
“La vida de los otros” ganó el oscar a la mejor película extranjera de 2006. Se trata de una película alemana de escaso presupuesto, con un guión muy atractivo y unas interpretaciones capaces de pegar al espectador al asiento y retenerlo ahí durante todo el metraje. Ha sido dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck, un director desconocido que debuta en el cine de un modo brillante con esta producción.
El protagonista de la historia es el capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), un profesional agente de la famosa Stassi, la policía secreta alemana de la antigua RDA. Su trayectoria es intachable, su seriedad está fuera de toda duda, lo que parece indicar que se trata de la persona ideal para encargarse de una misión un poco delicada: espiar a la pareja formada por el prestigioso escritor de obras de teatro Georg Dreyman (Sebastian Koch) y la famosa actriz, Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck). Se establece todo el dispositivo técnico necesario: se camuflan micrófonos en los lugares más insospechados, se cablea todo el apartamento y se establece un puesto de control en un piso franco situado justo encima del apartamento de la pareja. Y así comienzan a pasar los días, con la rutina de una pareja de artistas que no quiere meterse en política y entienden que el sistema se defienda de los elementos que intentan erosionarlo, y unos hombres silenciosos, como sombras, que pasan horas y horas espiando esas vidas ajenas, como espectadores ocultos que rastrean cada frase en busca de un fallo, una prueba de la deslealtad de los vigilados.
Sin embargo, lo que ocurre de un modo gradual es que el propio capitán Wiesler empezará a sentir una profunda empatía con la forma de pensar, especialmente, del dramaturgo. De este modo, cuando al fin Dreyman sienta deseos de rebelarse, Wiesler comprenderá que esta reacción está tan justificada que incluso se involucrará personalmente, poniendo en riesgo su carrera.
No se trata de un film que necesite apelar a la espectacularidad para mantener la tensión, pues dispone de un buen guión y, muy especialmente, de un excelente trabajo actoral, en el que cabe destacar a Ulrich Mühe, un actor capaz de transmitirnos toda la fuerza de sus emociones, sin grandilocuencias. Sin apenas cambiar la expresión de su rostro, consigue reflejar la tensión, el miedo, la emoción del personaje.
Es una película muy interesante, a la que el único inconveniente que se le puede poner reside en lo esquemático de su planteamiento, pese a que este funciona muy bien a nivel dramático. Es posible que, como se ha dicho, no fuera necesaria esa cercanía física entre espía y espiado a la hora de investigar a alguien, pero no cabe duda de que esa proximidad acrecienta la intensidad de la relación que se establece entre ellos.
El protagonista de la historia es el capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), un profesional agente de la famosa Stassi, la policía secreta alemana de la antigua RDA. Su trayectoria es intachable, su seriedad está fuera de toda duda, lo que parece indicar que se trata de la persona ideal para encargarse de una misión un poco delicada: espiar a la pareja formada por el prestigioso escritor de obras de teatro Georg Dreyman (Sebastian Koch) y la famosa actriz, Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck). Se establece todo el dispositivo técnico necesario: se camuflan micrófonos en los lugares más insospechados, se cablea todo el apartamento y se establece un puesto de control en un piso franco situado justo encima del apartamento de la pareja. Y así comienzan a pasar los días, con la rutina de una pareja de artistas que no quiere meterse en política y entienden que el sistema se defienda de los elementos que intentan erosionarlo, y unos hombres silenciosos, como sombras, que pasan horas y horas espiando esas vidas ajenas, como espectadores ocultos que rastrean cada frase en busca de un fallo, una prueba de la deslealtad de los vigilados.
Sin embargo, lo que ocurre de un modo gradual es que el propio capitán Wiesler empezará a sentir una profunda empatía con la forma de pensar, especialmente, del dramaturgo. De este modo, cuando al fin Dreyman sienta deseos de rebelarse, Wiesler comprenderá que esta reacción está tan justificada que incluso se involucrará personalmente, poniendo en riesgo su carrera.
No se trata de un film que necesite apelar a la espectacularidad para mantener la tensión, pues dispone de un buen guión y, muy especialmente, de un excelente trabajo actoral, en el que cabe destacar a Ulrich Mühe, un actor capaz de transmitirnos toda la fuerza de sus emociones, sin grandilocuencias. Sin apenas cambiar la expresión de su rostro, consigue reflejar la tensión, el miedo, la emoción del personaje.
Es una película muy interesante, a la que el único inconveniente que se le puede poner reside en lo esquemático de su planteamiento, pese a que este funciona muy bien a nivel dramático. Es posible que, como se ha dicho, no fuera necesaria esa cercanía física entre espía y espiado a la hora de investigar a alguien, pero no cabe duda de que esa proximidad acrecienta la intensidad de la relación que se establece entre ellos.
Acabo de conocer, alertado por un comentario de Laura Díaz, la muerte de Ulrich Mühe, a los 54 años de edad, a causa de un cáncer de estómago.


