sábado, enero 17, 2026

Reseña de Carlos Manzano

Muchas gracias a Carlos Manzano por la reseña de mi última novela: "EL COMUNICADOR" (Bohodón Ediciones) que ha publicado en Facebook y dice lo siguiente:

No creo pecar de exagerado si digo que el electrodoméstico que más ha influido en la vida de los ciudadanos (al menos del orbe occidental) durante el pasado siglo XX ha sido el televisor. Ha habido muchos otros electrodomésticos que han podido hacernos la vida más cómoda y facilitado ciertas tareas que antaño resultaban fatigosas e interminables y regalarnos un poco más de tiempo libre, pero pocos como lo que comúnmente denominamos televisión nos ha transformado tanto como seres humanos. Y de eso, entre otras cosas, trata la última novela del escritor Miguel Sanfeliu, “El comunicador”, publicada el pasado año por Bohodón Ediciones.

“El comunicador” es el monólogo de un presentador de éxito de la televisión, un tipo que ha hecho del cinismo su única fuente moral válida. A lo largo del libro este individuo no solo nos va dejando sus impresiones acerca de lo que implica el fenómeno televisivo, su lógica interna, los recursos que se usan a diario para mantenerse en antena sin ser devorados por la irrelevancia y retirados de la parrilla ―el gran terror de los comunicadores audiovisuales―, sino que aprovecha para ir dejando teorías y reflexiones personales que en muchos casos desbordan la obscenidad ética para justificar su única apuesta profesional: captar más y más audiencia y anular a la competencia. Pero lo más grave de este discurso es que, en muchos de sus puntos, el lector no puede sino coincidir con él.

La novela se ubica temporalmente a mediados de 1999, poco antes de que las redes sociales empezaran a sustituir en influencia a la televisión, menos sujetas aún que el medio televisivo a la más mínima consideración ética o a cualquier tipo de regulación pública, durante el día de emisión de uno de los exitosos programas que dirige el protagonista, una especie de magacín nocturno donde tienen cabida debates espeluznantes, entrevistas infames, actuaciones musicales de nula calidad y secciones diversas cuya principal finalidad es apelar a las emociones más básicas de los telespectadores, rebuscar en lo más primitivo y manipulable de la gente y ayudar a darle salida. A lo largo de las páginas, el lector se ve inmerso en una especie de descenso a los infiernos casi asfixiante, azuzado por las reflexiones, no por provocativas menos atinadas, que el propio protagonista, alma mater y conductor de ese engendro televisivo, hace respecto a sus propias elecciones y al tono caricaturesco que quiere imprimir a su programa. Me gustaría resaltar un párrafo de la novela que, a mi juicio, resume buena parte de la lógica que impera en los sistemas audiovisuales comerciales y que sigue trasladándose al nuevo universo de Internet:

“La gente se ha acostumbrado a consumir discursos fragmentados, como si no fueran capaces de mantener la concentración. Supongo que tiene que ver con la época que nos ha tocado vivir. Uno escucha un trozo de noticia por la mañana en la radio y luego lee algo relacionado con ella en el periódico y ve alguna imagen en el telediario del mediodía. Con eso se hace una idea de la historia. No necesita más. También nos hemos acostumbrado al uso compulsivo del mando a distancia para saber superficialmente qué programas nos están ofreciendo las distintas cadenas. No necesitamos reflexionar, tan solo se trata de saber un poco de cuantas más cosas mejor. Así nos lo piden las frenéticas leyes de la sociedad de consumo. No podemos detenernos, estamos en plena carrera.”

La mirada que Miguel Sanfeliu parece transmitir a través de las páginas de la novela es, como no podría ser de otra manera, bastante poco halagüeña, o dicho de otro modo, un tanto desesperanzada. La psicología y la sociología han puesto en manos de las grandes empresas de comunicación un gran número de herramientas con las que, bien engrasadas con el dinero y el poder, domesticar y ‘convencer’ al espectador. Al final el espectáculo, por muy infame que resulte, por muy chabacano que nos parezca, logra mucha más aceptación que el discurso razonado y, por lo tanto, complejo. Como se dice en una de las citas que acompañan esta magnífica novela de Miguel Sanfeliu:

“Los espectáculos cumplen la función de anular los procesos racionales a favor de los emocionales. Neutralizan el intelecto y su capacidad para protegernos de una odiosa e ilógica retórica. Nos hacen vulnerables”

Douglas Rushkoff. ‘Coerción’.

 

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