de expectativas y recuerdos que se confunden en el ahora mismo y que muchas veces o desfiguran o lo borran.La vida que dejamos también tiene la mala costumbre de salir de las sombras,de presentarnos algunas quejas,de imponernos juicios.La memoria también puede acabar devorándonos o llegar a la conclusión de que nunca somos tan desventurados como creemos,ni tan felices como habíamos pensado ser.
Dijo el gran G.K.Chesterton:"El mundo era ya muy viejo,amigo mío,cuando tú y yo éramos jóvenes."

La imagen añadida en este magnífico texto es insuperable.

Un fuerte abrazo.

Petrusdom dijo...

Yo también hice la mili en Zaragoza, Cuarte de las Navas, hace 37 años.

Pero es cierto que el encuentro con viejos compañeros es todo un golpe, ya no somos los mismos y fuera de los lugares comunes, la conversación es un tanto complicada.

Saludos cordiales

Clarice Baricco dijo...

Cuanta saudade en la foto.
Me entró una tristeza enorme con el texto. Me hiciste recordar lo negado.
"Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos" Pablo Neruda.


Abrazos.


Graciela

JOSE ROMERO dijo...

Loa amigos lejanos y encontrados a través del tiempo son siempre una desilusión. Por lo general. Pero en el recuerdeo viven siempre igual. Por otro lado, nos instalan en nuestro propio paso del tiempo y nos plantean preguntas sin respuesta. En la foto tengo la impresión que miras tanto al pasado... como al futuro.

Idea dijo...

Miguel, acostumbro leerte en silencio pero tu viaje al pasado me ha llevado de la mano a recorrer fragmentos del pasado que hablan de un tiempo que fue y que sólo es posible recrear porque están vivos en los anaqueles de la memoria. Gracias. Un abrazo.

Recaredo Veredas dijo...

Magnífico relato, Miguel. Saludos.

Anónimo dijo...

Iniciamos un apartado en nuestro Blog dedicado a intercambiar experiencias, pensamientos o cosas que pasan por tu cabeza, lo que nosotros denominamos RUN RUN.

Un abrazo literario.

Ayúdanos a cumplir nuestro sueño.

http://feteju.wordpress.com/el-run-run-rincon-literario/

Elèna Casero dijo...

Un estupendo relato, real, muy real. la foto, insuperable. Hay un halo de tristeza o de lejanía, no sé muy bien,

Joselu dijo...

Yo también hice la mili en Zaragoza hace ya muchos años. Conozco el pues y el vino de Cariñena y las morcillas de arroz y la longaniza... Me ha gustado ese final truncado que dota a un texto simplemente evocativo de un halo de misterio.

Miguel Sanfeliu dijo...

José Antonio, gracias a ti por tu amabilidad.

Conde, en efecto, Garrapinillos se ha convertido en un lugar mítico dentro de mi biografía, y daría para varias entradas de blog, ya lo creo, pero eso me convertiría en un típico plasta, ¿no crees? No querría convertirme en una especie de abuelo Cebolleta.

Clarissa, lo cierto es que no lo considero tanto una historia sobre la mili como sobre el vínculo que nos une a ciertas personas. De todas formas, creo que hablar de la hipoteca en este momento puede resultar bastante tétrico ¿no?

Antonia, pues gracias por recordármelo. Cruzamos los dedos y te deseo también mucha suerte.

Francisco M, interesante tu reflexión sobre el hecho de que nuestra biografía va transfigurándose dependiendo del momento en que la recordamos. Es cierto, y es algo que conviene recordar.

Petrusdom, celebro la coincidencia y sí, en efecto, son reencuentros a veces tensos en los que parece difícil encontrar algo que decir.

Clarice, debo reconocer que el detonante del texto fue un poco de nostalgia y la asunción inevitable del paso del tiempo.

José Romero, es cierto que ciertos reencuentros nos provocan desilusión, incluso vacío, aunque el momento en que se producen nos transporta de inmediato al pasado, a un tiempo ya perdido cuyo recuerdo nos hace evidente el paso del tiempo.

Idea, gracias a ti por romper tu silencio para contarme que mi texto te ha llevado a tus propios recuerdos, creo que no hay mayor elogio.

Recaredo, muchas gracias por el elogio.

Anónimo, abrazo literario también para ti.

Elèna Casero, gracias tanto a ti como a los demás que se han detenido en la foto. Me alegra que os guste. Es cierto que transmite cierto halo de tristeza, aunque no estaba triste en ese momento. Fue el rencuentro con Zaragoza después de muchos años sin haber ido por allí. Es posible que esa ventana me estuviera comunicando con mi pasado.

Joselu, con el tiempo uno se queda con los buenos momentos pasados en la mili, con el recuerdo de compañeros, con sensaciones que nos transportan lejos… es el final truncado el que inicia el texto.

Un abrazo a todos y muchas gracias por los comentarios.

Rosa Silverio dijo...

Me ha gustado muchísimo esta entrada, Miguel. Me ha tocado un punto sensible.

Ojalá no dejes de encontrarte, aunque sea de manera casual, con ese amigo, aunque sé que la realidad es otra y que lo más probable es que todo ocurra como tú anticipas.

Con un par de amigos que tengo me embarga la misma sensación que a ti cada vez que me los encuentro y con algunos me pasa que me siento desconectada, es decir, que siento que lo que nos unía en el pasado ya no existe. Y eso es tan triste.

Recibe mi abrazo.