lunes, mayo 19, 2008

Jack, el oso

La adolescencia es una cantera inagotable de historias, no sólo para el cine, sino para la ficción en general. Y esto es así por cuestiones elementales, ya que se trata de un periodo de aprendizaje, de cambios importantes, el momento en que uno abandona el mundo de la niñez, con toda la imaginería que éste conlleva, y se interna en el mundo de los adultos, con paso dubitativo pero inexorable. A este respecto, la película “Jack, el oso”, dirigida por Marshall Herskovitz en el año 1993, supone una aportación muy interesante y que pasó injustamente desapercibida.

John Leary (Danny DeVito) presenta en televisión un ciclo de películas de terror. Lo hace disfrazado de ser siniestro. John tiene dos hijos, Jack (Robert J. Steinmiller, jr.), de doce años y Dylan (Miko Hughes), de tres, de los que debe cuidar solo, ya que su mujer murió en un accidente de tráfico. Sin embargo, John es un hombre que quiere seguir siendo un niño, se siente bien entre niños y no tiene reparo en jugar con los muchachos del barrio que acuden a su casa, no para buscar a su hijo, sino para buscarle a él y pedirle que haga de monstruo. John siempre dice en este momento que los monstruos no existen, que sólo existen en los lugares más oscuros del corazón del ser humano, pero cuando parece que va a volver a su casa, simula una transformación y sale corriendo en pos de los pequeños.

Jack, el hijo mayor, por la noche, sin que nadie le vea, se escabulle hasta la habitación de su padre y allí ve películas de terror: “La mosca”, “La invasión de los ladrones de cuerpos”… Unos monstruos que agitan sus noches, aunque no tanto como lo harán los monstruos de verdad, los que irá descubriendo a su alrededor. El mal, encarnado en la figura de su vecino Norman Strick (Gary Sinise), agitará su mundo.

Es la voz en off de Jack la que nos irá narrando los acontecimientos, consiguiendo un efecto de cercanía en el espectador. Todo lo iremos viendo a través de sus ojos. El despertar a un mundo desconocido, lleno de nuevas sensaciones, como el amor, representado en su compañera de clase Karen Morris (una jovencísima Reese Witherspoon). Nos presentará a sus vecinos y sus extravagancias y nos recordará algunos de los acontecimientos que ha vivido el barrio, como el partido de béisbol que los une en un improvisado desfile. Jack es, también, quien tiene que asumir las responsabilidades que su padre descuida. Las aventuras infantiles, con espadas e investigaciones, irán transformándose en aventuras más crueles y duras. Sin embargo, lo que prevalecerá por encima de todo, es el amor que se tienen unos a otros.

La exploración que lleva a cabo “Jack el oso” es, sobre todo, interior, anímica, centrada en los sentimientos, en las debilidades y fisuras del ser humano. No nos encontramos ante una película que centra el paso a la edad adulta exclusivamente en relaciones sexuales o, más extremo aún, en experiencias delictivas o peligrosas incursiones con drogas, al estilo de películas como “Kids” (Larry Clark) o “Thirteen” (Catherine Hardwicke), sino en una historia que nos habla del mal, de nuestra responsabilidad con nuestros hijos, de los peligros que se encierran en nuestros semejantes, en fanáticos que pueden residir en la casa de enfrente, de los lazos afectivos que se establecen en una familia y del dolor y la angustia que nos invaden cuando las circunstancias nos sobrepasan.

Danny DeVito realiza una interpretación muy compleja, que oscila entre la diversión y la amargura con eficacia. También los niños componen unos personajes que nos conmueven. El titulo proviene de la canción que su madre le cantaba a Jack cuando era pequeño. En cierto modo, la muerte de la madre representa el fin de la niñez para Jack. La película se basa en un libro de Dan McCall, basado en sus propias experiencias.
Se trata pues de la historia de una transformación por la que todos pasamos. Cuando empezamos a mirar el mundo de otra manera, cuando tomamos conciencia de que hemos de adoptar un sitio en ese mundo y todo lo que hasta ese momento habíamos creído que era inamovible, se desmorona sin remedio.
Este texto fue publicado en la revista "Versión Original", en el número 150 dedicado a la adolescencia.

7 comentarios:

Elena dijo...

No conocía esta película. Será cuestión de echarle un vistazo. Hasta ahora solemos coincidir en gustos cinematográficos.

Es cierto lo que dices de la adolescencia. Es una etapa más que complicada, yo lo veo a diario en mis alumnos. Y por tanto un mundo del que tanto la literatura como el cine pueden beber en abundancia. Lo malo es que muchas veces caemos en estereotipos que difícilmente se dan en la realidad, y que reducen la visión que la sociedad pueda tener de los adolescentes a un simplismo insultante.

Un saludo

Clarice Baricco dijo...

No la he visto, la buscarè.
Sigo disfrutando de tus reseñas cinèfilas. ¿Se vale pedir alguna?


Abrazos

Jose M. dijo...

aquí te agradezco que me hayas contado la peli; gracias...

Miguel Sanfeliu dijo...

Elena, pues si coincidimos, te digo que esta película no te decepcionará. Yo la encontré por casualidad y cada cierto tiempo la vuelvo a ver.

Clarice, no te olvides de buscar esta película. Se editó en DVD no hace mucho.
¿Qué película te interesa?

Jose M., de nada...

Francisco Ortiz dijo...

Es muy difícil hablar de los intersticios, de lo que no está completamente visible, de lo que cambia dentro. Tu texto me ha hecho recordar, una vez más, para qué sirve el arte. Gracias, Miguel, gracias.

Anónimo dijo...

ya la he visto

casi lloro, es como un culebrón lacrimoso

tiene escenas muy duras, sobre todo los flashbacks

Paula Chevez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.