Muchas gracias a Carlos Manzano por la reseña de mi última novela: "EL COMUNICADOR" (Bohodón Ediciones) que ha publicado en Facebook y dice lo siguiente:
No creo pecar de
exagerado si digo que el electrodoméstico que más ha influido en la vida de los
ciudadanos (al menos del orbe occidental) durante el pasado siglo XX ha sido el
televisor. Ha habido muchos otros electrodomésticos que han podido hacernos la
vida más cómoda y facilitado ciertas tareas que antaño resultaban fatigosas e
interminables y regalarnos un poco más de tiempo libre, pero pocos como lo que
comúnmente denominamos televisión nos ha transformado tanto como seres humanos.
Y de eso, entre otras cosas, trata la última novela del escritor Miguel
Sanfeliu, “El comunicador”, publicada el pasado año por Bohodón
Ediciones.
“El comunicador” es el
monólogo de un presentador de éxito de la televisión, un tipo que ha hecho del
cinismo su única fuente moral válida. A lo largo del libro este individuo no
solo nos va dejando sus impresiones acerca de lo que implica el fenómeno
televisivo, su lógica interna, los recursos que se usan a diario para mantenerse
en antena sin ser devorados por la irrelevancia y retirados de la parrilla ―el
gran terror de los comunicadores audiovisuales―, sino que aprovecha para ir
dejando teorías y reflexiones personales que en muchos casos desbordan la
obscenidad ética para justificar su única apuesta profesional: captar más y más
audiencia y anular a la competencia. Pero lo más grave de este discurso es que,
en muchos de sus puntos, el lector no puede sino coincidir con él.
La novela se ubica
temporalmente a mediados de 1999, poco antes de que las redes sociales
empezaran a sustituir en influencia a la televisión, menos sujetas aún que el
medio televisivo a la más mínima consideración ética o a cualquier tipo de
regulación pública, durante el día de emisión de uno de los exitosos programas
que dirige el protagonista, una especie de magacín nocturno donde tienen cabida
debates espeluznantes, entrevistas infames, actuaciones musicales de nula
calidad y secciones diversas cuya principal finalidad es apelar a las emociones
más básicas de los telespectadores, rebuscar en lo más primitivo y manipulable
de la gente y ayudar a darle salida. A lo largo de las páginas, el lector se ve
inmerso en una especie de descenso a los infiernos casi asfixiante, azuzado por
las reflexiones, no por provocativas menos atinadas, que el propio
protagonista, alma mater y conductor de ese engendro televisivo, hace respecto
a sus propias elecciones y al tono caricaturesco que quiere imprimir a su
programa. Me gustaría resaltar un párrafo de la novela que, a mi juicio, resume
buena parte de la lógica que impera en los sistemas audiovisuales comerciales y
que sigue trasladándose al nuevo universo de Internet:
“La gente se ha
acostumbrado a consumir discursos fragmentados, como si no fueran capaces de
mantener la concentración. Supongo que tiene que ver con la época que nos ha
tocado vivir. Uno escucha un trozo de noticia por la mañana en la radio y luego
lee algo relacionado con ella en el periódico y ve alguna imagen en el
telediario del mediodía. Con eso se hace una idea de la historia. No necesita
más. También nos hemos acostumbrado al uso compulsivo del mando a distancia
para saber superficialmente qué programas nos están ofreciendo las distintas
cadenas. No necesitamos reflexionar, tan solo se trata de saber un poco de
cuantas más cosas mejor. Así nos lo piden las frenéticas leyes de la sociedad
de consumo. No podemos detenernos, estamos en plena carrera.”
La mirada que Miguel
Sanfeliu parece transmitir a través de las páginas de la novela es, como no
podría ser de otra manera, bastante poco halagüeña, o dicho de otro modo, un
tanto desesperanzada. La psicología y la sociología han puesto en manos de las
grandes empresas de comunicación un gran número de herramientas con las que,
bien engrasadas con el dinero y el poder, domesticar y ‘convencer’ al
espectador. Al final el espectáculo, por muy infame que resulte, por muy
chabacano que nos parezca, logra mucha más aceptación que el discurso razonado
y, por lo tanto, complejo. Como se dice en una de las citas que acompañan esta
magnífica novela de Miguel Sanfeliu:
“Los espectáculos
cumplen la función de anular los procesos racionales a favor de los
emocionales. Neutralizan el intelecto y su capacidad para protegernos de una
odiosa e ilógica retórica. Nos hacen vulnerables”
Douglas Rushkoff.
‘Coerción’.
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